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Como enseñamos a comer a nuestros niños

14 Mar

El martes fue un día muy movido en el trabajo, se tenían que presentar unos papeles y se habían pedido con muy poco tiempo, así que lo que normalmente dedico tres o cuatro  días, además de mis labores habituales de público, en poder tenerlo hecho, tuve que hacerlo en día y medio. El lunes me quedé hasta que acabé toda una serie de cálculos, el martes hasta que hube redactado y calculado toda otra serie de datos. El martes, es el día en que también curro por la tarde, así que al final salí del trabajo a las 15’40 para volver a entrar a las 16 h. Como podéis suponer, con ese margen una no podía ir a comer nada. Por la mañana no había salido a merendar, y cuando ya eran las 12’30 mi jefe me dijo que saliera. Aproveche, porque ya me veía que al mediodía el tiempo no me iba a dar para nada, para acercarme a un local de comida rápida… vamos, lo diré más claro, a un Burger King y llevarme un menú al trabajo. Ante mi sorpresa había una cierta cola para pedir, así que me puse en la cola y esperé.

Justo al lado de donde yo estaba había una madre con su hijo. Supongo que debía ser su madre y lo que comento ahora no es por ningún motivo racial ni nada, simplemente es que así eran. Ella era afro americana, pero no de las de América del norte, sino de algún lugar de la América latina. El niño me despistó un poco, imagino que el padre debía ser americano pero de los de verdad, porque tenía unos rasgos faciales muy mezclados entre indígena y mulato con una tez bastante blanca en comparación a la madre, por eso digo que supongo que debía ser la madre, salvo que fuera el hijo de algún conocido. Disculpadme todos los americanos, pero yo no tengo tan a mano todos los cruces raciales que existen por esas latitudes. El niño debía tener unos seis años, más o menos. Encima de la mesa tenían la bandeja con unos cuantos papeles de esos en los que te viene la hamburguesa envuelta, dos cajas de las de patatas y varios montones de patatas esparcidos por encima.

Al principio no les di más importancia que la que les hubiera dado a cualquier otra mesa y estaba más atenta intentando leer que ingredientes tenía cada hamburguesa y como se llamaban para pedir. Lo sé, se me nota que no voy mucho por estos sitios, así que antes de parecer una palurda inculta me gusta localizar que pienso llevarme.

El niño me llamó la atención cuando al estar mis neuronas concentradas en la elección de la burguer no se qué o la burguer no se que cuantos, oigo un claro ruido para cualquier madre que me alertó, el de un niño unos segundos antes de sacar un vómito. Como yo estaba pegada a la mesa me fui instintivamente hacia un lado y me giré para ver que pasaba. No era cuestión que el tal Murphy me regalara un manchón sobre toda la ropa y yo con ese día y saliendo a las ocho de la noche y sin poder ir a cambiarme a casa.

El niño realmente estaba a punto de sacar lo comido. Enseguida pensé en la pasada de virus que hay ahora por estos lares y que da estos efectos, así que observé un poco más pensando, “hay cielos, ya me veo con la suerte que tengo, a todos los de la casa infectados dentro de unos días”, soy así de neurótica. Pero no, el niño no tenía virus. El niño tenía empacho. No se si alguna vez habéis hecho la animalada de pegaros una comilona de esas a lo bestia que ya no os entra nada más en el estómago y os sentís agotados, con cara de asco ante la comida y con ganas de sacarlo todo… algo así como unas comidas de Navidad pero reconcentradas y comprimidas en una toma. Pues esa era la pinta que tenía el pobre nene. Entonces me fije más y tengo que decir que el niño no estaba especialmente ni obeso ni con sobrepeso. Era un niño normal, de los que no son para nada delgaduchos pero normalito sin ser estilizado. El peque levanta la cabeza que tenía apoyada en la mesa porque no se aguantaba y se tira para atrás. Entonces se levanta el jersey y empieza a masajearse la pancha. Se estira y sigue masajeándose. Me dio bastante pena porque pensé que lo debía estar pasando mal. Luego vuelve a apoyar la barbilla sobre la mesa y se queda mirando los restos que había sobre la mesa. Extiende la mano y coge unas cuantas patatas y se las come. Sigue comiendo y vuelve ha hacer un ruido parecido al primero que me alertó.

Mientras todo eso pasaba la señora, supongo que madre, que estaba delante, no le había prestado ninguna atención. Estaba escribiendo mensajitos en el móvil. En ese momento la señora levanta la vista del móvil y le dice que no tome más patatas que después de “las” hamburguesas y las patatas mejor lo dejara ya .

Veamos. Un infante de unos seis años se zampa el sólo dos menús de hamburguesas con patatas de adultos, que esos no eran de los de juguetito, y la madre se queda tan tranquila. A estas alturas yo estaba empezando a flipar en colorines y entender mejor algunas cosas que en ocasiones oigo por la radio en relación a la alimentación de los niños y tal sobre todo en ciertos países como México y demás. Que conste que no estoy diciendo que fueran de allí.

Para mi asombro, la madre siguió dándole a las teclitas del móvil y el niño volvió con sus masajes de estómago y siguió ingiriendo las patatas que quedaban en la bandeja hasta que hubo dado buena cuenta de todas ellas. Eso sí, con una cara de cólico que no podía aguantarse el pobre.

Un ratito después, porque lo que aquí os he contado con tantas palabras ocurrió en relativamente poco tiempo. Se pusieron detrás de mí otras personas haciendo la cola. No me giré pero oí la conversación. Era otra madre con la hija que luego pude ver que llevaba en una silla de niños, no en un cochecito. Debía ser una nena de unos tres añitos o por allí andaría. La madre le pide a la niña que quiere para comer y la niña sin pensárselo dos veces le suelta un efusivo y entusiasta “manzanaaa”. La mamá le dice que sí, que de postre tendrá la opción de manzana, pero que tienen que pedir algo antes, así que le plantea si quiere carne con pan (hamburguesa) o pollito rebozado (nuggets). La niña vuelve a soltar un efusivo “manzanaaaa”.

A esos momentos de la conversación sobre lo que comerían, la cola se adelantó y fue mi turno de pedir. Hice el encargo para llevar, pago y me pongo al lado en un hueco que había a esperar que me llamaran. Entonces fue cuando vi a la madre con la niña forofa de las manzanas. La escena fue divertida. Se acercan a la caja y la madre dice que un menú diverking. La dependienta pregunta que qué será. La niña se pone de pie sobre el reposapiés de la silla y lanza un grito entusiasta de “MANZAAAANAAAAA” .A mí la pequeñaja esa me arrancó una sonrisa. La madre pidió unos nuggets, una ensalada, un agua y la manzana de la niña.

Me llamó poderosamente la atención de los dos casos uno al lado del otro. El niño haciendo esfuerzos por engullir hasta la última patata, atiborrado de comida y con la madre cuya única preocupación era atender al móvil más que al hijo que estaba a punto de vomitarlo todo, y la pequeña fans nomber uan incondicional de las manzanas. Una había elegido presuntamente por lo que comentó dos hamburguesas con patatas y la otra le ponía ensaladita y manzana.

No soy ni mucho menos una defensora de los locales de comida rápida. Nadie obliga a la gente a entrar en ellos y es cierto que algunas veces de tanto en tanto cogemos algo o vamos a comer allí con los nenes, pero algo muy a cuenta gotas, vamos que no es ni siquiera una costumbre semanal ni mensual. Se comenta mucho del tipo de vida y de la comida que tomamos. En ocasiones pienso que ante una opción tipo entrar en ellos, hay varias formas de consumir y el como enseñemos ha hacerlo a nuestros hijos y la frecuencia con que les “premiemos” a ir, será muy importante a la hora de establecer los hábitos alimentarios y los futuros problemas de salud de nuestros peques. Precisamente después de esto, ayer oía por la radio en el coche, que la diabetes se está convirtiendo en una verdadera epidemia y de cada vez hay más niños que la padecen, además de los que deben pincharse con insulina. Desgraciadamente España tiene el nefasto honor en ser el número uno en los países con niños con más problemas de obesidad dentro de la unión europea, como comentaron, ya podríamos ser el número uno en otras cosas y no eso. Es triste que los padres hayamos llegado a unos niveles tales en los que la alimentación de nuestros hijos mientras y cuando nos dejan tranquilos nos importe absolutamente un carajo.

Quien os está diciendo esto es una madre que actualmente tengo sobrepeso, pero no porque me atiborre todos los días de bollería industrial y porquería, sino porque el metabolismo de mi cuerpo, la edad, un embarazo tardío y la falta de tiempo para ponerme en forma no juegan a mi favor. En casa las verduras y las frutas están siempre en nuestra dieta. También es cierto que Terremoto tiene sobrepeso, porque hace años que toma un medicamento cuyo efecto segundario es un exceso de apetito. Ahora este verano tenemos que hacerle unas pruebas y la neuropediatra quiere intentar quitárselo para que no le pudiera llegar a afectar a la salud. Así y todo se lo controlamos bastante, salvo cuando está una larga temporada con su padre. Mi ex en el tema cocina es un desastre el pobre y cada vez que pasa unas vacaciones con él me viene con varios kilos de más que luego cuesta mucho restablecer y por desgracia la crecida de este verano fue tremenda, me devolvió al peque con diez kilos de más que aún estamos en proceso de eliminación.

No es cuestión de obsesionar a los niños con ponerlos a dieta. La comida es un placer y una necesidad, pero no un tormento o una maldición. Hemos de enseñar a nuestros hijos a que su dieta debe ser variada, a que de tanto en tanto uno puede tomarse algún capricho pero no de forma habitual. Que cuando no se tiene hambre no hay que seguir atiborrándose hasta reventar. Que la comida hay que tomarla despacio y masticar bien y beber agua. Que se tienen que hacer unas comidas al día y que luego no hay que picar cada vez que a uno le plazca y lo que le plazca. Que además se tiene que hacer algo de ejercicio y no pasarse todo el día en el sofá, buscar un día para ir a pasear o de excursión es una buena opción y barata. Los hábitos alimenticios son importantísimos y parece que no nos demos cuenta de ello. Hay familias que juegan con dinamita, y no se han parado a pensar en que calidad de vida van a tener sus hijos cuando esta dinamita les estalle. Es una pena pero es así. En nuestras manos está el intentar arreglarlo y aún estamos a tiempo. Por favor, pensad un poco en ello, al fin y al cabo con la salud no se juega y con los niños mejor en el parque.

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