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El niño ante la muerte, ¿como se lo explicamos?

18 Mar

Cuando nacemos, sólo tenemos una cosa segura, y es que algún día debemos morir. Todo lo demás, es una sorpresa. No sabemos si la vida nos va a deparar unos estudios u otros; o una pareja o no; o una familia o no; o si viajaremos o permaneceremos sedentarios en un lugar. La vida es un misterio y no obstante estamos mucho más preparados para afrontar ese misterio que no para afrontar el único hecho del que todos estamos seguros que tarde o temprano deberemos pasar un día u otro.

No quiero entrar ahora en las peculiaridades de cada creencia o religión. Para unos la muerte es un transito a un estado mejor. Para otros es el tránsito a otra vida tras un largo periodo de reencarnaciones. Para otro grupo es sencillamente el final de una existencia y no hay más. Cada uno tiene sus motivos para pensar una cosa u otra y todos tienen sus valores y su respeto.

Si deseo comentar que hoy en día, al menos dentro de la llamada sociedad occidental, la muerte ha perdido mucho de ese carácter cotidiano que antes tenía. Hace sólo unas pocas generaciones, los campos de la medicina y la calidad de vida de la mayoría de familias no tenía nada que ver con las de hoy en día. Recuerdo que durante una temporada estuve trabajando en el archivo diocesano con los fondos parroquiales. Los libros de defunción daban cifras que hoy consideramos contra natura. Antiguamente al nacer un niño su esperanza de vida se reducía a los primero cinco años, luego la ampliabas a los diez, al llegar a cierta edad empezabas a pensar que ya entraría en la vida adulta y podría formar un núcleo familiar. Los libros de óbitos de párvulos (libros sólo para niños) estaban bien nutridos de fechas que te hacían llorar. También la sociedad era distinta a la de hoy. La familias vivían más unidas, con una cercanía física mayor, los mayores estaban muy involucrados en los roles familiares, eran una parte activa de la familia. También era más habitual el contacto con animales, incluso en los núcleos urbanos todas las casas tenían un corral con algún árbol frutal o pequeño huerto y solían tener el gallinero o el palomar o las jaulas de los conejos. Sólo el sacrificio de estos animales hacía por ejemplo que se tuviera una relación más directa con la muerte que no hoy que la comida se compra en una tienda o super y te la venden por piezas y limpia, vamos, que unos contra muslos no te recuerdan para nada a un pollito vivito y coleante. Los niños veían el hecho de la muerte como algo más cercano, más cotidiano, algo que pasaba.

Hoy en día parte de esa cotidianidad ha desaparecido, se habla y se ven escenas en la televisión, pero no se toca tanto en la cercanía, es como algo que pasa allá lejos o dentro de esa pantalla. Ha pasado de ser un tema cotidiano a ser un tema tabú por el miedo que en ocasiones tenemos los padres a hablar de ello, a afrontarlo o a contestar preguntas. De hecho, hasta que no nos veamos en la triste circunstancia de tener que comunicar una defunción no solemos sacar nosotros el tema ante ningún niño.

Cuando Terremoto tenía diez años y medio y Tsunami apenas dos meses y medio, murió mi madre. Llevaba unos años con Alzheimer, pero estaba bien dentro del deterioro de la enfermedad. Un día de repente empezó a tener problemas intestinales. En dos meses tuvo varios ingresos hospitalarios, salía y a los dos días volvía a ingresar. Su salud se deterioró a pasos de gigante y finalmente nos informaron que se encontraba en estado terminal y no había forma de recuperarla. A los quince días falleció.

Un viernes a las 4 de la madrugada Tsunami se puso muy nervioso y empezó a lloriquear, enseguida se calló y volvió a dormirse. Al cabo de diez minutos me llamaron por teléfono y me dijeron que acababa de morir justo a las cuatro.

Era algo para lo que ya me había preparado. Recuerdo que pese a todo la noche del jueves al viernes me puse a llorar pensando en que lo inevitable vendría pronto. Terremoto me había pedido esa noche para ir a ver a los abuelos y yo le tuve que explicar que la abuelita estaba muy enfermita y seguramente se moriría. Unas horas antes esa mañana la había visto, estaba con la vista perdida al techo y la boca abierta que no la cerraba, el médico nos había dicho que del fin de semana no pasaría. Por otra parte, cuando uno tiene un familiar con una enfermedad degenerativa de este tipo, suele hacer un duelo en vida que hace que su fallecimiento se lleve de una forma diferente, más preparada. Incluso aunque os pueda parecer aberrante lo que diré, pero opino que en estos casos cuando esa persona hace años que ha perdido la cabeza y ya ni sabe quien eres ni casi se comunica contigo, que ya no es realmente la persona que conocías y sólo ves cada día un sufrimiento tras otro por sus achaques, casi te sientes aliviado cuando ocurre porque piensas que al menos todos, tanto ella como vosotros habéis dejado de sufrir.

Pues bien, cuando murió mi madre, la mamá de mi pareja, la abu, estaba con nosotros porque durante esos quince días de fase terminal y tuve que tener un ingreso en clínica por un problema que al final sólo fue un susto. Ya sabéis, los problemas nunca vienen solos y no tenía a nadie a quien dejar a los niños y mi pareja tenía que ir a trabajar. La abu en un par de horas se plantó en Palma y estuvo con los peques mientras yo estuve ingresada. Luego cuando salí y ella vio el panorama que teníamos, decidió quedarse unos días más con nosotros.

La mañana del viernes yo estaba con mi padre arreglando aún las cosas, organizando el funeral y el velatorio de la tarde y avisando a los familiares y amigos más allegados. El abu fue quien se lo dijo a Terremoto, le dijo que la abuela se había muerto y que se había convertido en una estrella. Terremoto muy serio le respondió “anda ya, las estrellas son otras cosas son bolas de gas incandescentes, no digas tonterías”. Mi niño siempre tan lógico y cerebral, los temas de religión le vienen grandes. Las personas con problemas del espectro autista les suele pasar muy a menudo esto, son muy cerebrales y todo lo que implica un acto de fe se les escapa y no logran entenderlo.

Mi ex fue a hacerse cargo de Terremoto y se lo llevó a su casa. Por la tarde había el velatorio, yo en un principio no quería que Terremoto viera a la abuela así, prefería que la recordara como estaba antes y no en un ataúd. Cuando murió había quedado muy descompuesta y apenas se la reconocía, pero los del tanatorio hacen un trabajo magnífico y al verla estaba igual que antes de enfermar. Mi madre siempre fue una mujer hermosísima, incluso a los ochenta años llamaba poderosamente la atención su belleza, con una piel envidiable apenas sin arrugas. Así era como la habían dejado, parecía verdaderamente que durmiera.

Mi ex me llamó y me comentó que Terremoto quería verla. Estuve hablando un buen rato con él porque sinceramente no me esperaba que la presentaran así de bien y tenía mis dudas si Terremoto debía venir o no. Cuando yo era pequeña una de mis abuelas murió cuando yo acababa de cumplir los dos años y curiosamente recuerdo el día de su muerte, recuerdo a mi madre saliendo de una habitación llorando y un señor que no conocía salía con ella. Los mayores me intentaron alejar de allí y recuerdo que me asomé a la habitación antes de que cerraran la puerta y allí dentro, sobre una gran cama había un cuerpo cubierto completamente con una sábana. Esto ocurrió apenas una semana después de yo cumplir los dos años y aún lo recuerdo, muy borroso pero lo recuerdo. De mis otros tres abuelos, del siguiente en fallecer, mis padres me escondieron su enfermedad y su muerte y me enteré unas semanas después de haberlo enterrado. Eso me marcó mucho, era mi abuelo preferido, al que más he querido de todos y no asimilé bien que me escondieran esa información y siempre me he sentido mal al no haberme podido despedir nunca de él. De mis otros dos abuelos sí que estuve presente en el velatorio y en el funeral y lo he llevado mejor, al menos no me siento como si algo me faltara y no hubiera acabado de cerrar esa relación.  Así que no tenía muy claro si Terremoto debía venir o no. Finalmente decidimos que llamaría a su madrina, que es médico y le consultaríamos que opinaba ella, pero no hubo forma de localizarla. Al final conseguí hablar con una de las psicólogas que lo habían llevado durante años y me recomendó que mejor no viniera, que temía que le pudiera impresionar y luego desarrollara miedos. Finalmente Terremoto no vino ni al velatorio ni al entierro y tampoco quiso ir por decisión propia al funeral porque todo eso de la iglesia lo encuentra ilógico y una tontería. Cuando llegamos el sábado por la mañana del entierro, la madrina me llamó y le conté todo lo que nos había pasado y porque le había llamado. Entonces para mi sorpresa ella me dijo que no tendría que haber hecho eso. Me comentó que los pediatras siempre recomiendan que si el niño lo pide se debe respetar su deseo y dejar que se despidieran. Por desgracia ya no estábamos a tiempo para ello.

En los días sucesivos Terremoto estuvo muy raro, pedía constantemente por su abuela, la intentaba imitar, nos pedía si él también se moriría para poder estar con ella. Se empezó a obsesionar con el tema. Me pedía donde estaba ahora la abuela y yo le decía que eso no estaba comprobado científicamente y que la religión dice que se encuentra en un lugar mejor. Me pedía si el cielo es ese que tenemos sobre nuestras cabezas y yo le respondía que aunque se llamaran igual no se refería a este. Terremoto se obsesionó tanto que un día me lo encontré con que a una botellita pequeña de cristal azul le había pegado un trozo de papel con lo que se suponía era un rostro como el de la abuela y la paseaba por la casa. Tuve que dejar que la tuviera y cuando bajó la guardia lo escondí. Más tarde la tiré. Aquello me parecía perverso.

También me pidió que ocurría con el cuerpo de la abuela y le dije que se convertiría en un esqueleto como el que le habían enseñado en el cole. Entonces al hablar de su abuela solía añadir la coletilla de “ahora que sólo son huesos” o “ahora que es un esqueleto”. A los pocos días me dijo que quería despedirse de ella y si sabía cómo hacerlo. Entonces nos fuimos a comprar un ramo de flores y lo llevé al cementerio, nos pusimos delante de la tumba y le dije que allí dentro estaba la abuela, al menos el cuerpo de la abuela, su alma desconocía donde estaba ahora.

Terremoto se lo miró un rato y luego empezó a hablarle y le contó que no había podido ir al velatorio a verla y que ahora iba para decirle adiós y le había traído unas flores para ella. Pusimos las flores sobre la tumba y nos fuimos. A partir de ese día Terremoto lo llevó un poco mejor, solía hablar aún de su abuela pero de forma más moderada, normal, no tan obsesiva y dejó de hacer objetos que la simbolizaran. Alguna vez me ha dicho que quería volver a ir a verla y hemos ido enseguida al cementerio, entonces él la saluda le dice que estamos bien y que su hermano está ya muy crecido, se despide de ella y nos vamos. Sé que él no cree en la religión, pero nunca me he atrevido a pedirle donde cree que está el alma de su abuela.

Al mes siguiente empezó el colegio y hable de ello con la profesora y los psicólogos de su cole. Me comentaron que ellos también opinaban lo que me había comentado mi amiga la doctora, que si lo piden deben poder despedirse. También me dijeron que había hecho bien en no decirle que la abuela estaba en el cielo. Me comentaron el caso de varios niños del cole que después del fallecimiento de un abuelo estaban aterrados mirando al cielo con el miedo de que en cualquier momento se les cayera el abuelo de nuevo. Tampoco era aconsejable decirles que se había dormido para siempre porque también algunos luego tenían miedo de dormirse y morir y eso les había producido problemas de vigilia.

Llegué a la conclusión de que lo había hecho mal, como hicieron conmigo con mi abuelo ocultándomelo. Yo no quise ocultárselo pero sí le oculté el cuerpo, le privé de la posibilidad de despedirse en un primer momento. Creía que así le protegería y lo único que hice fue complicarle el poder sacar sus sentimientos. También comprendí la importancia de contestar a todas sus preguntas, sin fantasear, sin crearle expectativas e intentando que no se obsesionara con la muerte y con la posibilidad de su propia muerte de forma inmediata. Muchas veces creemos que los niños no entienden las cosas como nosotros y estamos muy equivocados, entienden y sienten igual que nosotros y así como nosotros debemos hacen un duelo, ellos también deben poder realizar el suyo, con calma, respeto y tiempo.

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