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Las cenas de mis niños y las estratagemas para que me resulten fáciles de preparar. (3º parte, las bolsas de hornear, la Lékué y una buena sartén)

1 May

Un truquito que también me salva de muchas cenas son las bolsas de hornear que tienen en los supers, yo concretamente uso las del Mercadona. Me van muy bien para verduras y para carnes. Su uso es muy simple, metes las verduras o las patatas. Salpimentas la carne que quieras, lo metes en la bolsa. Si quieres también se puede adobar con hierbas aromáticas, yo suelo ponerle de casi todo lo que tengo a mano, tipo tomillo, romero, hierbas provenzales, orégano…, luego añades un chorrito de aceite y la cierras con los cierres que lleva. La pones tumbada en una palangana del horno y le haces unos cortes con un tenedor o un cuchillo para que salga el vapor. Pones la pieza a hornear. Te sugieren que por un kilo y medio de peso poner una hora de horno. Hay que tener en cuenta que no debe superar los 200º de temperatura o la bolsa se podría estropear. En este sentido no adelanta demasiado los tiempos, pero la carne y las verduras quedan muy jugosas. De esta forma he hecho lomo, pollo, piernas de cordero. Es un sistema que sobre todo lo uso para las carnes me gusta mucho como quedan. Con el pescado, no sé porque, no lo he empleado nunca pero sé que por internet hay recetas con el pescado y parece tener también muy buenos resultados.

IMG_20150422_201420369Sé que en el post anterior os hablé de albóndigas y woks y salmón. Así que imagino que alguien pude preguntarse ¿Pero, todos estos platos son fáciles de hacer? Pues sí, y allí es donde intervienen dos de los útiles de cocina que más uso. El primero es un cachivache que hace años compré y que fue más bien porque había leído que a la gente le funcionaba. Lo cierto es que sabía muy poco de él, pero en una droguería que hay cerca del trabajo tienen un gran surtido de su gama. Un día entré a informarme, la dueña me vendió tan bien el producto que acabé saliendo de allí con dos moldes, uno para pasteles y otro para quiches y con un estuche de cocina al vapor. Estuvieron bastante tiempo sin usar, porque los llevé a la casa que habíamos comprado y tardamos más de lo esperado en mudarnos. Así que como nunca me acordaba muy bien como se llamaban (y luego resulta que lo pronunciaba bien) al referirme a ellos en casa se les conoce como “la lekue esa”

El problema como he comentado más arriba es Terremoto Aquí es cuando el aparatito conocido en casa como “la lekue esa” entra en acción. El artilugio lleva un montón de recetas, pero yo he pasado de ellas, somos autodidactas y básicamente consiste en quitar el fondo para hacer al vapor y poner en la cesta todas las verduras imaginables, algo de sal y aceite y al micro durante unos 7-10 minutos aproximadamente, dependiendo de la cantidad de verduras. Una combinación muy usual y recomendable es poner cebolla, patatas y salmón y al micro. Los tiempos depende un poco de vuestro microondas y de si el estuche está muy lleno hasta arriba o más bien ligerito. Mejor poner menos tiempo y luego añadir que no pasarse. El salmón puede espolvorearse con finas hierbas o también con curry, está delicioso. Otra forma muy recurrente es la de cebolla, zanahoria, patatas, albóndigas y luego todo bien rociado con salsa de tomate y microondas. En este caso se lleva algo más de tiempo. He descubierto que es conveniente cortar las patatas pequeñas, así se hacen antes. También es muy aconsejable que en cualquiera de los platos que os he comentado o hagáis, las patatas las pongáis como unos cinco minutos antes ya que tardan algo más en hacerse. Luego añadís el resto y volvéis a poner el microondas, de esta forma salen muchísimo mejor, no están nada crudas y sí muy melosas. Hay que tener algo muy en cuenta, que si antes de abrirlo lo dejas reposar queda todo mejor. También ir con cuidado al sacarlo y sobre todo al abrirlo porque el vapor quema. Por eso suelo ponerlo debajo del extractor en marcha y lo abro con cuidado con un tenedor. Espero un poco a que haya salido el vapor y luego lo abro del todo. También tened en cuenta que las tapas pueden soltar algo de líquido, es parte del vapor de la cocción, así que después toca pasar un paño. Con este artilugio he cocido pimientos, hecho sanfaina, mejillones al vapor, incluso si es individualmente he hecho pasta, aunque personalmente si te puedes permitir algo más de tiempo prefiero usar la olla de termo difusión que os expliqué en el primero de los posts. La ventaja que tiene para la pasta es que se pone agua, la pasta y se cuece en veinte minutos. El tiempo de cocción es el mismo pero te ahorras el tiempo en que el agua tarda en hervir. Es un artilugio que me gusta tanto que lo he regalado dos veces. Sé que no es una termomix, pero tampoco lo pretende ser. Si buscáis por Internet seguro que encontrareis bastante información sobre él y un montón de recetas. Pero ya veis que en mi caso básicamente es imaginar, cortar, lavar, rociar con un chorrito de aceite, salar y directo al micro. No me complico mucho la vida y saco cosas interesantes. Incluso, al principio que las tortillas de patatas me salían de pena antes de que la abu me diera sus clases, muchas veces hacía tortillas de patatas o tortillas con ajetes y espárragos con este sistema. En unos minutos estaban hechas, aunque salían con una forma muy curiosa y nada redondas.

IMG_20150428_125630118La última referencia para los trucos de cenar me vino un poco sin querer. Su, de webos fritos, siempre recomienda buenos alimentos y buenos utensilios. Estuvo una temporada hablando mucho de buenas sartenes y que nos la tomáramos como una inversión, pero sinceramente, yo no estoy para invertir lo que ella recomendaba, por mucho que la sartén la hereden mis bisnietos. Así que de momento tenía que conformarme con renovar por algo buenecillo pero sin hipotecarme por ello. Coincidió que por esas fechas en las que yo me informaba de tipos de sartenes y opciones, en uno de los supers donde compro montaron una de esas promociones que por tantos euros de compra te tan un punto y cuando tienes tantos puedes canjear. En este caso el cambio era una sartén o una plancha por la mitad de su precio. No suelo ir muy a menudo a este sitio a comprar y cuando lo hago no siempre llego al tope de compra para que te den un puntito. Así que acumulé muy pocos y cuando conseguí para hacer un cambio, me cogí la sartén. Me lo estuve pensando bastante, porque aunque fuera la sartén más barata de las que tenían, teniendo que pagar la mitad de su precio ya me subió a unos treinta y pico de euros. Pero debo reconocer que Su tiene razón. Oigan, la mejor compra de sartenes de mi vida. Tengo que cocinar con ella con cuchara de madera y después de limpiarla secarla enseguida y untarla con un poco de aceite, pero esas son las únicas atenciones que requiere. En el centro lleva un círculo rojo que cuando se unifica el color significa que ha tomado la temperatura adecuada para cocinar. Entonces es cuando la lleno normalmente de verduritas variadas y la uso tipo wock. Los resultados son espectaculares. Le doy un tute en la cocina que se ha convertido en una de mis imprescindibles. Así que desde aquí os recomiendo el consejo de Su. Si podéis medio hipotecaros o simplemente, que el personal de casa os regale dinero para poner en una hucha, el adquirir una sartén buena, buena, buena, es algo que se agradece y amortiza que da gusto. La ventaja que tiene es que consume muy poco aceite, casi nada. Lo deja todo en su punto. Con el truco del calor residual y tapándola con una tapa de cristal casi no consumo energía para cocinar y de momento nada se me ha quemado, lo cual se agradece un montón. Con la sartén lo de hacer verdura variada en tiritas espolvoreadas con especies varias, un poco de aceite de soja y luego mezclarla con fideos chinos, se hace en un abrir y cerrar de ojos. A mis niños y no tan niños les encanta. Esas mismas verduras las podéis poner en una fajita o un taco, pero en lugar de aceite de soja añadir un poco de salsa de tomate y ya tenéis cena solucionada y que puede dejarse casi preparada el día anterior, sólo hay que calentar y hacer los tacos. Cuando quiero hacer muchas más albóndigas con verduritas variadas y no uso la Lékué, las hago con esta sartén, primero las verduras y luego las acabo de hacer con las albóndigas y la sartén tapada. También le da un punto a la carne en general que no es ni frita ni torrada a la parrilla. Vamos, que es una tontería pero confieso que estoy descubriendo nuevas posibilidades y facetas al uso de la sartén que hasta ahora no había experimentado.

Bueno. Espero que estos tres posts os hayan dado alguna idea o puede que os hayan servido para recordar algún plato que hace tiempo no ponéis en casa. Estaría bien que alguien más se animara a comentar alguno de sus truquis o de sus cenas de supervivencia. Quien sabe, quizás me recordéis algún plato que hace tiempo no cocino y así vuelva a recuperarlo o como en las los otros dos posts, me descubráis una forma nueva de hacer una cena. Gracias por haber llegado hasta aquí i bon profit.

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Las cenas de mis niños y las estratagemas para que me resulten fáciles de preparar. (2º parte, las cenas más habituales y rápidas)

27 Abr

Como veis, Tsunami es fácil de arreglar. Las veces que hacemos una cena para los dos tenemos algunos platos que suelen ser más habituales. Muchos de los que nombraré son de cajón, pero aquí quedan por si alguien se ha olvidado de alguno recordárselo, que siempre va bien un pequeño repaso.

Algunas veces, los fines de semana que hay más tiempo, se recurre a una pizza casera familiar para todos. A mis peques les encanta elegir los elementos y colocarlos y eso te asegura su buena disposición a devorarla.

También es muy normal que de tanto en tanto se hagan hamburguesas. Para ello las asamos en una sartén tipo parrilla. Las de Terremoto siempre van acompañadas de verduras asadas en la misma parrilla y luego servidas con un poquito de sal y aceite.

Muchos martes que yo trabajo hasta muy tarde y R. tiene que hacerles la cena, es frecuente que si la combinación de menús de los dos coles lo permite y yo no he podido dejar nada preparado el lunes, que ese día se haga calamar a la romana de los que venden en el super. Es casi el único día en que se recurre a comida preelaborada de supermercado. Pero, pero, pero. Os diré que en eso también tenemos un truquito. En lugar de hacerlas fritas, las ponemos en el horno sobre una palangana ligeramente untada de aceite. Se hacen por un lado y luego se les da la vuelta. Así se hacen todas al mismo tiempo y no queda una cocina hecha una guarrería con las salpicadas del aceite. Resultan menos aceitosas y algo más saludables. Así que sepáis que tanto las rabas empanadas como las anillas de calamar rebozadas se pueden hacer al horno de forma rápida y limpia.

Los martes puede caer alguna crema de verduras, bien hecha el día anterior, bien de las de super, que aunque no me guste usar la prefabricadas siempre tengo alguna en la despensa por si hay una urgencia. Las cremas en casa gustan con crostones y si puede ser con crostones con sabor a ajo o a hierbas aromáticas mejor que mejor. El año pasado cuando Tsunami estaba muy burro y no colabora a la hora de tomarse la crema con los crostones, le pones dentro la crema unos cuantos fantasmitos (patatillas con forma de fantasmas) y entonces la cosa cambia y se acabaron los problemas. Actualmente ya no es necesario recurrir a los fantasmitos, la crema con los crostones le pierde, sobre todo si se los coloca él.

Otras comidas socorridas son las croquetas. Para freírlas y evitar dejar la cocina toda guarra, las frío en una cacerola. Sí, si, en una cacerola de esas que se emplean para calentar el agua, al menos cuando se calentaba el agua antes de tener todos un microondas en nuestras casas. Este truquito lo usa Su de Webosfritos y a mí me parece fabuloso y práctico. Se pone el aceite en el cazo y allí se van friendo. No salpicas apenas aunque el ritmo es algo más lento, pero al concentrar el líquido tienes que emplear menos aceite y te salen mejor. En ocasiones también he usado este sistema si hago carne rebozada en trocitos pequeños tipo nuggets, aunque en este caso es de elaboración casera, los nuggets jamás los he comprado en el super. Vamos, carne de pollo o pavo cortada a tiritas y pasadas por pan rayado y huevo, sin ningún misterio salvo que alguien quiera espolvorearlas antes con hierbas aromáticas.

Últimamente las tortillas de patatas se han hecho un pequeño hueco en nuestra lista de platos para cenar. Yo siempre he tenido un trauma encima, no he sido capaz de hacer una tortilla de patatas ni decente ni normalita, todas se me resistían y lo he intentado muchas veces. Pero el verano pasado, Mari, la abu de Tsunami me enseñó como las hacía ella y desde entonces las bordo ¡Gracias Mari, mis peques lo agradecen muchísimo! Antes de aprender a hacer la tortilla de patatas Terremoto devoraba solamente la de atún y la de cebolla con queso. Tsunami por su parte se decanta por la de queso o bien de queso con york. Estas también siguen comiéndose, pero hemos podido añadir la de patatas que tantos fracasos culinarios me habían llevado antes.

El cus-cus con verduras para Terremoto y con pechuga de pavo, york, queso o tortilla para Tsunami es otra cena socorrida y rápida de hacer. Empleamos el cus cus que venden en los supers. En un cazo una taza de agua. Se pone a hervir y al hacerlo se apaga el fuego y se añade una taza de cus cus. Espero unos minutos a que absorba el líquido y le añado un poco de aceite, remuevo y listo. Ahora sólo hay que añadir las verduras encima o bien los cuadraditos de york, queso o tortilla y listo para comer.

Las rotlles y el pescado al horno que comenté en su momento en el blog suenen ser unos habituales en nuestras cenas. También lo son los huevos rellenos, la coca de pimientos de pasta dulce o bien la de trempó y en verano la ensalada tibia de patata, cebolla y bacon. Como veis son platos no muy complicados y alguno se puede dejar semipreparado antes.

También comen ensaladas, muchas, sobre todo en verano y beben gazpacho, curiosamente sin crostones. Uno muy rápido de hacer son las crepes tanto dulces como saladas, las quiches o bien las fajitas o tacos con verduras, así como los nachos con guacamole.

Otros platos son unas albondigas con verduras, patatas y salsa de tomate o bien salmón con verduras y patatas. También se animan con los fideos chinos y unas verduras al wok pero sin wok, más bien a la sarte. Os hablaré de ello en el próximo post.

Bueno, ¿Qué os han parecido estas sugerencias para una cena rápida? Se que hay muchos platos más como sándwiches, bocadillos, la sopa que comenté en el anterior post…. Pero es que sólo os he puesto unas cuantas sugerencias rápidas y socorridas.

Y vosotras ¿Cuáles son vuestras cenas más habituales y que siempre os salvan la vida?

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Las cenas de mis niños y las estratagemas para que me resulten fáciles de preparar. (1º parte, las ollas con termo difusión)

14 Abr

Hace tiempo que no os comento nada de recetas de cocina. Bueno, hace tiempo que me cuesta empezar a tener un ritmo sensato de entradas, aunque empezamos a ponernos las pilas. En casa por suerte estamos bien, pero yo llevaba una temporada baja de pilas y me costaba un poco ponerme delante del teclado. También me cuesta un poco ponerme delante de los fogones y eso es más jodido. Si unos cuantos días o semanas no publico, pues no pasa nada. Pero si me paso unos cuantos días o semanas sin cocinar, puede resultar una hecatombe familiar de primer grado. Bueno, realmente, el hecho de una demora en el estricto horario de comidas de casa ya es de por sí una hecatombe, sobre todo para el chef/groumet/insaciable Terremoto.
Terremoto es el más exigente en cuestiones culinarias y en horarios de comidas también. Cuando viene del cole a las cinco, merienda, generalmente fruta, yogurt o yogurt con trozos de fruta y unos pocos cereales, vamos que yo diría que no debe quedar con hambre, pero debo estar equivocada. La cena en casa normalmente es a las ocho para los niños y nosotros solemos comer cuando ellos se han ido a dormir, más que nada para estar relajaditos y tener nuestro momento. Si la cena requiere comer todos juntos cenamos con ellos, por ejemplo los días que hacemos algo al horno que se tenga que comer caliente recién hecho. Terremoto es el más conflictivo de casa en cuestión comida. Si tiene hambre puede empezar a pedir la cena a las siete y ponerse pesado a las siete y cuarto y luego a las siete y media. En ocasiones, cuando son las seis o las seis y media ya está empezando a tirarte indirectas sobre la cena… No se si a alguien más le ocurre, pero os aseguro que es agotador. Cuando acaba de merendar ya pregunta por lo que se cenará y cuanto falta para la cena. Uuuffff…. y eso que acaba de merendar, que si le dejo sin catar bocado toda la tarde tengo a un tigre bengalí por hijo. Por otra parte para acabar de arreglarlo, es muy especial a la hora de elegir los menús. Si en el colegio el día anterior o el siguiente hay algún plato igual o parecido a lo que pones de cena, tenemos las quejas y los follones asegurados, o en casa o en el cole, eso ya veremos a quien le toca. Así que para coordinar sus cenas con sus comidas en el cole y además no coincidir con los menús del cole de su hermano me las veo y me las deseo muchos días. Es muyyyy normalllll encontrarme con que no puedo hacer carne o pescado, porque en un cole ponen uno y en el otro lo otro. No sabéis lo que fastidia eso. También es habitual no poder hacer pasta o cus cus o sopa o cremas o una simple tortilla porque alguno de los peques coincide ese día o el siguiente o el anterior. Así que en ocasiones, por suerte pocas, me he visto en la necesidad de hacer una cena para uno y otra para el otro. Es el problema que tiene que los peques se queden a comer y vayan a dos coles diferentes.
Por suerte, Tsunami es algo más fácil de llevar, suele comer de todo o de casi todo y no es tan exigente ni tienen ninguna crisis existencial porque un día pueda coincidir una cena con su comida del día siguiente. Es más, mi pequeñin ha salido en eso igual a su familia paterna. Cuando yo salía con mi pareja, nos hablábamos cada noche por chat. El vivir en provincias diferentes y con un brazo de mar de por medio obligaba a eso. Así que muchas noches interrumpíamos la charla porque él iba a cenar y luego, cuando se reincorporaba, le pedía que había comido. El 97% de las veces el menú era algún tipo de sopa. Era igual si era en pleno invierno como que estuviéramos hablando en pleno mes de agosto, la maravilla, los piñones, estrellitas, de letras, de fideos, tiburones, rellena…. Como veis, mi pareja y su familia son muy soperos. El 90% de los postres que tomaba entonces era un yogurt de macedonia. Es curioso porque desde que vivimos juntos no toma tanta sopa, sólo de vez en cuando. Cuando le pido si quiere que se la haga no muestra una necesidad vital en ello. Incluso los yogures de macedonia acabaron olvidados en el frigorífico y dejé de comprarlos. Pero Tsunami… Tsunami es otra cosa y la genética del caldo con una buena sopita está presente en su ADN. Si fuera por nuestro peque el 99% de sus cenas serian soperiles, sin ningún problema y se sentiría más feliz que una perdiz. Hace poco le pregunté en el super que quería para cenar que se lo compraría y su respuesta fue “ya sabes mamá, lo de siempre, una sopita” añadió a esa respuesta su carita de niño contento y feliz… vamos, que quien le discute el plato de sopita si es pedido con esa sonrisa suya que pone de oreja a oreja.
Esta condición me viene muy bien ya que me salva en muchos momentos al tener que montar dos menús o bien cuando hago sopa para todos. Comento este truco que tenemos en casa para la sopa, porque para mí es lo más normal del mundo, pero me he encontrado con muchas personas que lo desconocían y luego se han sorprendido al hacerlo.
Hace años, mucho antes de que yo pensara casarme o independizarme, teníamos una amiga de la familia, doña Catalina, a la que quería mucho y siempre recordaré por su amabilidad y sus buenos consejos. Un día le contó a mi madre un truquito que ellos usaban para hacer en casa la sopa. Mi madre acababa de comprarse una batería de cocina de las que tienen la base de termo difusión. Resultaba que esta señora también usaba ese tipo de olla, así que empezaron a intercambiar experiencias. Hoy en día son muy habituales, muchas lo son, me refiero a esas que tienen la base tan gruesa y generalmente con círculos concéntricos, pero hace treinta y pico de años no eran tan comunes, además de bastante más caras. Doña Catalina, le contó que para ella y su Fernando, ponía en la olla más pequeña el caldo, lo llevaba a ebullición y luego con cuidado (porque el cambio brusco de temperatura hace que el caldo rebose y se vertiera) echaba poco a poco la sopa. Removía un poco y tapaba la olla. Entonces con la yema del dedo iba dando toquecillos sobre la tapa y cuando notaba que esta estaba caliente, cerraba el gas y lo dejaba tal cual. Se cerraba justo cuando notas el calor que ya cuesta soportar en el dedo, porque si te pasabas entonces el caldo hervía demasiado y rebosaba por la tapa. Si esto ocurre, sólo tienes que destaparlo, dejar que suelte un poco de vapor o bien remover con la cuchara y volver a tapar.
De esta forma uno se despreocupaba de hacer la sopa y media hora después levantas la tapa y te encuentras una sopita perfectamente cocida y calentita a punto de servir. Ese es un truquito que yo he usado toda mi vida, porque luego yo me compré una de esas baterías de cocina. Nosotros seguimos usando la olla pequeña y nos da para cuatro raciones. Así que ya sabéis, si alguien tiene una olla de termodifusión, que sepa que la sopa puede hacerse así y no estando pendiente removiendo delante de los fogones. Lo apagas y a otra cosa mariposa.
Actualmente mi cocina no es de gas, tengo una vitro, así que aún es más fácil. La vitrocerámica guarda el calor residual. Pongo el caldo con la vitro al máximo para que el caldo se caliente pronto y coja un buen calor residual al apagarla. Espero que el caldo esté caliente pero no que hierva. Pongo la sopa y remuevo y espero a ver como empiezan a hacerse las primeras burbujas previas al hervido. Entonces es cuando tapo la olla apagando enseguida el fuego y con el mismo calor residual coge la temperatura exacta y no tengo que hacer aquello de darle con la yema del dedo a la tapa. Por si acaso vigilad los primeros segundos no sea que hayáis esperado demasiado y tapéis al hervir. En este caso se caliente demasiado y rebosa, cosa que en una o dos ocasiones me ha pasado, pero si se hace bien no ocurre. Si esto ocurre ya sabéis, destapáis un momento, removéis y volvéis a tapar. Os diré que si tenéis invitados este truco también vale para las ollas más grandes manteniendo el mismo tiempo, en media hora sopa hecha.
Sólo hay un detalle que hay que tener en cuenta, absorbe bastante caldo, así que sed algo generosos con el caldo que pongáis, sobre todo si os gusta la sopa más caldosilla. Algunas veces y depende del tipo de sopa, si le has puesto poco caldo luego te puedes encontrar un pegote de sopa, se que añadiendo líquido se arregla más o menos, pero no queda con buena presencia para presentar si es que ese día se tienen invitados. Yo normalmente me suelo guardar un poco de caldo para luego atemperar la sopa antes de servirla. En casa mi pareja es de los de sopa con casi nada de caldo, Terremoto y Tsunami con algo de caldo y yo con mucho caldito.
También para darle más sabor en casa nos gustaba ponerle dentro trocitos de botifarrón cortado a cuadraditos pequeños o bien trocitos de pollo hervido. Para las ocasiones más especiales le poníamos pequeñas albondiguitas que se cocían en el caldo, sobre todo lo hacíamos así en épocas navideñas, pero a diario también se puede tomar al resultar una combinación bastante completa. A mis pequeños el botifarrón no les entusiasma demasiado, pero las albóndigas las adoran. Lo recomiendo para los que disfruten de esta forma, para mí es delicioso. El botifarrón tiene en sus ingredientes semillas de anís y el gusto del anís le daba un punto muy especial a mi modo de ver. Para la sopa rellena no hay ningún problema. Se hace el mismo procedimiento, pero poned bastante caldo y la olla bien grande para evitar que se apelmace.

El truco que os acabo de explicar con la sopa se puede aplicar también para cocer la pasta. Nosotros no solemos tomar pasta de noche, porque la encuentro un poco pesada antes de ir a dormir. La forma es como la que os he explicado antes. Se pone el agua con una pizca de sal unas gotitas de aceite y nosotros ponemos una hoja de laurel. Esperas a que hierva, se pone la pasta dentro, macarrones, hélices, espaguetis, tallarines, raviolis… se cierra y se esperan unos quince o veinte minutos. Vamos, el tiempo en que preparas la salsa y pones la mesa. En casa somos cuatro y claro, ponemos bastante pasta, y esperamos ese tiempo. Se que me diréis que de esta forma los tiempos son los mismo, pero el ahorro energético es considerable y la disponibilidad para hacer otras cosas mientras también son de agradecer. Pensad en la de cosas que podéis ir adelantando en veinte minutos o simplemente darse el gustazo de disfrutar un ratito para ti o para tu familia. Seguro que más de uno se apunta a este truquito.

Nota: Es curioso, pero acabo de darme cuenta que como en casa muy pocas veces hacemos arroz a la cubana, el truquito no le he intentado hacer para hervir el arroz blanco, pero tampoco me extrañaría que sirviera, aunque no lo tengo comprobado.

Editado: Mirad los comentarios, Tonia nos dice como hacer con esta técnica el arroz. Gracias encanto.

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Os recomiendo uno de los primeros blogs que seguí y que ha vuelto: Mi cocina para ti.

20 Mar

Algunas veces os he contado que yo entré en el mundo de la blogoesfera a través de los blogs de cocina, pero sobre todo a través del blog de Ruth, la bloguera de Mi cocina para ti.

De eso hace ya mucho, pero que muchísimos años. Terremoto era pequeño entonces. En esa época, tenía muchos problemas para hacerle la comida porque era muy tiquis-miquis y sólo comía una serie de platos muy contados y en sitios muy concretos. Por ejemplo, los nuggets sólo los comía en casa de mi madre. Los huevos pasados por agua sólo en mi casa. Los macarrones sólo en casa de papá y así cuatro o cinco platos más. Por algún cajón, si no se ha tirado ya, debe haber una lista de las comidas que hacía y donde las hacía y la verdad… es que era una lista desesperadamente corta. No podéis imaginaros que angustioso era darle de comer. Si algo no le gustaba sencillamente no comía. Podías dejarle unos días sin comer que él seguía en sus trece, y no comía. Para una madre cuando se encuentra con este panorama, cualquier ayuda es bienvenida. Nos volvíamos locos porque tampoco quería comer nada en el cole y me dijeron que si no comía no se podía quedar a comedor. Pero, se quedaba a comedor porque ambos padres trabajábamos y no podíamos dejar de trabajar para ir a buscarlo y darle de comer… Era un pez que se mordía la cola. Al final mis padres optaron por ir a buscarlo al cole, darle de comer en su casa y luego volver a llevarlo. Pero eso implicaba que ellos tenían que aguantar sus problemas y sus crisis, y esas, siempre han sido muy chungas.

Tuvimos este panorama en casa desde muy temprano, y eso que con las papillas tampoco hubo excesivos problemas. Bien es cierto que tampoco hubo demasiadas facilidades y como no le gustaran demasiado te las veías y deseabas para primero probar combinaciones de verduras varias que le gustasen y segundo hacer el avión, bailar un Twist o darle la cuchara contando un cuento o haciendo el pino-puente.

Terremoto estuvo unos cuantos años así hasta que un buen día fuimos al cine a ver una peli de Pixar….

… Había visto el trailer por el ordenador y desde que vio el primer fotograma nos pedía para ir a ver la peli del ratón. Por si alguien aún no ha caído en ello, Terremoto se refería a la peli de Ratatouille. Pasó un tiempo y por fin se estrenó y yo me lo llevé al cine. Me encanto. La encontré tierna, divertida, pero sobre todo era un cántico a la comida y al saber hacer. Al desenvolverse entre fogones. Un homenaje al crujido del pan, a la justa medida de los condimentos. Al aroma del puchero cuando hierve y hace chup chup. A la degustación de todos estos sentidos juntos, la vista por la presentación, el oído del burbujeo y el crujir, el olfato con su multitud de aromas que se volvían a combinar y surgían otros nuevos y finalmente, el gusto. Era un homenaje a todos los cocineros. A la comida elaborada, la casera, frente a la comida prefabricada. A la comida cocinada con su tiempo justo y no de una forma acelerada. A la comida bien hecha. Pero, sobre todo, era un reconocimiento a una gran frase “cualquiera puede cocinar” y esa tarde, esa frase quedó gravada a fuego y hierro en algún lugar destacado del cerebro de mi hijo.

Terremoto salió del cine contento, eso era de esperar. Pero también salió del cine cambiado. Rémy le había descubierto el arte culinario y ese descubrimiento obraría un antes y un después en su vida… y de paso en la de todos los que le rodeábamos.

Esa misma noche ya no quiso uno de sus platos de la lista, esa tan desesperadamente corta. Esa lista pasaría a la historia y acabaría olvidada dentro de algún cajón. Ahora su lista era inmensa, ilimitada, infinita. Quería algo nuevo y yo no me lo podía creer. Había empezado no una nueva etapa. Había empezado una nueva era. Desde ese día Terremoto empezó a lanzarnos a troche y moche un montón de retos culinarios y no eran precisamente fáciles de satisfacer, oigan. Os pongo en situación.

Mamá está en la cocina preparando cosas. Terremoto está en la sala viendo dibujos. Terremoto llama desesperadamente a grito pelado “¡¡¡MAMAAAAAAÁ!!!!. Como podéis imaginar al principio acudía rauda y veloz ante semejante grito, no fuera que mi retoño se estuviera despeñando por algún mueble. Cuando llegaba me lo encontraba al lado de la tele señalando la pantalla y apremiándome para que me fijara en algo de los dibujos que ni tan siguiera te daban pistas de lo que era, pero que era comida. Entonces me decía que mañana para cenar quería eso que había salido en los dibujos de Tom y Jerry, o en los de la familia pirata, o en los que fuera que había aparecido un plato con algo humeante dentro. Espero que nadie se haya visto en este brete, porque es un brete y de los gordos. Al día siguiente Terremoto exigía su comida como la de los dibujos. Tengo que aclarar que hasta que uno no se encuentra con esta situación, no puede ni imaginarse la de fantasía y la de colorines que ponen los dibujantes de animación a la hora de representar comidas varias. Oigan ustedes, que estoy casi segura que nunca han cocinado en sus casas ni han visto o se han fijado demasiado en como quedan los platos cuando han pasado por una sartén. Un desespero. Así que aprovecho para hacer un llamamiento a los dibujantes, sean buenos, dibujen mejor los ingredientes y no se limiten a poner unos manchones de diversos colores dentro de un plato. Las madres que tenemos mini-chefs exigentes en casa, lo agradeceremos.

Mamá, o sea, mi menda, iba capeando el temporal con mucha imaginación. El reto más difícil de todos fue hacer una ratatouille como la que sale en la peli, casi nada. Me puse manos en la masa y empecé a buscar por Internet en que consistía exactamente una ratatouille y encontré que en Mallorca hay un plato “parecido” (recordad que toda la comida mediterránea tiene algo en común al compartir los mismos productos) pero el plato no le satisfizo. Evidentemente, no tenía la misma presentación que en la peli. Esa fue la parte más difícil de reto, porque yo no es que me hubiera fijado expresamente en como era la elaboración de la película, pero mi hijo sí. Lo tenía clarísimo y lo expresaba a su manera de entonces que no siempre era de lo más explícita. Tenía que ser una fuente redonda, al horno, con los ingredientes cortados en rodajas, primero uno, apoyado en este el otro y así formando una serie infinita hasta que realizabas el último círculo concéntrico. Se le añadía una salsa, supuse que de tomate, encima y poner un papel de horno, redondo evidentemente, sobre las verduras antes de ponerlas en el horno. Tenía que sacarse del horno con los agarradores de manopla, no se muy bien porque los cuadrados no le iban bien. Fuimos de nuevo al cine para ver la peli y poder fijarme mejor en esos pocos segundos en los que se elabora el plato. Tengo que decir, que evidentemente, cuando salió la peli nos la compramos el primer día. Llevaba semanas reservada y en los extras me encontré con unas imágenes de uno de los cocineros que había asesorado para la película cocinando precisamente ese plato. Era la forma que me pedía Terremoto. La misma que habían copiado al detalle los dibujantes de Pixar y que a mí me daba tantos quebraderos de cabeza por no parecerse en nada a la elaboración tradicional de la receta francesa. Vi ese breve fragmento no recuerdo cuantas veces, pero muchas, hasta que le pillé el tranquillo. Ya me tenéis a mí, en mí entonces mini-cocina, haciendo experimentos para cortar los ingredientes igual de finos, colocarlos en círculos concéntricos y que diera el pego. Tras un primer intento más o menos presentable pero con serios reproches por parte del maître referentes a la presencia, llegué a la conclusión de que primeramente tenía que comprarme una buena mandolina para cortarlo todo igual, ya que a cuchillo eso no ocurre. Terremoto me exigía unos cortes armoniosos y homogéneos como los de Rémy. Como no estaba del todo segura de los ingredientes y en la peli había tres ingredientes que formaban la serie y uno era rojo, la ratatouille de nuestra casa estaba formada por rodajas de berenjena, calabacín, tomate, salsa de tomate y luego conseguí convencerlo de sustituir el papel de horno por lonchas de queso para fundir que poníamos encima.

Miren ustedes por donde esta madre que os escribe empezó a tener sentimientos encontrados con el susodicho Rémy. Por un lado le agradecía infinitamente que hubiera descubierto el placer culinario de mi hijo. Por otro, hubiera deseado que no se lo hubiera descubierto tanto ni tan a lo bestia.

Fue en una de mis primeras búsquedas por Internet cuando Terremoto estaba en plena punta de la vorágine culinaria que topé con un blog que marcaría un antes y un después en mis conocimientos de cocina y en el aprender a desenvolverme muchísimo mejor entre pucheros. Una tarde entre en un blog, antes tenía otro nombre, en francés. Luego lo cambió. Era el blog de Ruth.

Ruth es una chica chilena que está casada con un suizo y viven en Suiza. Tenía una curiosa cocinerita un poco más pequeña que mi mini-chef. Ruth tiene varios amores, además de su niña y su marido. Ruth esta enamorada de la cocina, lo lleva en la sangre. Su padre había sido un cocinero profesional que había sabido transmitir a su hija el amor por el arte culinario, además del amor especial que sólo tienen algunos padres. Por desgracia, hacía unos años que “su calvo” como ella lo llamaba, había muerto. Ruth empezó su blog para recordar a su padre y para recordar a su Chile natal que estaba tan lejos de ella.

Cuando yo descubrí su blog me sentía atraída por él y empecé a leerlo hasta que llegue a las primeras entradas y descubrí esta historia tan bonita y tan entrañable. Poco a poco Ruth empezó a poner más entradas de cocina y al final era ya básicamente un blog sólo de cocina. La nostalgia del amor de su padre y de su Chile lejano afloraba sólo de forma espontánea y casi accidental. Fue una bonita etapa que duró bastante tiempo, unos cuantos años. Cada día entraba en su blog y me encontraba un plato diferente, porque prácticamente cada día hacia una entrada, o dos, o tres. Estas se correspondían con el plato que ese día se comería en casa o que se había comido el día anterior. Un día era un postre (tengo que decir que Ruth tiene unos postres divinos) un día una ensalada, una crema, una sopa, carne, pescado, un plato más exótico de cocina árabe, oriental, mejicana, caribeña…, un batido, un combinado… su imaginación y sus conocimientos eran infinitos.

Le escribí unos cuantos correos, le explique mi situación con Terremoto y me dio unos muy buenos consejos. Gracias a ella le pillé el gustito de ponerme delante de unos fogones. Ahora ya no era un trauma, era un arte. Aprendí a dedicar el tiempo justo a cada plato y no cocinar con prisas. Aprendí que la presentación es tan importante como el cuidado y la búsqueda de una buena materia prima. Aprendí que los utensilios tienen que ser de calidad si quieres que todo tu esfuerzo tenga buenos resultados. Aprendí muchísimas cosas, sólo discrepaba con ella y fue en el uso de la mantequilla. Tenéis que perdonadme y ya sé que en un país como Suiza el aceite de oliva no se usa con tanta soltura como en un rinconcito del Mediterráneo. Así que para mí eso de freír carne, verduras o pescado usando mantequilla me daba una cierta grima que me ponía los pelos de punta. Me tomé pues la licencia de sustituir el sólido amarillo por el líquido dorado y oleoso. Evidentemente, en los postres respeté más el uso de la mantequilla. Esa fue la única pega que tuve con su blog.

Empecé a hacer sus recetas y lo cierto es que las bordé a la primera. Estaban todas deliciosos, riquísimas, para chuparse los dedos y no eran extremadamente difíciles de preparar. Quizás ese éxito se debió a que Ruth tiene los pasos minuciosamente documentados, con una cantidad de fotografías que hace que hasta el más torpe y más novato de los que por un momento piensen que pueden considerarse cocineros, pueda seguir sin ninguna dificultad todas sus elaboraciones. En una palabra, que Ruth cambio mi vida y no puede imaginarse lo mucho que me ayudó a afrontar el reto culinario de Terremoto.

Un buen día Ruth tuvo que dejar el blog. Había empezado a trabajar y el tiempo no le daba para todo. Lo dejó abierto para que todo aquel que lo deseara pudiera seguir consultándolo. El blog había sido un homenaje a su padre y ese homenaje seguía ayudando a todos los que quisieran asomarse a sus páginas. Pasaron los años y cuando esta que os escribe decidió montar su blog, tuve bien claro, desde el primer segundo, que el blog de Ruth, aunque llevara muchos años cerrado, sería referenciado con su enlace para que todos aquellos que buscaban ayuda en la cocina pudieran dar con él.

El tiempo ha pasado. Alguna vez se publicó algo. Luego de nuevo el silencio…. Hasta hace poco. Un día, cuando entré en mi blog y miré lo que habían publicado los blogs de referencia vi una entrada suya. Al poco vi otra y luego otra y otra. Ruth había vuelto. Mi cocina para ti había reabierto sus puertas. Sus recetas estaban saliendo como los platos recién cocinados del mejor de los restaurantes del mundo. Como los platos que salían por las puertas de la cocina de Ratatouille. Las mismas explicaciones, los mismos detalles, la misma ayuda de las fotos. Nuevos platos sencillos, fáciles, apetitosos y estoy segura que igual de riquísimos.

Sé que mi blog es muchísimo más modesto que el suyo y que tengo menos seguidores y gente que me visita, pero me hacía una ilusión tremenda contaros que Ruth había vuelto y que tenéis de nuevo a vuestra disposición uno de los mejores blogs de cocina que he conocido. No me podía quedar sólo diciéndole hola. Mi mente me estaba pidiendo que le hiciera una entrada de bienvenida como se merece. Como se merecen aquellos que son especiales y a los que sin saberlo, les debes muchísimo. No he podido evitarlo y sin darme cuenta hoy he empezado a escribir y no he parado hasta llegar aquí. No sé si es el mejor blog de cocina, pero para mí fue y es un gran blog de cocina y le debo mucho. Así que…

Señoras y señores, preparen las servilletas, cojan sus cubiertos, porque están a punto de degustar unos platos exquisitos que han salido de unas manos maravillosas que no se limitan sólo a cocinar, sino que en cada gesto, en cada movimiento, transmiten casi a escondidas, ese amor y esa sabiduría que recibió siendo niña allá en su Chile natal al observar como su padre le iba dejando un hermoso legado.

Por ti y por ese fantástico padre que tanto te enseño. Muchísimas gracias gatita Ruth.

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Como enseñamos a comer a nuestros niños

14 Mar

El martes fue un día muy movido en el trabajo, se tenían que presentar unos papeles y se habían pedido con muy poco tiempo, así que lo que normalmente dedico tres o cuatro  días, además de mis labores habituales de público, en poder tenerlo hecho, tuve que hacerlo en día y medio. El lunes me quedé hasta que acabé toda una serie de cálculos, el martes hasta que hube redactado y calculado toda otra serie de datos. El martes, es el día en que también curro por la tarde, así que al final salí del trabajo a las 15’40 para volver a entrar a las 16 h. Como podéis suponer, con ese margen una no podía ir a comer nada. Por la mañana no había salido a merendar, y cuando ya eran las 12’30 mi jefe me dijo que saliera. Aproveche, porque ya me veía que al mediodía el tiempo no me iba a dar para nada, para acercarme a un local de comida rápida… vamos, lo diré más claro, a un Burger King y llevarme un menú al trabajo. Ante mi sorpresa había una cierta cola para pedir, así que me puse en la cola y esperé.

Justo al lado de donde yo estaba había una madre con su hijo. Supongo que debía ser su madre y lo que comento ahora no es por ningún motivo racial ni nada, simplemente es que así eran. Ella era afro americana, pero no de las de América del norte, sino de algún lugar de la América latina. El niño me despistó un poco, imagino que el padre debía ser americano pero de los de verdad, porque tenía unos rasgos faciales muy mezclados entre indígena y mulato con una tez bastante blanca en comparación a la madre, por eso digo que supongo que debía ser la madre, salvo que fuera el hijo de algún conocido. Disculpadme todos los americanos, pero yo no tengo tan a mano todos los cruces raciales que existen por esas latitudes. El niño debía tener unos seis años, más o menos. Encima de la mesa tenían la bandeja con unos cuantos papeles de esos en los que te viene la hamburguesa envuelta, dos cajas de las de patatas y varios montones de patatas esparcidos por encima.

Al principio no les di más importancia que la que les hubiera dado a cualquier otra mesa y estaba más atenta intentando leer que ingredientes tenía cada hamburguesa y como se llamaban para pedir. Lo sé, se me nota que no voy mucho por estos sitios, así que antes de parecer una palurda inculta me gusta localizar que pienso llevarme.

El niño me llamó la atención cuando al estar mis neuronas concentradas en la elección de la burguer no se qué o la burguer no se que cuantos, oigo un claro ruido para cualquier madre que me alertó, el de un niño unos segundos antes de sacar un vómito. Como yo estaba pegada a la mesa me fui instintivamente hacia un lado y me giré para ver que pasaba. No era cuestión que el tal Murphy me regalara un manchón sobre toda la ropa y yo con ese día y saliendo a las ocho de la noche y sin poder ir a cambiarme a casa.

El niño realmente estaba a punto de sacar lo comido. Enseguida pensé en la pasada de virus que hay ahora por estos lares y que da estos efectos, así que observé un poco más pensando, “hay cielos, ya me veo con la suerte que tengo, a todos los de la casa infectados dentro de unos días”, soy así de neurótica. Pero no, el niño no tenía virus. El niño tenía empacho. No se si alguna vez habéis hecho la animalada de pegaros una comilona de esas a lo bestia que ya no os entra nada más en el estómago y os sentís agotados, con cara de asco ante la comida y con ganas de sacarlo todo… algo así como unas comidas de Navidad pero reconcentradas y comprimidas en una toma. Pues esa era la pinta que tenía el pobre nene. Entonces me fije más y tengo que decir que el niño no estaba especialmente ni obeso ni con sobrepeso. Era un niño normal, de los que no son para nada delgaduchos pero normalito sin ser estilizado. El peque levanta la cabeza que tenía apoyada en la mesa porque no se aguantaba y se tira para atrás. Entonces se levanta el jersey y empieza a masajearse la pancha. Se estira y sigue masajeándose. Me dio bastante pena porque pensé que lo debía estar pasando mal. Luego vuelve a apoyar la barbilla sobre la mesa y se queda mirando los restos que había sobre la mesa. Extiende la mano y coge unas cuantas patatas y se las come. Sigue comiendo y vuelve ha hacer un ruido parecido al primero que me alertó.

Mientras todo eso pasaba la señora, supongo que madre, que estaba delante, no le había prestado ninguna atención. Estaba escribiendo mensajitos en el móvil. En ese momento la señora levanta la vista del móvil y le dice que no tome más patatas que después de “las” hamburguesas y las patatas mejor lo dejara ya .

Veamos. Un infante de unos seis años se zampa el sólo dos menús de hamburguesas con patatas de adultos, que esos no eran de los de juguetito, y la madre se queda tan tranquila. A estas alturas yo estaba empezando a flipar en colorines y entender mejor algunas cosas que en ocasiones oigo por la radio en relación a la alimentación de los niños y tal sobre todo en ciertos países como México y demás. Que conste que no estoy diciendo que fueran de allí.

Para mi asombro, la madre siguió dándole a las teclitas del móvil y el niño volvió con sus masajes de estómago y siguió ingiriendo las patatas que quedaban en la bandeja hasta que hubo dado buena cuenta de todas ellas. Eso sí, con una cara de cólico que no podía aguantarse el pobre.

Un ratito después, porque lo que aquí os he contado con tantas palabras ocurrió en relativamente poco tiempo. Se pusieron detrás de mí otras personas haciendo la cola. No me giré pero oí la conversación. Era otra madre con la hija que luego pude ver que llevaba en una silla de niños, no en un cochecito. Debía ser una nena de unos tres añitos o por allí andaría. La madre le pide a la niña que quiere para comer y la niña sin pensárselo dos veces le suelta un efusivo y entusiasta “manzanaaa”. La mamá le dice que sí, que de postre tendrá la opción de manzana, pero que tienen que pedir algo antes, así que le plantea si quiere carne con pan (hamburguesa) o pollito rebozado (nuggets). La niña vuelve a soltar un efusivo “manzanaaaa”.

A esos momentos de la conversación sobre lo que comerían, la cola se adelantó y fue mi turno de pedir. Hice el encargo para llevar, pago y me pongo al lado en un hueco que había a esperar que me llamaran. Entonces fue cuando vi a la madre con la niña forofa de las manzanas. La escena fue divertida. Se acercan a la caja y la madre dice que un menú diverking. La dependienta pregunta que qué será. La niña se pone de pie sobre el reposapiés de la silla y lanza un grito entusiasta de “MANZAAAANAAAAA” .A mí la pequeñaja esa me arrancó una sonrisa. La madre pidió unos nuggets, una ensalada, un agua y la manzana de la niña.

Me llamó poderosamente la atención de los dos casos uno al lado del otro. El niño haciendo esfuerzos por engullir hasta la última patata, atiborrado de comida y con la madre cuya única preocupación era atender al móvil más que al hijo que estaba a punto de vomitarlo todo, y la pequeña fans nomber uan incondicional de las manzanas. Una había elegido presuntamente por lo que comentó dos hamburguesas con patatas y la otra le ponía ensaladita y manzana.

No soy ni mucho menos una defensora de los locales de comida rápida. Nadie obliga a la gente a entrar en ellos y es cierto que algunas veces de tanto en tanto cogemos algo o vamos a comer allí con los nenes, pero algo muy a cuenta gotas, vamos que no es ni siquiera una costumbre semanal ni mensual. Se comenta mucho del tipo de vida y de la comida que tomamos. En ocasiones pienso que ante una opción tipo entrar en ellos, hay varias formas de consumir y el como enseñemos ha hacerlo a nuestros hijos y la frecuencia con que les “premiemos” a ir, será muy importante a la hora de establecer los hábitos alimentarios y los futuros problemas de salud de nuestros peques. Precisamente después de esto, ayer oía por la radio en el coche, que la diabetes se está convirtiendo en una verdadera epidemia y de cada vez hay más niños que la padecen, además de los que deben pincharse con insulina. Desgraciadamente España tiene el nefasto honor en ser el número uno en los países con niños con más problemas de obesidad dentro de la unión europea, como comentaron, ya podríamos ser el número uno en otras cosas y no eso. Es triste que los padres hayamos llegado a unos niveles tales en los que la alimentación de nuestros hijos mientras y cuando nos dejan tranquilos nos importe absolutamente un carajo.

Quien os está diciendo esto es una madre que actualmente tengo sobrepeso, pero no porque me atiborre todos los días de bollería industrial y porquería, sino porque el metabolismo de mi cuerpo, la edad, un embarazo tardío y la falta de tiempo para ponerme en forma no juegan a mi favor. En casa las verduras y las frutas están siempre en nuestra dieta. También es cierto que Terremoto tiene sobrepeso, porque hace años que toma un medicamento cuyo efecto segundario es un exceso de apetito. Ahora este verano tenemos que hacerle unas pruebas y la neuropediatra quiere intentar quitárselo para que no le pudiera llegar a afectar a la salud. Así y todo se lo controlamos bastante, salvo cuando está una larga temporada con su padre. Mi ex en el tema cocina es un desastre el pobre y cada vez que pasa unas vacaciones con él me viene con varios kilos de más que luego cuesta mucho restablecer y por desgracia la crecida de este verano fue tremenda, me devolvió al peque con diez kilos de más que aún estamos en proceso de eliminación.

No es cuestión de obsesionar a los niños con ponerlos a dieta. La comida es un placer y una necesidad, pero no un tormento o una maldición. Hemos de enseñar a nuestros hijos a que su dieta debe ser variada, a que de tanto en tanto uno puede tomarse algún capricho pero no de forma habitual. Que cuando no se tiene hambre no hay que seguir atiborrándose hasta reventar. Que la comida hay que tomarla despacio y masticar bien y beber agua. Que se tienen que hacer unas comidas al día y que luego no hay que picar cada vez que a uno le plazca y lo que le plazca. Que además se tiene que hacer algo de ejercicio y no pasarse todo el día en el sofá, buscar un día para ir a pasear o de excursión es una buena opción y barata. Los hábitos alimenticios son importantísimos y parece que no nos demos cuenta de ello. Hay familias que juegan con dinamita, y no se han parado a pensar en que calidad de vida van a tener sus hijos cuando esta dinamita les estalle. Es una pena pero es así. En nuestras manos está el intentar arreglarlo y aún estamos a tiempo. Por favor, pensad un poco en ello, al fin y al cabo con la salud no se juega y con los niños mejor en el parque.

Hombre Obeso

Pere Garau, ese especial mercado de los payeses del sábado

21 Feb

La Ciudad donde vivo ha cambiado mucho desde que yo era niña. Recuerdo que las plantas bajas eran lo normal. Había tiendas de ultramarinos y verduras en todos los barrios, unas cuantas. Nosotros íbamos a una llamada S’inquera (la inquera, natural de Inca) era una señora que cuidaba a su nieta, la mamá de la nena, su hija,  había muerto en el parto y la pequeña y el yerno vivían con ellos en el piso que estaba justo encima de la tienda situada justo al lado de la fábrica de sedas. Allí podías coger las patatas y ponerlas tú en la báscula y luego te metían la compra en la cesta de la compra, una de esas grandotas de tela como las que se han puesto ahora de moda pero más reforzadas, nada de bolsas de plástico, eso casi ni existía. También había varias carnicerías, la que solíamos frecuentar se llamaba Ca’n Pansa (casa de pasa, en alusión al apodo familiar) Mi madre me llevaba por la mañana y yo lo pasaba algo mal porque la carnicera era zurda y me parecía imposible que no se hiciera ningún corte, por no decir algo peor. Creo que eso tiene algo que ver con el miedo que les tengo a los cuchillos y a los objetos cortantes en general. En el barrio también había tiendas donde podías encontrar desde tornillos a jabón de pasta para fregar, detergentes, junto con azufre, sulfatos, lejías, fertilizante, estropajos y un sinfín de productos alguno de los cuales ahora no es frecuente ver, eran los colmados. Había uno en la calle de al lado de casa, enorme y con el suelo encementado, sin baldosas. Las mercerías también proliferaban, había muchísimas y encontrar un lugar donde te vendieran medias, calcetines, hilos, papel cebolla para los patrones, tizas de ropa, cremalleras y botones de todo tipo no era nada difícil. El mundo transcurría a otro ritmo, los coches no eran tan comunes, muchas calles aún no estaban asfaltadas, podías aparcar siempre delante de tu casa, eso cuando tenías coche, y si alguien lo hacía mirabas con extrañeza de quien sería ese vehículo intruso que osaba estar delante de tu puerta.

No sé si era mejor o peor vida, fue la que viví. Lo recuerdo más tranquilo, más lento, en blanco y negro como en las fotos. Fue una infancia en la cual las fincas tenían alturas moderadas y la luz del sol entraba por el balcón y llegaba hasta el recibidor durante horas y horas y veías las motas de polvo que flotaban a su trasluz, inertes y misteriosas, con dulzura. Eran tiempos en los que mis primos y yo nos entreteníamos dibujando o leyendo tebeos y cuando abrían el semáforo de la esquina nos parábamos y asomábamos al balcón de mi abuelo para contar todos los coches azules o blancos o rojos que pasaban por delante. Llevábamos la estadística de toda la tarde sin habernos descontado ninguno. Luego comunicábamos al resto de la familia cuantos habían pasado de cada color ese día. Era una época en la que no existían los supermercados, al menos por mi barrio, y el primero que hubo allí lo pusieron dentro de la plaza del entonces Pedro Garau, duró unos años. Era alucinante entrar dentro y ver cosas tan variadas y en tal cantidad todas expuestas en sus estanterías y pasillos, los ojos de los niños no paraban de moverse de un lado a otro  y creo que a muchos mayores también les pasaba lo mismo.  Cuando este cerró, empezaron a aparecer tímidamente los primeros supermercados de barrio y a ir desapareciendo poco a poco los otros comercios a medida que esos supers se iban consolidando, proliferando y aumentando de tamaño. Tengo por alguna parte una foto de mis primos y yo delante de este mercado, cuando abrieron ese primer super del barrio. En esa foto se ve detrás de nosotros la puerta del super y a su lado una máquina expendedora de refrescos de cola, situados uno al lado del otro hay dos niños y una niña. Uno, el más alto, esta con los brazos cruzados sobre el pecho. Lleva gafas de concha negras, se muerde los labios con cara de empollón y mira discretamente al cielo. Mientras el chico de al lado, algo más regordete,  intenta pisar el pie al vecino. Yo llevo el uniforme del cole, estoy en el lado derecho y  tengo los pies torcidos hacia fuera y apoyada en el canto exterior mientras junto las manos delante con los brazos bien estirados hacia abajo y  dedico a la cámara una de mis encantadoras sonrisas de niña con la cabeza ligeramente ladeada siempre a la derecha y mis dos coletas como banderas de un barco a los lados.

Pedro Garau, o Pere Garau como se le llama actualmente, es uno de los varios mercados que tiene la ciudad.  Fue inaugurado en 1943, consta de un gran edificio rectangular en medio de dos zonas abiertas, como plazas. La superficie cubierta es de unos 937 metros cuadrados según he consultado y para que os hagáis una idea de su importancia os diré que el 1994 había registrados 27 paradas de pescadería, 24 de verduras y frutas, 17 carnicerías, 8 ultramarinos, 7 hornos, 4 bares, 3 puestos de salazones, uno de frutos secos, otro de legumbres cocidas, uno de venta de conservas, un herbolario, y también una floristería, papelería, mercería y perfumería. Actualmente en el interior debe haber más o menos el mismo número de puestos y servicios, algunos puede haber cambiado como un nuevo zapatero remendón, pero poco más. El mercado interior es diario, de lunes a sábado y sólo por la mañana. En este los productos a la venta son del MercaPalma. El mercado exterior que es el que me gusta más, porque muchos puestos son de los mismos payeses que llevan sus productos cogidos el día anterior, algunos combinan los propios con otros del mencionado MercaPalma. El exterior  se hace en días alternos, los martes, jueves y sábado, que es mi día. En este y según los datos de 1994 había 198 paradas de verduras y frutas y 95 de ropa y derivados. También hay dos o tres de semillas y plantas para sembrar y uno de venta de animales vivos que ocupa uno de los laterales más estrechos y siempre está colapsado por el poco espacio y los chiquillos que miran los conejos, palomas, gallinas, canarios y demás animalitos. Como veis Pere Garau es todo un mundo.

Mi madre era de las que se resistía a comprar las verduras, las frutas, los huevos, la carne y el pescado en los supers, salvo alguna excepción puntual, e iba siempre a este mercado para abastecer nuestra casa de lo más fresco y bueno que encontraba. Yo de niña la he acompañado muchas veces y aprendía a distinguir esos detalles que diferencian una fruta de otra. Cuando era pequeña tuve unos cuantos gatitos, y las pescaderas del mercado me guardaban pescado que había sobrado y me lo vendían por unas monedillas simbólicas para que se lo diera a mis mininos. En el corral de casa se montaba un festín gatuno cuando me acercaba allí a la salida del cole y luego volvía con la compra envuelta en una gran hoja de papel.

Muchas veces de niña acompañé a mi madre allí, y luego de adolescente. Cuando me casé empezamos a ir las dos y luego ya iba yo por mi cuenta. He conocido unos cuantos puestos en los que lo llevaba una señora, luego vino a ayudarle su hijo y ahora son ellos, los hijos,  los que lo llevan. Algunos han crecido conmigo y nos conocemos de hace muchos, muchos, muchos años. Nos saludamos por el nombre y pedimos por nuestros padres o nuestros hijos. A  algunos los he visto con barriguita y luego me han enseñado las fotos del nieto o del hijo, he visto fotos de bodas, de nacimientos, he conocido historias de cómo se cultiva, como se hacen ciertos platos, de enfermedades, de las competiciones que hacen los niños, de viajes… he visto muchas historias la mayoría buenas y unas pocas más trágicas, y yo también he compartido las mías.

Siempre están allí, cuando hace sol bajo sus lonas y cuando llueve tienes que ir con cuidado con los golpes de viento que las levantan y hacen que el agua acumulada sobre ellas caiga de golpe dando algunos sustos y a veces algunos chapuzones. Los payeses intentan controlarlos tirando el agua cuando se acumula empujándola con los palos del puesto, pero siempre hay algunos sustos y el peligro del inesperado chapuzón.

Cuantas veces me han dicho “éstas no, mejor ésta”, cuantas veces me han guardado algo especial porque saben que yo suelo pasar de tarde y eso le gusta a los niños, cuantas veces les he encargado algo y se han acordado de mi petición.  Así que como veis, este es un sitio muy especial para mí, no sólo somos clientes y dependientes, somos amigos, conocidos de toda la vida, no somos gente, somos personas.

Los productos que se venden allí, frescos, frescos, locales, de temporada,  justifican de largo el hecho de mi desplazamiento semanal. El poder encontrar cosas que en otro sitio no están ni de lejos al mismo nivel es todo un lujo. Pero también sobre todo es seguir manteniendo esa tradición, esta amistad con los payeses que van a vender allí, con el de las naranjas, los de las verduras,  la de los huevos… sólo se sus nombres pero es como si fueran casi de casa, de la familia, de una familia muy especial que se llama mercado de Pere Garau.

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