El Libro Rojo de la Mudanza. Historia de una mudanza y una no mudanza por Bilbo Mochila

23 Jul

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Sí, sí, señor lector, usted, no se me haga el distraído. Ya se que estará pensando que para que se está quejando esta humilde familia de hobbits, pero verán vuestras mercedes, no todos los agujeros hobbits son tan bucólicos ni tan bonitos. Algunos llevan implícitos problemas y un agujero-hobbit con problemas implica quebraderos de cabeza, trabajo y caos a tutiplén, si ustedes me permiten el comentario.
El cuento de hoy empezó hace unos cuantos años, cuando la familia Mochila , unos primos míos lejanos por parte del suegro del yerno de mi abuelo, buscaba smial nuevo, o lo que ustedes entienden como una casa, ante la venida inminente de su segundo pequeño retoño, Tsunami.  Buscaron por las inmediaciones de la Comarca, pero no vieron nada que cumpliera las expectativas de lo que tendría que ser un confortable agujero hobbit. Buscaron en los extrarradios de la Comarca y encontraron un habitáculo chulo pero muy carote. Intentaron negociar tres veces con sus propietarios, unos hobbits que ahora vivían en Ciudad Capital y cuya hobbitona, la sra. Malas Hierbas Cornezuelo, resultó ser más rácana que la tía Lobelia Saco-Pilla Mochila, la famosa tía de las cucharillas de plata y el plagio del pudín de frambuesa. Pero no nos desviemos del tema, perdonen mis divagaciones. El marido de la sra. Malas Hierbas, el sr. Rododendro Silencioso,  sí que deseaba vender el agujerito para quitarse las hipotecas y los quebraderos de cabeza de encima, que para eso el sr. Rododendro era un hobbit de pro al que le gustaba la buena vida tranquila y las menguas preocupaciones. Así que el sr. Rododendro  estaba muy dispuesto a negociar un precio razonable para ambas familias. Pero la sra. Malas Hierbas era otra historia. Esta no pensaba perdonar ni un céntimo. Teniendo en cuenta que el haber comprado ese agujero y haber vivido allí un año les había permitido volver luego a Ciudad Capital con un trabajo consolidado y con beneficios era una cosa, pero otra muy distinta era que a la hora de venderlo la sra. Malas Hierbas se deshiciera de el sin poderle sacar un beneficio equivalente al 400% del que habían invertido inicialmente en su compra y equipamiento nórdico, que para algo era una Cornezuelo y a mucha honra. Así que la familia Mochila, ante la inminencia del nacimiento del pequeño hobbit se pusieron a mirar otras cositas. Valga el comentario de que a día de hoy se de buena tinta que aún no han vendido ese pequeño habitáculo y han tenido que bajar el precio muchísimo más de lo que la sra. Margarita Mochila pedía. También sabemos por muy buenas tintas, que la sra. Malas Hierbas está desesperada tirándose literalmente de los pelos por las astronómicas pérdidas económicas que implica seguir pagando al banco y los gastos de mantenimiento del pequeño smial, y castiga una y otra vez al sr. Rododendro culpándole de que no hubieran aceptado el favorable trato en su momento. Lo cierto es que sabemos por muy buenas tintas que se rumorea en la sección de chismorreos y cotorreos del colmado del barrio que en el fondo se lo tiene tan merecido como lo de la tía Lobelia, la de las cucharillas de plata, ustedes ya me entienden si me lo permiten.
Pasaron las semanas y unos cuantos fines de semana con comidas familiares y celebraciones y pastelitos incluidos y el pequeño Tsunami nació y se comieron más pastelitos y se hicieron más celebraciones. En eso que la familia Mochila encontró un agujerito en una zona bastante más alejada de su núcleo familiar de siempre. Como hemos dicho, el pequeño retoño había nacido y tenía apenas unas semanas, así que el tiempo apremiaba. Se realizaron las gestiones para su compra y se tomó posesión de lo que tenía que ser su reducto de paz y tranquilidad donde criar y ver crecer a sus hijitos.
Pero como en toda historia siempre ocurren algunas desgracias. Primero fueron unas goteras que venían de la terraza situada arriba las cuales motivaron un retraso de casi dos años en el traslado de vivienda. Dicho sea de paso aún no están arregladas a día de hoy. Posiblemente eso sea debido a que como en todo smial que se precie siempre tiene que haber un hobbit hostil y malhumorado que vive en el pasado y quiere hacer pasar a todos los demás hobbits por sus ideas. Así que se dedica a boicotear todas las reuniones de los cuatro años para que no se haga nada. Por si alguno no lo ha adivinado aún, nos referimos al sr. Guindilla Recalcitrante. Ya sabemos que en todas las familias siempre hay alguna manzana verde que no madura y no sirve para el primer desayuno, o bien alguna manzana madura que madura demasiado y que no sirven ni para las compotas del segundo desayuno. De igual forma algunos hobbits tienen en ocasiones alma de troll. Lo cual es  una lástima que sólo tenga el alma, porque al menos con los trolls se les expone al sol y se convierten en piedra como si fueran estatuas  que puedes aprovechar para ornamentar  el descansillo del rellano de la entrada. Pero esto cuando sólo es el alma, sólo sirven para entorpecer las cosas pero no para estatua decorativa. En este caso era una auténtica pena porque el sr. Guindilla vestido con una sabana a modo de toga y con su famosa cara agria de reunión de vecinos en pleno apogeo,  hubiera quedado muy resultón en un rinconcito del jardín. De las humedades eternas os hablaré otro día, ya que eso es otra historia y vuelvo a desviarme del tema principal, que hay que ver que despistado que estoy hoy si ustedes me entienden.
El problema de hoy nació el día en que la mamá de la familia Mochila, la sra. Margarita, hizo sus bolsos, saquitos, baúles y cajas y ella solita se chupó una mudanza que la dejó reventada y harta de empaquetar para toda la eternidad. Por la mañana dejaba a los pequeños hobbits en las escoletas. Luego iba a trabajar. Luego iba a la casa y se buscaba la vida consiguiendo cajas, embalando cosas. Ella personalmente, trasladaba las cajas más delicadas como la vajilla de la abuela Corneja, o la cajita de música de la tia Ciñatiesa o aquella estatuita tan chula que representaba una princesa elfa que le regaló su marido cuando aún eran novios. Pues bien, todas esas cajas eran subidas por ella solita los cuatro pisos de altura que tenía el smial recién adquirido (el agujero hobbit que habían comprado era un agujero hobbit de altos vuelos y sin tecnología punta) La pobre Margarita que había comido de algo frió sentada en los escalones que subían a su anterior casa, iba luego a buscar sus retoños y se marchaban de noche a una casita-smial de las afueras que tenía la familia paterna por parte de su padre y que los entroncaba con los Sotomonte de Abajo, muy cerca de Bree. Allí arreglaba la casita y hacia la cena, entretenía a los niños y esperaba a que su amado marido, el sr. Hojaescritahojaleida acabara con el duro trabajo de su dura jornada laboral y llegar a casa para la hora de la cena. La pobre hobbitona, madre amantísima de su familia subsistió así casi tres meses con el calor del verano y sin catar un sólo día de picnic playero para que su familia tuviera su propio smial coqueto y acogedor.
En ocasiones cuando rellenaba las casi treinta cajas de libros que embaló, es lo malo que tiene haberse casado con el posiblemente único hobbit erudito del barrio, pensaba en porqué su marido no había sucumbido antes o no se habían inventado hacia veinte años esos extraños libros que lees pasando las hojas con los dedos pero sin tocar hojas, llamados e-books. Con lo fácil que hubiera sido poner ese aparatito entre las colchas de ganchillo de mamá y los edredones de tía Pimpinela y los mantelitos de la otra tía Floriana y las recetas de cocina del su esposo el tío Floripondio Moldegalleta-Smith. Ese día cuando cerró la caja treinta mientras sostenía en alto un tallo de rábano que se había llevado para cortar el hambre a media tarde y con el que ahora se tapaba el sol de los ojos porque en el horizonte el sol empezaba a declinar. Entonces en ese preciso momento oyó como de la taberna de enfrente sonaba una melodía de gaitas y violines que la inspiraron a declarar solemnemente: “Por la hierba de pipa de la cuaderna del sur pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar por una mudanza, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, para que otro haga las cajas, ¡Por los pastelitos hobbits y el queso de reserva pongo por testigo que jamás volveré a pasar por una mudanza!”. Cuentan que ese momento fue tan emotivo que años después fue usado para un libro, como esos que la sra. Margarita acababa de meter en las cajas.
La sra. Margarita no sólo se encargó del embalaje, sino que también buscó un posterior transportista y tiene que reconocer que tras realizar varias entrevistas y unas cuantas horneadas de pastelitos después, se decidió por el sr. Portas, un hombre regordete y de poco pelo, con gafas, que era la tercera generación de transportistas y que para sorpresa y alegría de la sra. Margarita, consiguió que esa mudanza se convirtiera en algo dinámico, alegre y divertido, incluso tenemos que confesar que la sra. Margarita se lo pasó pipa y se rió mucho ese día. Los ayudantes del sr. Portas, una panda de fornidos y tatuados hobbits que abultaban más que los armarios del dormitorio que estaban desmontando y que también comían más que una panda de trece enanos venidos sin invitación, realizaron para deleite visual y organizativo de la sra. Margarita un excelente trabajo en menos de un día.
La vida de la familia Mochila fue los siguiente dos años más o menos tranquila, o al menos todo lo tranquila que se puede ser cuando tienes de vecino al sr. Guindilla Recalcitrante. Hasta que un día unos montoncitos de polvo empezaron a aparecer persistentemente en dos lugares concretos de la sala. Era quitar ese montoncito y al día siguiente, como si fuera un pastelito bien levado, el montoncito volvía a levantarse en el mismo lugar en su formato desafiante. Así que la sra. Margarita y el sr. Hojaescritahojaleida consultaron con un hábil montaraz que antaño fue artesano carpintero y actualmente es chapuzar para todo el sr. Pino. El sr. Pino levantó parte del suelo de madera maciza de su hermoso hogar hobbit y debajo del suelo aparecieron unos gusanitos blancos que si bien no habían ayudado a abonar el precio de la vivienda, estaban viviendo en ella y que si estaban antes, no habían sido incluidos en el contrato de compra venta, porque eso seguro que no se le hubiera pasado a la sra. Margarita. Así que ahora nuestra querida pareja de hobbits ha vuelto a pedir poder hacer de ocupas en las posesiones familiares de la casita-smial de las afueras que tenía la familia paterna por parte de su padre y que los entroncaba con los Sotomonte de Abajo, muy cerca de Bree. Mientras están acondicionándola, van desmontando y empaquetando todas sus pertenencias, distribuyendo como buenamente pueden las cajas por las pocas habitaciones que no se ven afectadas por la supresión del suelo de madera para volver a construir sobre él otro suelo de madera postiza, eso sí más barata, que pilla menos bichos y más dentro de las posibilidades económicas que una familia de decentes hobbits honrados puede permitirse hoy en día. La sra. Margarita, haciendo honor a su juramento, ha conseguido que esta vez las tropecientas cajas de libros sean empaquetadas por su amantísimo marido el sr. Hojaescritahojaleida, quien después de la experiencia está empezando a valorar lo cómodo, fácil y práctico que hubiera sido colar un solo e-book entre los edredones de la tía Pimpinela y las recetas de cocina del tío Floripondio.

Nota del narrador: Supongo que este fin de semana todas las cajas tendrás que estar preparadas, la casa de Bree preparada para habitarla y espero que antes de que Tsunami y Terremoto empiecen el curso escolar esta aventura de mudanza sin mudanza haya acabado, todos hayamos sobrevivido (menos los gusanos blancos) y estemos aún mentalmente cuerdos. Supongo que habréis observado que llevamos unos días algo flojos en el blog, como veis el motivo no es el periodo vacacional, ni el sol, ni la montaña, ni el picnic playero, ya quisiéramos ya. De hecho ni tan siquiera estamos de vacaciones. Así que si estas semanas publicamos poco aquí, no es que no os queramos, ni que se nos hayan agotado los temas, que escritos tengo alguno pero lo que nos falta es tiempo y fuerzas para ponerlo. También pido disculpas a los blogs que suelo seguir, tengo el tiempo justo de poder leer y estar más o menos al día pero casi no puedo publicar comentarios. Espero que para dentro de relativamente poco nuestra situación familiar sea menos caótica y volvamos a disponer de nuestro humilde smial o agujero hobbit  de altos vuelos y sin tecnología punta, eso sí, esta vez sin parquet macizo, aunque supongo que el flotante también será calentito y lo queremos igual. Nos iremos escribiendo y feliz verano a todos los que lo podáis disfrutar sin tener que embalar y desembalar cajas.

Nota de la sr. Margarita: Todos los nombres que aparecen en este relato son ficticios. Para los legos en la materia, las mujeres hobbit suelen llevar siempre nombres de flores. Confieso que el resto de nombres es más clásico de una novela de Terry Prattchet que no de Tolkien. El único nombre no ficticio es el de la empresa de mudanzas, hago este comentario porque encontrar una buena empresa de mudanzas en Mallorca y bien referenciada puede ser de agradecer por algún lector, así que por una vez hago publicidad de alguien que nos sirvió bien, nos hizo reír y se portaron como unos auténticos caballeros.

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3 comentarios to “El Libro Rojo de la Mudanza. Historia de una mudanza y una no mudanza por Bilbo Mochila”

  1. MisMellis 24 de julio de 2013 a 12:02 pm #

    PUes poco puedo yo opinar sobre el mundo mudanza… con 18 años me fuí a estudiar fuera, pero lo suficientemente cerca como para ir y venir los fines de semana y traer y llevar lo que necesitaba o lo que me sobraba, además con la suerte de que mi entonces novio me hacía de chofer.
    Cuando nos fuimos a vivir juntos pasó un poco lo mismo, recuerdo venir los domingos de ciudad de donde somos cargados de cosas metidas en un Seat Ibiza… jijiji (caben más cosas de las que uno piensa), pero nunca me tocó empaquetar ni meter nada en cajas.
    Con la profesión de mi marido nos hemos expuesto siempre a cambios continuos de ciudad, pero la realidad es que eso nunca ha ocurrido y cruzo los dedos para que no ocurra… un besote

    • Laura 24 de julio de 2013 a 5:27 pm #

      Yo cuando me casé fue una cosa así. Me llevaron los muebles a casa de las tiendas y nosotros llevamos cuatro cosas de casa, que al principio los muebles estaban de un vacio que daba pena, que entonces no existía el estilo minimalista. Luego entre que nos traiamos cosas de casa de nuestros padres, que ambos estában a dos calles al lado de nuestra casa, y lo que compramos o nos regalaron….. dieron lugar a demasiadas cajas.
      He tenido que hacer cajas cuando se fue mi ex, que se hacía el tonto y no embalaba nada y tuve que hacerselo yo, luego con la gran mudanza a la casa actual y ahora con lo del parquet. Para la próxima mudanza me compro muebles y empiezo de cero, que es más caro pero menos cansado, palabrita.
      Te dejo que sigo metiendo juguetes de los peques en la bañera. Un beso.

  2. Netzi 28 de agosto de 2013 a 11:57 am #

    Guapa cómo van las obras? EStáis ya de vuelta en casita? ains espero que sí!

    Yo odio las mudanzas, llevo unas cuantas y al final me acabo dejando media vida de donde me voy y comprando de nuevo porque me da muchísima pereza, aunque luego extraño las cosas que dejé…

    Un besazo grande a todos guapa!

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