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Crónicas de un pueblo

8 Nov

El primer trabajo que tuve fue como archivera, iba a un pueblo designado por el organismo por el cual trabajaba y ordenaba  y organizaba el archivo municipal. El primer pueblito que me tocó estaba bastante lejos de casa, era un municipio pequeño, coqueto y acogedor, donde todos los vecinos se conocen, donde aún el señor alcalde, el cura, el médico, el farmacéutico, la maestra y los cuerpos de seguridad son tratados con mucho respeto… bueno… lo cierto es que tenía un policía local pequeño, flacucho más bien bastante esmirriado y que mucho respeto no daba, estaba ya bastante entrado en años y dudo mucho que sirviera de algo a la hora de perseguir a un caco, él decía que el municipio sólo tenía medio policía, y no porque lo compartieran sino porque no había más policía. Tenía una afición secreta que conocían todos, y era que de tanto en tanto le gustaba darle un lingotazo a la botella, su mujer no estaba muy conforme con la costumbre y se lo tenía prohibido, así que tenía la botella escondida en el archivo, con mi venida le fastidié el escondite porque evidentemente la encontré y se lo comenté al secretario. Al día siguiente la botella había desaparecido, no se donde la escondería. Tenía ocho hijos, buscando la niña que llevara el nombre de la madre le salieron ocho. Después del octavo parto el quinto hijo les comentó si no creían que con ocho ya bastaban y había de sobra.

En frente del Ayuntamiento había un típico bar de pueblo, con la mesonera, una señora chupada en carnes, todo un nervio, la mejor administradora que he visto en la vida, peseta que entraba en su caja, peseta que no salía hasta que había criado lo suficiente como para pagar la fianza de salida. Su bar tenía amplios ventanales a la plaza y lo cierto es que la señora del bar era encantadora y entablé una cierta amistad entre bocadillos y cafés con leche a medio día. Vendía tabaco, pero también tenía del de contrabando y de tanto en tanto, los otros cuerpos de seguridad formados por una pareja de guardias civiles con tricornio  y bigote los dos, iban y le hacían una requisa… y eso que ellos eran uno de sus compradores de tabaco del barato.

Los dos guardias civiles formaban una típica pareja casi de viñeta de cómic. Recuerdo una mañana durante el bocadillo como montaron una persecución en toda regla dando vueltas por la plaza con sirena y todo detrás de un vespino en el que iban dos jóvenes montados, cuanto la normativa dice que en los vespinos sólo puede ir uno. Creo que llegamos a contar como unas seis o siete vueltas a la plaza antes de que los delincuentes juveniles enfilaran una calle hacia la parte alta del pueblo. Cuando ya estaba por el café con leche a medias entraron en el bar el susodicho cuerpo de seguridad, pavoneándose de la hazaña realizada. La del bar, como buena ama de bar que se precie, no se pudo resistir a cotillear sobre lo ocurrido. La pareja le informó que los presuntos delincuentes habían intentado burlarlos metiéndose por las calles del casco urbano y cuando vieron que su intento de evadir la mano de la justicia era infructuoso habían abandonado el vehículo infractor y habían huido cada uno en una dirección diferente. Ellos, como era de esperar, multaron y requisaron el vehículo, no antes habiendo amenazado a los presuntos delincuentes con un “no huyáis bellacos, sabemos quienes sois y donde vivís y esta tarde vamos a ir a contárselo a vuestros padres” faltaría más.

Ya os he dicho que el pueblo era muy pequeñito y ocurrían cosas que en la ciudad no son habituales. Un día mientras trabajaba dentro del archivo que estaba en el ático empecé a oír las campanas de la iglesia tocando a muertos, estuvo así durante unos quince minutos, luego cinco de música fúnebre. Seguidamente la voz del cura anunciaba la defunción de uno de sus vecinos y convidaba a la comunidad a asistir al día siguiente a su funeral. Luego otros cinco minutos de música fúnebre y quince minutos más de campanas. Me pareció un modo curioso de anunciarlo, pero después de haber oído antes el anunciar de forma parecida, pero sin música fúnebre y con campanas más alegres, claro, que tenía que ir la cruz roja a recoger donaciones de sangres, pues tampoco me pareció tan extraño.

Tres días después de las campanadas, la música y la proclama, estaba yo a media mañana de nuevo en el bar tomándome mi reconstituyente bocadillo matinero cuando entró en el bar un señor bastante alto, barrigón, mofletudo, rostro rosado con unos mofletes más saludables que la Heidi, un espeso bigote negro y una especie de gorra aboinada. Yo no le dí más importancia hasta que el bar quedó inmerso en un escalofriante silencio sepulcral, la señora del bar emitió un leve gritito y uno de los abueletes que jugaba a cartas se puso de pie y su silla cayo al suelo. Fue entonces cuando le presté más atención al nuevo parroquiano y a las caras lívidas de los demás. Yo debía ser la única que tenía cara de panoli sin entender nada a mitad de un mordisco contemplando la escena. De pronto la dueña del bar da un paso adelante con cierto recelo y le dice

– ¿Pero tú no estás muerto?

Tengo que reconocer que consideré que esa era una pregunta curiosa y poco frecuente, lo cierto es que hasta el momento no le había oído preguntar a ninguno de sus clientes si estaban vivos. De hecho ese hombre parecía muy vivo y bastante bien alimentado por cierto.

El hombre se echó unas buenas risas y le respondió

– ¿Acaso tengo pinta de muerto?

En ese momento medio bar, es decir, media mesa de abueletes que jugaban a las cartas estalló en risas. El otro medio pese a todo no las acababa de tener todas consigo.

Evidentemente el hombre no estaba muerto. Contó a toda la parroquia mientras se tomaba una fresca cervecita (por no decir una hermosa pinta) que había tenido una discusión con el vecino colindante a sus tierras discutiendo sobre una pared medianera y su propiedad. Parece ser que al final él había ganado y las escrituras demostraban que era suya, pero el vecino se lo había tomado muy mal. Cuando el vecino vio que “el muerto” se iba con su coche a la ciudad aprovechó y desde la cabina del pueblo llamó a su mujer, le informó que llamaba de la policía, preguntando si fulanito era su marido. Les contó que en la carretera que llevaba a la ciudad había habido un accidente consecuencia del cual fulanito había perecido durante su traslado al hospital. El cuerpo estaba en el tanatorio de dicho hospital a la espera de que la familia se personase allí para su recepción.

La viuda desconsolada había llamado a la madre, a los hermanos y a los tíos, habían hablado con el cura el cual había hecho la llamada de rigor convocando a todos los feligreses para las exequias y cuando ya se habían vestido de negro (en las casas de los pueblos siempre se tiene algo negro por si las circunstancias lo requieren) y se disponían a acudir al susodicho tanatorio, el “muerto” abre la puerta de su casa dispuesto a dar buena cuenta de la comida que seguro le había preparado su mujercita. El panorama según nos narró, no podía ser más desolador, toda su familia se había reunido en su casa sin ser Navidad ni ninguna fiesta que celebrar. Estaban todos vestidos de riguroso negro, ellas con falda y ellos con corbata y todo. Además todos lloraban como unos descosidos abrazándose unos a otros. Es más, su madre cuando le vio casi le da un infarto y por los pelos no estuvieron a tener que irse corriendo al susodicho hospital aunque por motivos muy diferentes.

La historia desde luego era rocambolesca, y creo que fue la que se llevó el premio de todas las historias rocambolescas con las que me topé ese medio año que estuve en ese ayuntamiento. La historia bien valió la cerveza que milagrosamente invitó la señora del bar después de haberse echado unas buenas risas. El vecino bromista no se como acabó, ni si lo denunciaron o lo lincharon, pero desde luego esta visto que las bromas pesadas no tienen mucha gracia… salvo cuando te las cuenta el mismo muerto.

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La crisis de los cuarenta

2 Oct

Esta tarde la familia en pleno hemos tenido sesión de peluquería, todos nos hemos cortado el pelo y yo me he puesto tinte que ya me hacía falta. La peluquera es una mujer majísima. Empecé a ir a esta peluquería con mi madre cuando yo tenía cuatro años y la peluquera acababa de abrirla con diecinueve añitos. A mí me ponían debajo del secador y como no me oía, creía que los demás tampoco, así que me ponía cual soprano de ópera a cantar y dar gorgoritos hasta que se acababa el secador y yo callaba de golpe. Como podéis pensar después de tantos años de conocernos hemos tenido algunas anécdotas curiosas, tal vez la más sonada fue mi “crisis de los cuarenta”.

Hace doce años que estoy en el sitio y puesto donde trabajo ahora. Cuando entré yo tenía treinta y cuatro. Una de mis compañeras me lleva cinco años y al año de estar ambas allí le pegó a ella la crisis de los cuarenta. En pocas semanas todos fuimos unos expertos en cremas antiedad, rejuvenecedoras, nutritivas, filtros uva, antidescolgamiento… como si de golpe de un día a otro la cara y medio cuerpo se cayeran por la fuerza de la señora gravedad cual zombie cruel. Tengo que decir que esta compañera no sólo entonces estaba buenísima, sino que ahora que ya ha pasado recientemente los cincuenta sigue aún mucho más estupenda que antes, así que os avanzo que lo de la crisis es una mariconada.

Pero a lo que íbamos, resulta que me llegué yo a obsesionar tanto con las arrugas, el antidescolgamiento, los filtros uva y las nutritivas, que con treinta y cinco me pegó también a mí la crisis de los cuarenta. Recuerdo que en una tarde de arrebato me presenté en la peluquería y le digo:

– Ana, a partir de cierta edad todas las mujeres se convierten en rubias y se cortan el pelo. Hace años que soy rubia, así que córtame el pelo.

 Los que no me conocen pueden no ver la aberración que le estaba pidiendo. A mí siempre me ha gustado mucho el pelo largo, es algo que me arroba, una melena de esas bien cuidadas hasta media cintura es que se me van los ojos detrás. Pero tengo un problema gordo: tengo el pelo muy fino y me crece muy despacio, así que para tener algo medio aceptable y decente tienen que pasar varios años, no uno o dos sino que muchos. Yo en esa época y después de muchos esfuerzos había conseguido una melena a nivel de los omóplatos. Ya os podéis luego imaginar la cara de Ana ante mi petición. Intentó convencerme de que no cortara tanto que me arrepentiría. Tengo que confesar que una melenita sobre los hombros que fue lo que me hizo no estaba mal, pero como ella predijo no tardé mucho en arrepentirme. Hoy en día ya tengo el pelo algo más largo, pero nada que ver con mi adorable melena de la crisis de los cuarenta que tuve con treinta y cinco.

Os aclaro que la ventaja es que a los cuarenta no tuve ninguna, ya la había pasado. Y viendo que mi compañera no ha tenido ninguna con los cincuenta y está estupenda, he decidido que también me voy a saltar esa y esperaré a que me llegue la edad en que todas las mujeres se convierten en rubias y se cortan el pelo.

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Permitidme que os presente mis estrellas

28 Sep

Hace unos días, pocos, leyendo una web de las que referenciáis en el borde, leí un post. No recuerdo ahora en que web fue y buscando un poco no lo he encontrado, así que os pido disculpas a todos por no indicarlo y a la autora del mismo por no citarlo.

Ese post, que encontré maravilloso, te narraba las cosas con las que se sentía feliz. Cosas sencillas que en el fondo no es difícil conseguir, nada del tipo tener un yate o ser miss universo. En ese post, que ahora no recuerdo, te comentaba como le gustaba tomarse su café calentito, con espumita. Cuando lo leí se me hacía la boca agua de pensar en un cafetito así y lo de la espumita es que me tiene perdida y que conste que no soy muy cafetera. También recuerdo que comentaba lo que le gustaba descansar por la noche en el sofá cuando los peques estaban acostados y sobre todo poderse quitar los calcetines, jeje. Lo del descanso del guerrero, en este caso la guerrera, es algo que comparto y desde hace tiempo cuando puedo, por la noche una se desploma y desperdiga generosamente toda su alma y todas sus mollas a lo largo del sofá y señores ¡Que bien que sienta eso! Lo de los calcetines, permitidme que una es una friolera y no se los quita bajo ninguna circunstancia que no sea ducha o cama, al menos en invierno.

Y ¿a qué viene todo esto? Pues sencillamente, este verano, cuando estaba rondando por mi cabeza el montar un blog, una noche hice una foto pensando ya en todos los que estáis ahora aquí. En verano, solemos ir a una casita que tiene mi padre fuera de la ciudad. Es una casita pequeñita, algo así como la casita de la ratita, donde las habitaciones son reducidas, los muebles minúsculos, buscados expresamente y prevaleciendo sobre todo la cinta métrica y la comodidad a la hora de escogerlos. No es nada lujoso ni ostentoso, es sencilla, pero tiene un jardincito y eso me encanta.

En Mallorca en verano hace calorcito, para la gente del norte mucho. Para un sevillano tan vez no tanto como en su ciudad, pero hace. Palma tiene un defecto, que es una ciudad y tiene calles, asfaltadas y muchas, y edificios altos, bastantes, y no demasiados parques y zonas despejadas, y muchos coches y no se porque siempre hay obras en las calles en verano y polvo y no puedes abrir… vamos, que es una ciudad y cuando el tiempo aprieta y hace calor y ocurre todo eso pues las ciudades se vuelven hornos. Une a eso unos peques, encerrados mucho tiempo en un piso y la visión de la casita de la ratita con jardín es como el palacio de Sheherezade o Versalles o el castillo de la Bella Durmiente.

En ese jardincito, que tampoco no es muy grande, da para que los peques jueguen, corran y vayan por un pasillo asfaltado en patinete. Hay un trocito donde ponemos una piscinita hinchable, segundo e importante motivo después del jardincito para fugarnos allí. La piscinita como habréis imaginado, es como la casa de la ratita, una de esas en las que hinchas el borde, la llenas de agua y las paredes van subiendo conforme se llena, tiene un filtro y lleva su trabajo el mantenerla. Tiene dos metros y medio de diámetro, ya sé que no es una piscina enorme donde nadar, pero para refrescarse, chapotear y jugar los peques es estupenda. También sé que para aquellos que no pueden escaparse de la ciudad y lo único que tienen es la ducha o la bañera y la piscina municipal, estos dos metros y medio son un paraíso.

La chica del post que comentaba que le gustaba sentarse en el sofá y quitarse los calcetines me recuerda en cierta forma a mí en verano. Desde hace unos años mi momento de relax veraniego es aprovechar unas cuantas noches de agosto, porque hasta que no tienes un día de esos que el calor aprieta y el agua se caliente en condiciones, el agua de la piscinita se enfría muy rápido cuando no le da el sol y te congelas. Pues eso, cuando los peques están acostados, el agua calentita y el cielo estrellado, aprovecho para meterme dentro, en ocasiones mi pareja se apunta, pero en otras prefiere ir cenando al lado de la piscinita y charlar tranquilos.

Imaginaros y no es necesario ir a Hawái para ello. Es de noche. El cielo está estrellado, a cada momento se ven más estrellas ya que no hay mucha luz, ese no es un cielo de ciudad. Tú estás flotando en el agua, apoyas la cabeza en el borde hinchable cierras los ojos y te relajas. Te dejas llevar, respiras hondo. El agua es cálida y te gusta. Poco a poco vas moviéndote, despacio, lentamente extiendes y recoges las manos y oyes el ruido que hace el agua cuando choca con el borde de plástico. Es relajante. Unas casas más abajo hay un vecino que tiene unos eucaliptus enormes y cada vez que sopla la brisa nocturna oyes el ruido de las hojas que se mueven. Entonces, cuando has desconectado de todo el ajetreo del día. Entonces, esas contadas noches de agosto, vas abriendo poco a poco los ojos y lo que contemplas es todo el cielo. Entonces no hablas, sólo miras y asimilas todas estas sensaciones. Entonces sólo deseas que no se acabe ese momento, que esa sensación de bienestar te acompañe todo el año y entonces es cuando volvemos a almacenar un recuerdo en ese sitio del cerebro que yo digo que es para las sensaciones especiales que nos ayudarán a superar los momentos difíciles del resto del año. Deseas que no acabe pero en algún momento hay que salir y cuando lo haces piensas si mañana el agua estará igual de caliente, o si por el contrario será muy tarde y no podrás entrar y si esa será la última noche de este año. Entonces piensas que tu recuerdo está bien custodiado, respiras hondo. Sales dispuesta a comerte el mundo durante doce meses a sabiendas de que el año que viene, alguna noche, podrás repetir de nuevo tu momentito privado.

Este año quiero compartir con vosotros este momentito privado. Si habéis podido imaginaros que estabais en una piscinita y os habéis dejado llevar por las hojas de los eucaliptus, ya podéis abrir los ojos. Este es mi regalo. Mi cielo estrellado.

Truco nocturno para un desayuno más ágil y una cocina reluciente y recogida

25 Sep

Hoy pensaba tratar otro tema, pero como he estado trabajando hasta las 20’00 y no he llegado a casa hasta hace unos momentos, pues no me ha dado tiempo a desarrollar el tema como se merece y para sacar un churro prefiero improvisaros con un truquito nocturno.

Como visteis por la entrada de ayer, mis mañanas son un poco movidas, vamos la típica contrarreloj de toda madre trabajadora con peques estudiando.

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Cada mañana, de lunes a viernes, se preparan:

Para los papás, dos cafés con leche (bote con tapa naranja delante de la cafetera y las dos tazas); la medicina de mamá, con su vaso y cuchara ; el bocata matinero para mamá y las galletas para papá

Para el Terremoto uno de leche con Nesquik (bote del pato Dónald y cuchara); las tropecientas pastillas que le tocan (ese montón de cajas y el botecito de al lado amarillo para que no se caiga ninguna cuando las saco por la mañana ya que con los medicamentos no quiero dejarlos toda la noche sin control y fuera;  su vaso donde toma el agua y luego la leche y así nos ahorramos un cacharro para limpiar; luego su bocata matinero y el del cole.

Para el Tsunami, otro de leche con Nesquik Junior y cuchara; las galletas como papá o una magdalena o pan de leche.

… vamos, que haciendo el tonto, haciendo el tonto, cada mañana perdía unos preciosos minutos sacando cosas y preparándolo todo.  Una noche pensé que si el tiempo que lleno las botellas con agua (del grifo de la osmosis) aprovecho para llenar el termo con el agua fresca de la nevera e ir sacando cajas de pastillas, vasos, cubiertos, botes, galletas, café, tazas y todo lo que sea necesario para el día siguiente ya tendría todo eso ganado.

También lo que suelo hacer es dejar preparadas y revisadas las agendas y las mochilas, tan sólo será necesario poner los bocatas y el agua y dejo a mano las agendas por si surge algo improvisado que se haya de comunicar. Sólo falta poner meriendas y cerrar cremalleras.

Por la noche el perder estos minutos no me supone un esfuerzo muy grande, en ocasiones da pereza, lo reconozco, pero vale la pena dedicarlos. Por la mañana se van empleando y colocando en su sitio. Cuando alguien acaba con sus vasos los ponen en el fregadero y luego les doy una lavadita a todos y paso la bayeta por los sitios y si hay muchas migas una ligera barridita de la zona. El café de la cafetera, lo saco al balcón y lo vuelco en alguna plantita y así abonamos y veo que tiempo hace. De esta forma la cocina queda luego recogida en un santiamén y cuando vuelves del trabajo no da una depre encontrarte con todo amontonado.

Presentación

19 Sep

Para aquellos que aún no me conocen, mi nombre es Laura y como habéis deducido vivo en una isla en el lado este del Mediterráneo. Toda mi vida he vivido aquí, pero siempre me ha gustado viajar, he conocido lugares preciosos, muchos menos de los que desearía, y mucho más cercanos de lo que he llegado a imaginar. Si fuera por mi cada año haría un gran viaje de todo un mes… se puede soñar ¿no? Me he quedado con las ganas de ir a Japón, de ver los fiordos en Noruega, de ir a Finlandia y a Groenlandia, también me queda pendiente Escocia y Rusia y en mi época estuve a punto de ir a Egipto cuando aún ese país estaba más tranquilo, pero al final el viaje se truncó y me quedé con las ganas.

Ya que no es tan fácil salir a conocer cosas, decidí que era mejor conocerlas de otra forma, así que estudié historia. Tengo gratos recuerdos de la facu, reconozco que me lo pasé muy bien. Empecé una tesis doctoral y todo, pero cometí un fallo, me casé.

No estoy diciendo que el casarse sea mal, pero si que te roba mucho tiempo y allí se quedó mi tesis, aparcada y llena de polvo, como ocurre con todo lo que es tocado por el dedo de la historia.

Años después nació mi hijo mayor, al que he decidido referirme a él con el nick de Terremoto. Realmente fue un poco terremoto su venida, ya os lo contaré otro día. Cuando el nene tenía tres años y medio le diagnosticaron que tenía  algo llamado Trastorno Generalizado del Desarrollo o TGD, también os hablaré en alguna ocasión de eso. Ese hecho cambió mi vida completamente, nadie esta preparado para nada, todos sólo soñamos con niños encantadores y perfectos y cuando ocurre algo diferente el mundo se nos viene abajo. Han sido unos años muy duros, poco después del diagnóstico me separé de mi Ex, así le llamaré aquí. En realidad fue una separación amistosa y nos llevamos bien, simplemente que como pareja no funcionábamos.

Así que me quedé con un niño especial y pensando que iba a dedicar mi tiempo a él… cuando unos nueve meses después conocí a alguien especial, alguien que vivía en  otra provincia más allá del mar y pese a todo creyó en mí y creyó que dejar su familia, sus amigos, y su trabajo valía la pena para venirse a la isla para estar junto a mi Terremoto y a junto a la madre de todos los desastres, o sea, yo. Llevamos ocho años juntos y desde hace tres aumentamos la familia con un nuevo miembro y no me estoy refiriendo a que compráramos un coquer, me refiero al nacimiento de un nuevo bebé. El peque costó mucho traerlo, también os hablaré de ello alguna vez, y cómo no, su nick no podría ser otro más oportuno que Tsunami, porque ¿Qué viene después de un Terremoto? Pues un tsunami. No ha sido tan movido como el mayor, pero también sabe dejar el pabellón bien alto y hacerse notar.

Así que como veis, esta es mi vida, normal, sin nada demasiado especial y podríamos decir que incluso algo monótona si se mira bien.

Pero mira por donde un día me puse a mirar webs, primero de decoración porque nos teníamos que mudar de casa, de allí pasé a otras más variadas, un día descubrí el blog de para mi peque con amor, que me encanta y de allí fui mirando algunos de los blogs que Inma sigue. Me encontré con el blog de Cintia, la de los tres trilli tigres y me quedé con ella también. Un día Cintia me pidió mi correo y se lo pasé, antes ya me había preguntado si yo tenía blog, y le había dicho que no. En ese correo, junto con otras cosas, me animaba a montar mi propio blog. Lo cierto es que no tengo especialmente mucho tiempo y tampoco creo que mi vida pueda ser tan interesante, pero Cintia me animaba de tanto en tanto y luego llegó un día este verano, el día en que Maribel, la chica de B aprende en casa, que decidió cerrar su blog. Reconozco que me sentí mal, vas cogiendo un cierto cariño a la gente aunque no la conozcas y me dio mucha pena. Esos pocos días en que Maribel no estuvo, porque por suerte luego lo retomó, empecé a pensar más seriamente en abrir un blog, porque de alguna forma me había dado cuenta que un blog es algo más que una pantalla de ordenador, que a través de esa pantalla pueden ocurrir milagros, otro día también recordadme que os hable de eso. No se muy bien como pero fui planteándoselo a mi pareja como una posibilidad. Al cabo de unos días ocurrió lo impensable. Cintia hizo trampa. Había hecho un comentario en uno de sus posts y la muy ladina lo publicó en primera página, Cintia chica mala, eso no se hace 😉 Mira por donde en los comentarios que se hicieron al respecto entre otras cosas decían que estaría bien que abriera un blog. Cogí a mi pareja y le pregunté ¿alguna vez te han pedido que abras un blog?… a mí sí.

Y aquí estoy. Así que cargad y dispersaos que he llegado.

De azul a verde

19 Sep

Lo confieso, yo soy esencialmente hija del mar.

He nacido en una isla y los isleños tenemos algo especial, una relación  muy peculiar con el mar, al menos en mi caso. Creo que casi se podría decir que aprendí a nadar antes de andar. De hecho todos venimos de un médio acuático, no tenemos un contacto directo con el aire y la tierra hasta que salimos del útero. Muchos de mis mejores recuerdos trascurren a la orilla de este mar, que para los habitantes de las islas no es masculino, sino que es femenino, es la mar.

El mar me ha dado tranquilidad, me proporciona fuerzas cuando huelo a sal y a alga, me proporciona una infinidad de paisajes incluso en un mismo día. Es como los cuadros de Van Gogh que tenía un mismo paisaje dibujado en infinidad de cuadros cambiando cada uno según la luz del día.

Muchas veces cuando estoy agotada recuerdo un día hace ya muchos, muchos años en que estaba tomando el sol sobre las rocas. Siempre me gustaron las calas tranquilas de rocas, donde aún se puede disfrutar de cierta intimidad. Sentía el sol sobre mi piel, el sol es también una de mis otras fuentes de energía. Es muy agradable sentir como el sol te va recargando, el agua te refresca cuando choca con las rocas y salpica, y todo este recuerdo se acompaña, como en las buenas películas, con una banda sonora de aire y oleaje. Esporádicamente, en algunas ocasiones, se oye una gaviota que cruzaba oteando su cena. Porque mis recuerdos de mar suelen ser de tarde, cuando la gente no está atiborrando las playas es cuando yo llego, cuando el sol empieza a bajar y lo complementabas con un buen libro o con unas cerezas mientras estabas con los pies en el agua y esperabas para ver un día más como el sol se ocultaba por detrás de las montañas que había al otro lado de la bahía, el cielo se tornaba en toda una amalgama de tonos cálidos dependiendo del día, del viento y de las nubes. Mientras, el agua del mar con su color característico, de azul a verde, se iba tiñendo por unos instantes de ámbar antes de oscurecerse.

Ese día pensé que sería bonito recordar eso para siempre y así lo hice. Lo guardé celosamente en ese compartimento que tenemos reservado en nuestro cerebro para las ocasiones especiales que deben ser preservadas y siempre que lo necesito me ha acompañado. Espero algún día tener el suficiente tiempo libre para volver a experimentarlo. De momento, siempre que puedo voy a ver mi mar tan querido, tan diferente y tan enigmático pero siempre con ese color de azul a verde.

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De mis nacimientos

18 Sep

En realidad yo he tenido muchos nacimientos. Podría deciros que nací un frío día de invierno, por la madrugada, que había niebla y mi padre fue a despertar a la comadrona tirándole piedrecitas a la ventana. Supongo que ese fue mi primer nacimiento, al menos el oficial, pero también han habido muchos otros.

Cuando entré en el colegio nací como estudiante.

Cuando llegué a la universidad me sentía toda una persona mayor y realmente no era más que una adolescente aún, entonces no lo sabía, pero ahora sí.

Cuando tuve a mi hijo nací como madre por primera vez.

Más tarde volvería a hacerlo.

Pero también he tenido otros, hace ya muchos años tuvieron que operarme de la espalda, después de la operación el médico me dijo que habían tenido que hacer encaje de bolillos conmigo y que me había quedado a nada de tener que ir en silla de ruedas. Ese día aunque no naciera sentí como si hubiera vuelto a nacer, cuando pasas por algo así ves la vida de otra forma, al menos durante una buena temporada. Unos doce años después de eso me operaron de un tumor de colon, por suerte lo pillamos a tiempo y no se había expandido, ni tan siquiera necesité quimio. El médico me dijo que era un tipo de pólipo y que le quedaba muy poco para llegar al colon y haber hecho metástasis. La biopsia dio que era un tumor maligno y nuevamente había vuelto a nacer.

Realmente, la vida nos hace nacer muchas veces. No se porque generalmente estos nacimientos suelen ir relacionados con periodos de dolor o sufrimiento, pero nos proporcionan un tipo de aprendizaje que es el que nos hace únicos, es el que forma nuestra personalidad, nos da perspectivas, conocimientos, experiencias y todo esto hace que seamos como somos, únicos.

Ahora, tras pensarlo mucho, voy a realizar otro nuevo nacimiento, voy a entrar en el cyber mundo. Hoy voy a iniciar un blog nuevo, el mío y el vuestro. No os prometo nada, intentaré ser constante y no muy caótica. Os comentaré muchas cosas pero no será un blog específico de un tema concreto. Algunas entradas serán muy cortas, otras muy largas y puede que algunas sean por entregas, con lo que me suelo enrollar seguro que hay más de una de esas. Me gustaría que esta experiencia nueva no fuera nada dolorosa ni traumática, que al contrario, forme parte de las experiencias bonitas de la vida y que también aporte mucho.

Así que os dedico este blog que es parte de mi vida y espero que a partir de ahora también lo sea de otras vidas y que juntos aprendamos a madurar, convivir y ser unas grandes personas.

Nacimiento

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Bimadre, pero eterna primeriza, trabajadora, estudiante de educación infantil. Formándome como asesora de lactancia. ¿Me acompañas?

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