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Tsunami, el pequeño frikie

13 Nov

Realmente tendríamos que habernos dado cuenta antes, porque el peque dio formas desde pequeño. Su primera frikitada fue a los dos días de existencia. Estaba dándome una ducha en la clínica cuando oigo a su padre que leía en voz alta en una lengua rara, entendí algo de valkirias y no sé qué más. Papá Tsunami le estaba leyendo la leyenda de Sigurd y Gudrún en lengua inglesa. Les hice una foto y nuestra sorpresa fue cuando observamos que el peque salió con una manita cerrada y dos deditos estirados en forma de V mientras escuchaba atentamente a papá. La siguiente pista como os conté una vez fue su primera palabra “Sauron” mientras estaba en la hamaquita y por la tele ponían la primera peli de “El Señor de los anillos”, eso fue en diciembre del 2009…

…Primavera del 2013, lo que más hemos hecho han sido sobre todo paseos. Ya sabéis la afición que tenemos por ellos en casa. Pero también hemos descubierto una cosa nueva: la faceta frikie de Tsunami. En esas fechas Tsunami ha conocido la afición por Tolkien que sienten papá y mamá. Cada noche su papá le ha estado leyendo el libro de El Hobbit, en versión cómic para niños. En verano le tocó el turno a las aventuras del perrito Roverandom. Actualmente y desde finales de verano, el libro del Hobbit versión libro normal, sin dibujitos ni nada.

Tsunami ha descubierto el mundo de los enanos, de los hobbits que viven en el suelo en agujeros limpios y que tienen pelo en los pies. Ha descubierto el peligro de un gran dragón llamado Smaug y se pasea con el ex-libro de papá, actual libros de Tsunami y le cuenta a todo el mundo de que va la historia. Se ha emocionado tanto que le pusimos la peli de dibujos animados de El Hobbit. Sí, para los que no lo sepáis existe una peli de dibujos del año catapúm-chim-pum, con una banda sonora buenísima. Pero es que el otro día papá le puso el trailer de la segunda parte de la de Peter Jackson, y Tsunami se emocionó. “¡Mamá, mamá! ¡Mira, Smaug!” me gritaba dando saltos en la silla del ordenata.

Si le preguntas aún no lo tiene muy claro, porque él no es más que un niño, pero creo que nuestro Tsunami le tiran mucho los enanos, aunque quien sabe, esperaremos a que él decida.

Cuando acabaron con el comic de El Hobbit, su padre le había cogido para leer el libro de El herrero de Wootton Mayor, pero personalmente, para un niño de cuatro años acabados de cumplir, me da que primero era más recomendable leer algo así tipo El señor Bliss o Roverandom. Papá Tsunami tuvo que reconocer que sí, que posiblemente era más recomendable seguir con las aventuras de este travieso perrito y dejaríamos temas algo más profundos para el año que viene. Ante nuestra sorpresa no desdeñó a Roverandom, pero no se emocionó tanto, será que el protagonista era sólo un simple perrito y después de dragones y trasgos no proporcionaba una emoción al nivel deseado. Cuando le presentamos nuevamente el Hobbit en versión formato para mayores ha vuelto el brillo a sus ojitos y esa carita de biennnn que se te cae la baba.

Tsunami hablaba en ocasiones de Rover, pero no tanto como nos hablaba de los hobbits, los trasgos, los trolls y las letras lunares de su mapa. Sí, de su mapa, porque el niño pedía un mapa, así que papá imprimió de internet uno como el que acompaña el libro. Lo tiene pegado en su cuarto, sobre la cabecera de la cama, of curse. En ocasiones lo descuelga y te lo lleva para discutir el plan de ataque o la ruta o simplemente charlar sobre la forma en la que se descifran y leen las runas lunares, de las cuales ya se considera un experto del mundo mundial.

Tsunami se pilló su espada de juguete y con todo el orgullo del mundo se nos presenta el otro día con ella, la desenvaina y nos suelta “esta es Glamdring, martillo de enemigooosss” y se quedó tan contento que a partir de ese momento su espada ya tiene nombre, faltaría plus.

Tsunami se ha aficionado también a otra faceta frikie, sobre todo de papá, y es la de los juegos de mesa. En un abrir y cerrar de ojos, después de haber visto a su padre con un juego de mesa llamado “La finca” relativa a la explotación agraria de las fincas de Mallorca, dejó de considerar los puzles como únicos juegos de mesa. En los días más sosos o lluviosos, se han dedicado a ir jugando a “Los colonos de Catán”; uno de conquista de romanos que fue muy complicado y no acabó de cuajar del todo; uno muy divertido con el que hacen pizzas llamado “mamma mia”; otro de pingüinos. También se ha iniciado en el juego del parchís y la oca, pero lo más alucinante del todo ha sido su interés durante una temporadita por el ajedrez. En este último caso el culpable ha sido el papá de Terremoto y Terremoto.

No sé muy bien porque cuando Terremoto y su papá llegaron del cole, le dio la vena a Terremoto de entrarme en la sala unas sillas y una mesita del balcón, puso allí unos vasos de leche fresca chocolateada y unos sándwiches y montó una especie de improvisada merendola. Cuando esta merendola finalizó, sacó un juego pequeñito de ajedrez magnético que hace años le regaló su madrina y retó a su padre a una partida. No es que precisamente Terremoto sepa jugar al ajedrez, pero bueno, su padre que al menos sabe cómo se mueven las fichas y sabe algunas jugadas, le iba enseñando como se hacía. Entonces fue cuando Tsunami quiso apuntarse al juego por tres motivos: era un juego, se hacía en una mesa y porque lo decía él.

Sí, todo esto fue lo que ocurrió entre primavera y verano. Ahora, en el cole, lo han pervertido con las cartas de Pokemon. Unos nenes de seis años le han regalado muchas y se monta sus reglas imaginarias y nos tiene en casa loquitos con los rocolas o rocanrolas o vaya usted a saber cómo se pronuncian, que aquí una servidora sólo llega a Pikachu. Así que entre los originales y los evolucionados y los que han evolucionado dos veces (de esos sólo tiene una carta y como era de esperar es una chica; o es casualidad o el resto de los pokemons no evolucionan tanto como las chicas). Pues eso que ya me tiene haciendo una partida en la que él se monta sus historias. Me da las cartas más chungas y él se queda con la más chulas, las super fuertes, las evolucionadas y las que pueden matar a todos los pokemons. A mí me deja una que tiene un rayo pero no sirve para matar pokemons y las que no están evolucionadas o viven  en una cueva que no sé qué significa eso. Y claro, así es natural que esta madre acabe siempre con todos sus pokemons en el campo santo mientras el churumbel festeja su victoria carteril y una desearía convertirse en una tercera evolución de pokemon mamá superpoderosa y superdotada de energía. Ayer traje a casa un tubo nuevo de pasta de dientes y para que le cayera en gracia le dije que el monigote dibujado era un pokemon. Tsunami me informó que eso era un monstruo y mientras se llevaba a su padre al baño y decía “hay que ver mamá que no se entera, los pokemons no son monstruos son criaturas”.

Pero volviendo al tema anterior. Tenemos que reconocer que además de la lectura de los libros de Tolkien y de haberle enseñado unas cuantas canciones de guerra enanas, nuestro pequeño frikie tuvo esta primavera su bautismo de fuego. En la ciudad de Palma se celebró un evento por parte de la delegación de la Sociedad Tolkien local, llamado Mereth. Una mereth es una reunión de un grupo de aficionados, durante tres días en los que se charla, se canta, se juega, se hacen charlas y conferencias… El sábado noche, como mandan los cánones tolkiendili de las Sociedades Tolkien, se hace una cena de gala con disfraces. Para sorpresa del vecino del primero que nos pilló bajando las escaleras con nuestras galas medievales con capas y todo cuando él volvía de tirar la basura y lo único que fue capaz de articular fue un “vais muy guapos todos”. En esa cena fue precisamente cuando nuestro pequeño guerrero decidió que eso molaba un montón y que lo de ser frikie como papá y mamá era chulo y fue allí donde aprendió la canción de Los enanos van a la guerra, que desde entonces es una de sus favoritas e igual te la canta en casa como en un cumpleaños de los niños de clase y claro allí estas tú disimulando ante la mirada atónita de los demás padres, explicando que es una canción de guerra enana y estos te confiesan que ellos creían que una canción enana era eso de I goooo, i goooo….

Y si la mereth fue su bautizo de fuego, la estelcon a la que hemos asistido este puente ha sido su definitiva consagración, pero de eso os hablaré en otro post, porque se merece uno propio.

Si a ello sumamos que hace unas semanas papá y mamá hicieron un taller de fabricación de espadas de gomaespuma y cada uno hizo una para los peques. (Nota: la de Tsunami especialmente acolchada que luego le mete una tunda a su hermano que lo deja k.o.). De momento las espadas están guardadas para usarlas el verano que viene, que no quiero justas medievales en el salón de casa. Así que en casa el pobre Terremoto es atormentado con la espada láser azul que tiene su padre (Nota 2: En casa hay cuatro espadas laser, dos del pater familias y dos heredadas de mi ex que le compró hace años a Terremoto. Imagino que se podría decir que somos una familia bien armada)

Si acabamos de rematar todo esto con que en casa tenemos cuernos tanto para tocarlos como para beber, aunque normalmente están más expuestos que usados. Pero este año para el cumpleaños de Terremoto los bajamos, intentamos tocarlos (que no es fácil) y brindamos a la salud del cumpleañeros. Tsunami lo de tomarse un zumo de melocotón en cuerno como un auténtico vikingo le gustó mucho…. pues que os queréis que os diga… que lo tenemos claro. No me extraña pues que este lunes yendo en el bus Tsunami le dice a un chico jovencito que estaba sentado: “A ver si sabes quién soy, salgo a pasear de noche y tengo un parche en el ojo” mientras con una mano se tapaba un ojo. El chico le contesta que un pirata y Tsunami le dice que no y le vuelve a repetir la adivinanza. Ante la misma respuesta del chico se lo queda mirando muy serio como decepcionado ante la evidencia de su caracterización y le dice “Pero si está muy claro, salgo de noche y tengo un parche en el ojo…soy Odín”

catan

Tsunami se engancha a los juegos del móvil

11 Oct

Sinceramente, no nos esperábamos esta reacción por parte del peque. En casa no somos mucho de los juegos de ordenador y de los videojuegos. Bueno, rectifico, mi pareja lo es algo pero son de esos juegos más largos que duran un par de día y que los peques no prestan demasiada atención. Cuando paso por allí muchas veces le pregunto que cuando conquistarán de una vez la Galia o cuando se cargará a todos los aliens porque con tantas noches dándole a las teclas a bien seguro que Julio Cesar habría llegado a China y Han Solo hubiera acabado el solito con todos los soldados del imperio sin que intervinieran en las pelis ningún jedi.

Terremoto de pequeño se pidió unas maquinitas de esas de juegos y algunos juegos de ordenador, pero pocos. Tenía el problema que al haber de leer las instrucciones, se pasaba todo el tiempo pidiéndote a ti que tenías que hacer y el único que tenía paciencia para esos menesteres era mi pareja.

Cuando estaba casada con mi ex, antes de tener a Terremoto, se jugaba en ocasiones con el ordenador, él mucho más que yo. Confieso que lo único que me ha llamado la atención es el tetris que en ocasiones abro para desestresarme un rato.  Mi ex y un amigo suyo jugaban con simuladores de vuelo. En casa tenían uno del año de la Maria Castaña… bueno, un poco más reciente. Debía ser de un poco antes de la época de Lily Marlene, porque estaba ambientado en derribar los aviones de la I Guerra Mundial. No estaba mal, porque a la que despegabas, en pocos segundos ya te encontrabas con los aviones enemigos y aleee, a liarse a ostias, bueno, a tiros y derribar avionetas. En un principio usaba las teclas del teclado, pero como eso era muy incómodo, mi ex se compró un joystick. Un día me dijeron de probarlo y descubrí dos cosas. La primera era que tenía mejor puntería que ellos con los avioncillos. La segunda que fue coger el aparatejo y empezar allí a ametrallar a troche y moche a todo quisqui que se cruzara ante mi mirilla que me emocioné como una enana de una forma poco habitual en mí. En un giro de vetetuasabercuantosgrados con el aparatejo los dejé a los dos blancos y boquiabiertos. No se muy bien si era por mi pericia de piloto de caza o porque el mango del aparato debió peligrar de forma extrema. Después de esos segundos de gloria decidí dos cosas. La primera que después de esa apabullante victoria, era el mejor momento de retirarme en la cumbre de mi carrera como  piloto de guerra. La segunda, que ese maldito jueguecito me había gustado demasiado y por el bien de la casa, de mi salud mental y del escaso tiempo libre que entonces disponía (que ilusa era, escaso, ¡ja!) lo mejor era apoyar la anterior decisión.

En casa del amigo de mi marido también jugaban con otro simulador, no se muy bien ni de que avión ni de que batallita en concreto, pero ese juego era un auténtico coñazo. Era más realista, con más botones y los gráficos más chulos y reales, las sensaciones eran más creíbles. Pero era tan creíbles que si despegabas de Dover y te ibas hacia Berlín, pues chico, como que casi hacías el trayecto de verdad, porque cuando había pasado toda la tarde y era la hora de irnos coincidía con la llegada del supermegarrealista avión a su destino y no les había dado ni tiempo de abrir la compuerta y tirar una desgraciada bombita ni una maldita botella vacía de Coca-Cola para fastidiar en algo al enemigo. Como os he dicho. Era un coñazo.

Así que cuando Tsunami era pequeño no le compramos ningún jueguecito de este tipo ni lo heredó de su hermano porque no había. Se miraba a veces el juego de papá en el ordenador mientras este jugaba y una vez descubrió unos juegos para ordenador de Winnie the Poo que tenía guardados de Terremoto y que le encantaron. También sucumbió a algunas actividades de Pipo que me traía de una biblioteca y luego devolvíamos, pero nada que creara especialmente una adicción.

El peque ha crecido un poco y este invierno su papi le introdujo en los juegos de mesa ya que nos coincidieron unos cuantos fines de semana con lluvias. Así que  las excursiones y paseos de los domingos se sustituyeron por tardes de tablero y merienda sentados en el suelo de casa jugando todos.

Como veis Tsunami no daba indicios de obsesiones ni nada, así que un buen día a principios de verano, su padre se bajó al Iphone un jueguecito en el que el agente Pi (Perry el ornitorrinco) se desplazaba en su cápsula por unas tuberías con agua y tenía que llegar a un lugar. Cada vez que llegaba a una intercepción, la capsula se paraba y la nueva cañería se tenía que llenar de agua para que Perry recorriera otro tramo. El agua se introduce borrando con el dedito la tierra que bloquea el deposito hasta la entrada del agua. En las primeras fases es fácil, luego tienes que ir aplicando la lógica y el ingenio conforme avanzamos de nivel. Hay momentos en los que se juega con poder congelar el agua y luego evaporarla con fuego para crear vapor, que se condense en una zona superior y luego se licue para llegar a la zona de entrada. De esta forma se trabaja motricidad fina, lógica y estados de la materia. Nos pareció un juego bastante inocente, le introducíamos ciencias y no hay ningún tipo de violencia. Así que teníamos en el teléfono ese juego al cual recurríamos en los momentos en que uno está en la cola del pediatra, o estás en algún sitio esperando y los peques no pueden moverse de su sitio y para que no se aburran y la monten les pones un ratito a Perry.

Todo iba normal, Tsunami desarrolló una destreza manual admirable y aplicaba la lógica y la deducción bastante bien. Pero un día nos pidió el juego para hacerlo en casa. Se lo dejamos y luego no quería parar. Al cabo de un tiempo prudencial de jugar con él su padre se lo quitó y el niño pilló un cabreo. La cosa fue tomando números cuando durante unos días seguidos no hacía más que pedir a Perry y al negarle el juego pillar más cabreos a cual más monumental. Una mañana cuando salí a merendar del trabajo les llamo y mi pareja me cuenta que acaban de llegar de Palma y estaban preparando el desayuno. Me quedé un poco descolocada, porque no recordaba que tuvieran que ir para nada a Palma y menos antes de desayunar. Lo primero que pregunté es si el peque estaba mal, no fuera que acabaran de llegar de urgencias. Entonces fue cuando me relató su odisea.

Normalmente por las mañanas, Tsunami se despierta y llama a su padre, le pregunta cosas, le pide el desayuno y se baja de su cama y va a la nuestra para insistir con lo del desayuno. Esa mañana mi pareja se despertó a golpe de un solemne grito de ¡¡¡¡¡¡¡¡¡PEEEERRRYYYYYYY!!!!!!! , ni buenos días, ni hola papá, ni que hay de desayunar, ya directamente sólo le importaba el juego. Su padre le dijo que esa no era forma de levantarse y que antes de dejarle el juego tenían que desayunar. Tsunami seguía encabezonado con el juego, porque otras cosas no tendrá, pero mi pequeño a cabezón le ganan pocos, bueno, a veces su hermano mayor, pero sólo a veces.

Mi pareja intentó convencerle de que primero se tenía que desayunar y Tsunami la emprendió con su padre a golpes y patadas exigiendo su juego, cosa que nunca había hecho. Así que papá se cabreó y le amenazó con que si se portaba como un bebé se lo llevaría al cole de los bebés, y así lo hizo.

Lo vistió, esperó a que se calmara un poco y lo subió al coche. Bajaron hacia Palma y por el camino ni hablaron. Me contó que miraba por el retrovisor al nene y este empezó a poner cara de ¡uyyy me he pasado! cuando estaban a medio camino. Llegaron delante de la puerta de la escoleta donde había estado Tsunami antes de ir al cole de mayores. Justo al lado de la puerta hay un vado, así que aparcaron un momento delante del vado. Cierra el motor, se gira y le pregunta a Tsunami si tienen que entrar dentro.

Allí estaba nuestro pequeño maremoto intentando calmar sus aguas y preguntándose si verdaderamente no se había pasado un para de pueblos. El niño miró a papá, miró la puerta de la escoleta, las ventanas con pegatinas de dibujitos marinos y el letrero encima de la puerta y le pidió disculpas a su papí. Le dijo que se había pasado y que no tendría que haberse portado como un bebé pero que por favor no le llevara de nuevo con los bebés, que no volvería ha hacerlo. Así que papá aceptó las disculpas, puso el coche en marcha y volvieron para casa. Me contó que el plan B era sacarlo del coche y hacerle la misma pregunta ante el timbre. Si no accedía pues tocarían a la puerta. Sé bien cierto que las chicas de la escoleta le hubieran dejado entrar durante unos minutos mientras su padre se marcaba el farol para desrabietar y desenganchar al peque.

Ese día y los siguientes Tsunami no volvió a pedir para nada el juego. Luego lo pidió alguna vez pero siempre jugaba con papá al lado y con un tiempo determinado. Hace poco volvió a insistir mucho de nuevo con el juego y su padre lo ha borrado, así que ahora no tenemos juego de Perry, ni tenemos recurso rápido al que acudir cuando surge una circunstancia de esas en las que te has olvidado de un juguete o un libro y el peque tiene que estar allí quieto por diversos motivos.

A partir de ahora vamos con más cuidado con todo lo que son juegos de ordenador y los de Winnie the Poo se los ponemos de vez en cuanto y acordando antes el tiempo que debe cumplirse, hasta la cena o hasta que venga tu hermano. Muchos de estos juegos están muy bien ahora y para estas edades, pero cuantos más años tienen los chavales, más tienden a ir perdiendo el aporte didáctico actual y se llenan de contenidos violentos o dejémoslo en poco educativos.

Un poco antes de este verano, la sociedad mallorquina se vio sorprendida por una noticia de la prensa que duró mucho tiempo y aún coletea. Me refiero al caso conocido en prensa como el parricida de Alaró. Dos chicos, uno de aquí y un compañero suyo de Zaragoza que había venido a pasar una temporada en casa del primero, mataron al padre del mallorquín. La víctima era un rico empresario dedicado al campo de las máquinas recreativas y los billares. Tenía al hijo trabajando para él y le había comprado un deportivo hacia poco. El hijo hacía unos años que se había enganchado de forma obsesiva con los videojuegos y a través de los juegos en red era como había conocido al otro chico zaragozano. El chico desde entonces había cambiado su carácter, se había metido en la vida de su padre y había conseguido que este se separara de su actual pareja, que junto a la hija de esta, vivían los cuatro juntos. Luego había conseguido que su padre testara a su favor y desheredara a su madre y sus otros dos hermanos que no mantenían desde hacia tiempo muy buenas relaciones con el padre. Parece ser que planearon el asesinato basándose en cositas que salían por sus juegos. Construyeron una especie de bate o palo con pinchos con el cual le golpearon en la cabeza hasta matarlo. El día anterior habían intentado matarlo y para ello le habían metido somníferos en la comida, como hacían con los perros cuando tenían que medicarlos. Pero al darle un primer golpe el padre había despierto, ellos se habían acojonado y le hicieron creer que se había golpeado al caerse de la cama. La noche siguiente no fallaron, lo mataron, limpiaron la casa, metieron en el coche y lo abandonaron en un camino. Pese a todo dejaron muchos cabos sueltos y la policía los arrestó a la salida del funeral.

Con esto no estoy diciendo que todos los chicos que juegan con videojuegos son unos asesinos en potencia, ni que Tsunami acabe dándonos con su espada de goma espuma porque no le dejamos jugar. Tampoco quiero reabrir la en ocasiones eterna polémica sobre la idoneidad de videojuegos para los niños. Digo eterna no porque dure muchos años, sino porque creo que es un debate de esos en los que ni todo es blanco ni todo es negro, sino que cada caso es único.

En este caso gran parte de la responsabilidad es de los padres. Es cierto que es muy cómodo que nos dejan tranquilos con los juegos, es como con la tele. Pero, si les controlamos, al menos durante los primeros años, que ven en la tele, o que libros leen y cuanto tiempo les dedican, porque no hacemos lo mismo con este tipo de juegos.

Las cosas en su justa medida y si se les enseña a emplear y gestionar pueden ser buenas, educativas, entretenidas e incluso aconsejables para trabajar ciertas habilidades con las que puedan tener dificultades. El problema en este caso y en el de muchas otras cosas es evitar que estos entretenimientos y estas actitudes se conviertan en una adicción, que les supere, que le manipule y que lleguen a despertarte por la mañana a voz en grito exigiéndote un juego y prefiriendo este antes incluso de tomar su habitual desayuno.

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