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¿Para qué queremos una casa?

17 Jun

Hace unos días Elena de educando a cuatro, publicó un post que encontré bastante interesante. Comentaba que cosas consideraba no debían hacerse a la hora de decorar una habitación infantil. Un planteamiento muy interesante y con el que estoy muy de acuerdo, os recomiendo darle un vistazo.

Me hizo mucha gracia algunos comentarios que hacía sobre montar habitaciones temáticas o como si fueran expositores, porque yo precisamente, como he comentado en algunas ocasiones, entré en el mundo de los blogs a través de los de decoración, no los de maternidad. Tsunami acababa de nacer y habíamos comprado un piso más grande porque el anterior tan sólo tenía dos habitaciones y era minúsculo. Para tres no estaba mal, pero para cuatro, no había sitio para poner otro niño, al menos después de sacarlo de la cuna. Cuando uno se compra un piso los mecanismos de tu cerebro empiezan a funcionar como piezas de engranajes perfectamente lubricadas y empieza a pensar como recolocar los muebles y como conseguir que aquello sea acogedor. Entonces es cuando un día cualquiera entras a una web cualquiera y luego a otra y a otra y a otra y así es como te aficionas y descubres luego muchas cosas.

Yo siempre he tenido una visión para recolocar cosas y ubicarlas en el espacio que me ha ido muy bien para organizar la casa. De pequeña el psicólogo del colegio le decía a mi padre que tenía una capacidad abstractiva sorprendente y que yo tenía que estudiar arquitectura, que era un desperdicio no aprovecharlo. Mi padre se emocionó ante la idea de una hija arquitecto, pero le duró poco, porque yo de estudiar arquitectura tenía más bien pocas ganas. Quería estudiar historia y me hubiera gustado poder hacerlo en Barcelona. Mi padre me dijo que estaba dispuesto a pagarme unos estudios en la península si decidía estudiar arquitectura u otra carrera técnica. Si quería estudiar historia o humanidades, tenía que hacerlo en Mallorca. Así fue como mi vida se condicionó y ha hecho que sea lo que soy ahora y no lo que tal vez podría haber sido, quien sabe.

Cuando estaba en la universidad recuerdo que una vez, en una clase de arte, la profesora nos habló de un arquitecto. Un señor que tenía una mente muy lógica y que una vez acuño una frase que decía más o menos algo así “En el siglo XIV las Catedrales eran blancas. Sí. En el siglo XIV las Catedrales eran blancas porque acababan de construirlas”. No se que queréis que os diga, Le Corbusier tiene un algo que me gusta, era majo el chaval. Pero lo que más me gustó de este señor no fue su frase tan llena de sabiduría sobre las catedrales recién acabadas, sino una anécdota surgida de un encargo que le hizo un cliente. Creo que era un médico si no recuerdo mal, perdonadme pero han pasado al menos unos veinte años desde que me contaron esta historia. Todo empieza cuando este cliente le pidió que le reformara o le construyera, tampoco lo recuerdo bien (pero en nuestro caso no afecta al contenido de la narración), una casa. Parece ser que nuestro abnegado y perfeccionista arquitecto estuvo una buena temporada literalmente pegado a los faldones del médico y de paso a los de su familia. Aquello debió ser un agobio porque su cliente estuvo a punto de enviarlo literalmente a freír monas, pero no lo hizo, y eso fue un gran acierto. Cuando Le Corbusier ya sabía todo lo que quería le hizo su casa. El doctor le pagó por sus trabajos y se fue a vivir allí con su familia, contento de no tener que soportarlo más. La historia continuaba cuando años más tarde, Le Corbusier recibió una carta de dicho médico. En ella le decía que durante todo el tiempo que el arquitecto había estado “persiguiéndoles” a él y a su familia lo habían pasado francamente muy mal, pero que ahora sabía porque lo había hecho. La casa que le había entregado era perfecta, respondía a todas y cada una de las necesidades presentes y futuras tanto de él como de cada uno de los miembros de la familia. Se adaptaba perfectamente a sus gustos, a sus aficiones, a sus vidas. Era cómoda, práctica y acogedora. El médico reflexionaba añadiendo que posiblemente si no hubieran pasado por ese suplicio ahora tendrían una casa que no reuniría las condiciones necesarias para su familia. Lo más seguro, añadía, es que entonces la hubieran puesto en venta y ahora estaríamos buscando una nueva. Él y su familia estaban tan profundamente agradecidos por tener no una casa sino un hogar a su medida que el doctor adjuntó en el sobre un cheque por el valor de lo que le hubiera costado, en ese momento, comprar otra vivienda. Acababa agradeciendo de nuevo el no tener que pasar nuevamente por otra compra y que gracias a la persistencia de Le Corbusier, les había evitado pasar por ello. La profesora que nos contó esta anécdota añadió que evidentemente, Le Corbusier se sintió muy halagado con esta misiva y que no cobró nunca el cheque, lo enmarcó y lo guardo muy orgulloso. Supongo que la anécdota más o menos debió ser así. Es una anécdota bonita, que queréis que os diga… una también tiene sus pequeñas debilidades y piensa que en el mundo tendría que haber muchos más arquitectos como Le Corbusier, que te machaquen y te atormenten pero que luego te supieran entender como nadie. Bien pensado, tampoco estaría mal que en el mundo hubiera muchas más personas con esta filosofía de Le Corbusier, aunque no fueran arquitectos…

Así que no se muy bien porque el post de Elena y las anécdotas de facultad me dieron que pensar una tarde que iba por la calle hacia el trabajo. Hacía solecito y se estaba bien. El paseo era agradable. Cuando voy hacia el trabajo suelo ir deprisa, no es que esté filosofando por el camino, no sé si me entendéis. Pero no sé muy bien porque, esa tarde relajé la mente y disfruté de esos extraños momentos de paseo en que uno desconecta del todo. Es en estos momentos cuando surgen estos pensamientos, sin esperarlos, te sorprenden así por las buenas sin avisar. Así que un poco antes de llegar al trabajo, mi cabecita empezó de golpe a pensar en las casas que habían comprado algunas de mis amistades, en las casas que visitado alguna vez aún sin casi conocer a los dueños, en las que me habían enseñado las inmobiliarias y en las dos casas que he tenido. De una forma extraño y algo mágica los pensamientos fueron flotando de un lado a otro y entre imágenes de salones, solecito de media tarde, recuerdos de charlas en las que se me vendía porque se había hecho una cosa y cantos de pajaritos entre los árboles de La Riera, mis pensamientos giraron extrañamente hasta que me di cuenta de una cosa. Bueno, más que darme cuenta de una cosa, se me planteó una cuestión ¿Para qué usa la gente sus casas? Sí. Sé que es una pregunta ridícula y puede que estúpida, pero cuando uno lo piensa en cierta forma se convierte en una pregunta curiosa por no decir existencial. Rebobinemos.

He conocido varias personas que en su momento se construyeron o compraron una casa. Recuerdo un chaletito de unos amigos que construyeron cuando estaban a punto de casarse. Tenía un cuarto de baño espectacular de esos con bañera redonda con hidromasaje para dos personas. Tenía dos cubetas de lavabo y entre un sitio y otro del baño había espacio perfectamente para meter seis o siete personas dentro, de hecho, estuvimos seis o siete personas dentro y estábamos anchas. Luego tenían una habitación de matrimonio que daba para dos habitaciones espaciosas. La sala también era grandecita, pero en comparación con el resto tampoco daba para tanto. La cocina no estaba mal, pero luego habían dejado una habitación no diré pequeña, pero más bien ridícula para poner el ordenador y más tarde al tener hijos pasar el ordenador a su cuarto y poner a los niños allí. Recuerdo que siempre les dije que esa casa no era práctica, que si querían tener hijos, cosa que ellos decían querían, ese cuarto no serviría de nada, aunque no me creían. Cuando les decías esto, ellos te contestaban con un brillo especial en los ojos, que no obstante, el baño era impresionante, que si en su dormitorio se podía bailar un vals (un vals no sé, pero un charlestón posiblemente)… y yo me pregunto ¿acaso vas a hacer tu vida en un cuarto de baños o en un dormitorio? Tampoco habían cuidado los muebles. La mayoría eran bastante prácticos, pero casi todo el espacio del salón lo ocupaban dos inmensos sofás enfrontados. Esos enormes sofás reconozco que eran muy cómodos, tenían una tela muy bonita en verde claro pero como se podía manchar mucho porque era una tela muy delicada, casi nunca vi los sofás en directo. Siempre tuvieron una tela beige insulsa tirada encima para que no se ensuciaran. Evidentemente, el día que enseñaron la casa los sofás no tenían esta tela, pero luego, los bonitos sofás verde claro se convirtieron en un par de muebles con una tela tirada encima a perpetuidad. A los pocos años, como ellos deseaban, les vino un pequeño. Al principio el cuarto del peque (antes del ordenador), no fue mal, pero eso duró muy poco. Los que habéis tenido niños sabéis que necesitan cierto espacio y allí por mucho que uno se empeñara, no había espacio. Entonces la dueña me contaba triste y apesadumbrada, que ojalá me hubiera escuchado y el espacio que dedicaron al baño fuera el de la habitación del niño y el espacio de la habitación del niño hubiera dado para un buen baño, eso sí con una pila y una bañera normal. Suspiraba por ello y reconocía a su pesar, que una bañera normal les hubiera ido de perlas porque el hidromasaje sólo se había puesto dos veces. Además se necesitaba mucha agua para llenar eso y para ducharse allí era incómodo. Luego dirigía sus lamentos insistentemente en lo mucho que se manchaban los sofás enfrentados del salón. Evidentemente, el niño no tenía espacio en su cuarto, y el espacio de la sala estaba ocupado por esos dos pedazos de mamotretos. Te contaba la afición de su hijo a desenganchar los puntos de ajuste de las fundas y las incursiones de unas pequeñas manitas que lo exploraban todo. El resultado fue, que al contrario que el cliente de Le Corbusier, estos amigos se buscaron otra casa y alquilaron su chaletito a una pareja joven sin hijos que buscaba una casa con hidromasaje, habitación grande y jardín para barbacoas donde flipar ante sus otros jóvenes amigos sin hijos.

Otra pareja, más o menos por las mismas fechas, compraron una casa. Un adosado con un salón más o menos grande. El resto de habitaciones no era tan descomunales, pero el problema que tuvieron es que llenaron literalmente la casa de muebles enormes. Muebles según ellos de madera maciza hechos por encargo, con ebanistería y marquetería que daban una buena presencia. Un pastón impresionante en muebles, vamos, de esos con solera que algunos de nuestros bisabuelos hubieran codiciado si hubieran caído en sus manos. Allí colocaron una impresionante estantería, once metros de pared lleno de estantería de arriba abajo, con un montón de libros y de cds de música comprados. Los tenían asegurados por el dineral invertidos en ellos, así como el pedazo aparato de música y una tele que para aquellos entonces era un lujo asiático. En medio de esa estantería con todos sus repujados y sus adornos, había una chimenea forrada de madera con marquetería que jamás en su vida han encendido ni tan siquiera para probarla, pero que oye, quedaba fetén y hacía bueno. Entrar en su casa impresionaba más que la biblioteca donde trabajo. De las diversas habitaciones de la casa dejaron una, la más difícil de distribuir como trastero. Una gran decisión para quienes pueden darse este lujo. Pero luego dedicaron otra para el hobby de los dueños. En este caso el marido era aficionado a los juegos de rol y a las figuritas de plomo que él mismo pintaba a mano. Un primor, pero un primor que no podía manosearse demasiado. Toda una habitación llena de pequeñas tentaciones. Una gran vidriera en el pasillo llena de pequeñas tentaciones. Una casa enorme con una decoración muy cara llena de cosas delicadas que cuando uno entraba se quedaba sin aliento pero que luego cuando vinieron los hijos se convirtió en una casa sin sitio donde jugar los críos y llena de cosas peligrosas que romper o destrozar. Estos no cambiaron de casa. Estos se pasaban casi todo el tiempo libre en casa de los respectivos abuelos. Porque mira, estos tenían unas casas algo más habitables donde los niños podían moverse y no había peligro de estropear libros, cargarse estatuas, aporrear muebles, destripar jarrones, arrancar macetas y sobre todo, jugar con los juguetes que juega papá pero que nosotros no podemos ni tocar con un dedo. Con los años los hijos fueron aprendiendo a vivir en esa casa, como si de una casa japonesa con paredes de papel se tratará. Pero al principio era un suplicio el que tocaran un mueble con las manos manchadas de yogurt, o que acercaran las pinturitas al sofá de piel, o que tocaran absolutamente todo lo que había en la casa que era muy bonito pero intocable. Esta familia no vivía en un auténtico hogar, vivía en unas fotos de revista de decoración de muebles nobles.

También he conocido algunas personas que si bien previnieron el aumento familiar, dedicando un espacio para sus hijos. Ese espacio resultó más bien un expositor de tienda… no sé muy bien si de tienda de muebles, de juguetería, o de tienda Disney o tienda Barbie. Me refiero a otro matrimonio que le montó a su hija un cuarto todo rosa. Cuando digo todo rosa es que digo todo rosa. Lleno de cositas dignas de la suite real de la Princesa Barbie. Todo en rosa y con encajecitos y purpurina por todo. Paredes en rosa, cama rosa, sábanas rosas con princesas, edredones a juego y cortinajes a juego, of course. Alfombra en invierno del mismo estilo. Armario rosa, mesitas de noche rosas, estantes rosas, lámpara rosa y lo más alucinante de todo. Televisor rosa. Sí, la tele rosa la compraron evidentemente en ese gran centro comercial donde sólo allí tendrían una televisión rosa con corona encima y lector de dvd incorporado para el bonito cuarto rosa de su pequeña princesa. Me pregunto si al igual que la reina de corazones de Alicia en el País de las Maravillas, que hacía pintar las rosas blancas de rojo, si esos padres pintarían de rosa las hojas de una plantita del cuarto de su hija… Me imagino que un día pintarían las uñas y el pelo de la niña de rosa, para hacer juego con la habitación y con toda su ropa rosa. Creedme, no estoy exagerando. Si no fuera por el desfase generacional y porque no se le podría considerar exactamente un príncipe a la altura, esa pequeña hubiera sido una buena candidata a novia de la Pantera Rosa, ese divertido personaje de dibujos de los años sesenta y setenta.

Así que volvamos al principio. ¿Para qué quiere la gente una casa? He conocido parejas que tenían casas fabulosas pero que tan solo iban a ellas para dormir y los fines de semana casi nunca estaban en ellas porque siempre iban a un sitio u otro con la familia o los amigos. Algunos prefieren estar incómodos pero que cuando venga alguien se le salgan los ojos de las órbitas y se les caiga la baba de envidia. Todo está siempre inmaculado y deben pasarse todo el día limpiando o debe ser que no viven allí o tienen el poder de la levitación. Otros prefieren dar todos los gustos y caprichos tanto de los mayores como de los niños sin pensar en si eso es cómodo, práctico y ya no hablemos si psicológicamente aconsejable.

Es curioso muchas veces ver la importancia que damos a ciertas cosas en nuestras casas y en nuestras vidas, sin pensar si luego esa casa, esa escalera, ese mueble, ese vestido o esos platos nos serán prácticos y cómodos. Muchas veces pensamos más en la estética y en lo que dirán los demás y no nos paramos a pensar en que somos nosotros los que tenemos que vivir allí, o tenemos que vestirnos con esa prenda o llevar esos zapatos o conducir y aparcar luego en la calle ese mastodóntico coche.

Realmente, resulta curioso ver cuales son las prioridades que damos a muchas cosas que luego condicionarán nuestra vida.

Es una auténtica pena que sólo haya habido un Le Corbusier en el mundo y justamente no nos tocó a nosotros encontarlo. Espero que esta rocambolesca, surrealista, arquitectónica / decorativa desvariación culpa de una soleada tarde de camino al trabajo, os inspire a la hora de espabilarnos si realmente buscamos una casa para formar en ella un auténtico hogar y no un bonito escaparate.

 

Pensamiento dominical: Si fuera por mi prohibiría a los arquitectos y decoradores que nos vendieran e hicieran lo que ellos quieren. Les haría hacer lo que realmente le conviene a cada familia, aunque luego ellos digan que no es chulo ni de diseño.

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