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El Libro Rojo de la Mudanza. Historia de una mudanza y una no mudanza por Bilbo Mochila

23 Jul

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.

Sí, sí, señor lector, usted, no se me haga el distraído. Ya se que estará pensando que para que se está quejando esta humilde familia de hobbits, pero verán vuestras mercedes, no todos los agujeros hobbits son tan bucólicos ni tan bonitos. Algunos llevan implícitos problemas y un agujero-hobbit con problemas implica quebraderos de cabeza, trabajo y caos a tutiplén, si ustedes me permiten el comentario.
El cuento de hoy empezó hace unos cuantos años, cuando la familia Mochila , unos primos míos lejanos por parte del suegro del yerno de mi abuelo, buscaba smial nuevo, o lo que ustedes entienden como una casa, ante la venida inminente de su segundo pequeño retoño, Tsunami.  Buscaron por las inmediaciones de la Comarca, pero no vieron nada que cumpliera las expectativas de lo que tendría que ser un confortable agujero hobbit. Buscaron en los extrarradios de la Comarca y encontraron un habitáculo chulo pero muy carote. Intentaron negociar tres veces con sus propietarios, unos hobbits que ahora vivían en Ciudad Capital y cuya hobbitona, la sra. Malas Hierbas Cornezuelo, resultó ser más rácana que la tía Lobelia Saco-Pilla Mochila, la famosa tía de las cucharillas de plata y el plagio del pudín de frambuesa. Pero no nos desviemos del tema, perdonen mis divagaciones. El marido de la sra. Malas Hierbas, el sr. Rododendro Silencioso,  sí que deseaba vender el agujerito para quitarse las hipotecas y los quebraderos de cabeza de encima, que para eso el sr. Rododendro era un hobbit de pro al que le gustaba la buena vida tranquila y las menguas preocupaciones. Así que el sr. Rododendro  estaba muy dispuesto a negociar un precio razonable para ambas familias. Pero la sra. Malas Hierbas era otra historia. Esta no pensaba perdonar ni un céntimo. Teniendo en cuenta que el haber comprado ese agujero y haber vivido allí un año les había permitido volver luego a Ciudad Capital con un trabajo consolidado y con beneficios era una cosa, pero otra muy distinta era que a la hora de venderlo la sra. Malas Hierbas se deshiciera de el sin poderle sacar un beneficio equivalente al 400% del que habían invertido inicialmente en su compra y equipamiento nórdico, que para algo era una Cornezuelo y a mucha honra. Así que la familia Mochila, ante la inminencia del nacimiento del pequeño hobbit se pusieron a mirar otras cositas. Valga el comentario de que a día de hoy se de buena tinta que aún no han vendido ese pequeño habitáculo y han tenido que bajar el precio muchísimo más de lo que la sra. Margarita Mochila pedía. También sabemos por muy buenas tintas, que la sra. Malas Hierbas está desesperada tirándose literalmente de los pelos por las astronómicas pérdidas económicas que implica seguir pagando al banco y los gastos de mantenimiento del pequeño smial, y castiga una y otra vez al sr. Rododendro culpándole de que no hubieran aceptado el favorable trato en su momento. Lo cierto es que sabemos por muy buenas tintas que se rumorea en la sección de chismorreos y cotorreos del colmado del barrio que en el fondo se lo tiene tan merecido como lo de la tía Lobelia, la de las cucharillas de plata, ustedes ya me entienden si me lo permiten.
Pasaron las semanas y unos cuantos fines de semana con comidas familiares y celebraciones y pastelitos incluidos y el pequeño Tsunami nació y se comieron más pastelitos y se hicieron más celebraciones. En eso que la familia Mochila encontró un agujerito en una zona bastante más alejada de su núcleo familiar de siempre. Como hemos dicho, el pequeño retoño había nacido y tenía apenas unas semanas, así que el tiempo apremiaba. Se realizaron las gestiones para su compra y se tomó posesión de lo que tenía que ser su reducto de paz y tranquilidad donde criar y ver crecer a sus hijitos.
Pero como en toda historia siempre ocurren algunas desgracias. Primero fueron unas goteras que venían de la terraza situada arriba las cuales motivaron un retraso de casi dos años en el traslado de vivienda. Dicho sea de paso aún no están arregladas a día de hoy. Posiblemente eso sea debido a que como en todo smial que se precie siempre tiene que haber un hobbit hostil y malhumorado que vive en el pasado y quiere hacer pasar a todos los demás hobbits por sus ideas. Así que se dedica a boicotear todas las reuniones de los cuatro años para que no se haga nada. Por si alguno no lo ha adivinado aún, nos referimos al sr. Guindilla Recalcitrante. Ya sabemos que en todas las familias siempre hay alguna manzana verde que no madura y no sirve para el primer desayuno, o bien alguna manzana madura que madura demasiado y que no sirven ni para las compotas del segundo desayuno. De igual forma algunos hobbits tienen en ocasiones alma de troll. Lo cual es  una lástima que sólo tenga el alma, porque al menos con los trolls se les expone al sol y se convierten en piedra como si fueran estatuas  que puedes aprovechar para ornamentar  el descansillo del rellano de la entrada. Pero esto cuando sólo es el alma, sólo sirven para entorpecer las cosas pero no para estatua decorativa. En este caso era una auténtica pena porque el sr. Guindilla vestido con una sabana a modo de toga y con su famosa cara agria de reunión de vecinos en pleno apogeo,  hubiera quedado muy resultón en un rinconcito del jardín. De las humedades eternas os hablaré otro día, ya que eso es otra historia y vuelvo a desviarme del tema principal, que hay que ver que despistado que estoy hoy si ustedes me entienden.
El problema de hoy nació el día en que la mamá de la familia Mochila, la sra. Margarita, hizo sus bolsos, saquitos, baúles y cajas y ella solita se chupó una mudanza que la dejó reventada y harta de empaquetar para toda la eternidad. Por la mañana dejaba a los pequeños hobbits en las escoletas. Luego iba a trabajar. Luego iba a la casa y se buscaba la vida consiguiendo cajas, embalando cosas. Ella personalmente, trasladaba las cajas más delicadas como la vajilla de la abuela Corneja, o la cajita de música de la tia Ciñatiesa o aquella estatuita tan chula que representaba una princesa elfa que le regaló su marido cuando aún eran novios. Pues bien, todas esas cajas eran subidas por ella solita los cuatro pisos de altura que tenía el smial recién adquirido (el agujero hobbit que habían comprado era un agujero hobbit de altos vuelos y sin tecnología punta) La pobre Margarita que había comido de algo frió sentada en los escalones que subían a su anterior casa, iba luego a buscar sus retoños y se marchaban de noche a una casita-smial de las afueras que tenía la familia paterna por parte de su padre y que los entroncaba con los Sotomonte de Abajo, muy cerca de Bree. Allí arreglaba la casita y hacia la cena, entretenía a los niños y esperaba a que su amado marido, el sr. Hojaescritahojaleida acabara con el duro trabajo de su dura jornada laboral y llegar a casa para la hora de la cena. La pobre hobbitona, madre amantísima de su familia subsistió así casi tres meses con el calor del verano y sin catar un sólo día de picnic playero para que su familia tuviera su propio smial coqueto y acogedor.
En ocasiones cuando rellenaba las casi treinta cajas de libros que embaló, es lo malo que tiene haberse casado con el posiblemente único hobbit erudito del barrio, pensaba en porqué su marido no había sucumbido antes o no se habían inventado hacia veinte años esos extraños libros que lees pasando las hojas con los dedos pero sin tocar hojas, llamados e-books. Con lo fácil que hubiera sido poner ese aparatito entre las colchas de ganchillo de mamá y los edredones de tía Pimpinela y los mantelitos de la otra tía Floriana y las recetas de cocina del su esposo el tío Floripondio Moldegalleta-Smith. Ese día cuando cerró la caja treinta mientras sostenía en alto un tallo de rábano que se había llevado para cortar el hambre a media tarde y con el que ahora se tapaba el sol de los ojos porque en el horizonte el sol empezaba a declinar. Entonces en ese preciso momento oyó como de la taberna de enfrente sonaba una melodía de gaitas y violines que la inspiraron a declarar solemnemente: “Por la hierba de pipa de la cuaderna del sur pongo por testigo que no podrán derribarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar por una mudanza, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, para que otro haga las cajas, ¡Por los pastelitos hobbits y el queso de reserva pongo por testigo que jamás volveré a pasar por una mudanza!”. Cuentan que ese momento fue tan emotivo que años después fue usado para un libro, como esos que la sra. Margarita acababa de meter en las cajas.
La sra. Margarita no sólo se encargó del embalaje, sino que también buscó un posterior transportista y tiene que reconocer que tras realizar varias entrevistas y unas cuantas horneadas de pastelitos después, se decidió por el sr. Portas, un hombre regordete y de poco pelo, con gafas, que era la tercera generación de transportistas y que para sorpresa y alegría de la sra. Margarita, consiguió que esa mudanza se convirtiera en algo dinámico, alegre y divertido, incluso tenemos que confesar que la sra. Margarita se lo pasó pipa y se rió mucho ese día. Los ayudantes del sr. Portas, una panda de fornidos y tatuados hobbits que abultaban más que los armarios del dormitorio que estaban desmontando y que también comían más que una panda de trece enanos venidos sin invitación, realizaron para deleite visual y organizativo de la sra. Margarita un excelente trabajo en menos de un día.
La vida de la familia Mochila fue los siguiente dos años más o menos tranquila, o al menos todo lo tranquila que se puede ser cuando tienes de vecino al sr. Guindilla Recalcitrante. Hasta que un día unos montoncitos de polvo empezaron a aparecer persistentemente en dos lugares concretos de la sala. Era quitar ese montoncito y al día siguiente, como si fuera un pastelito bien levado, el montoncito volvía a levantarse en el mismo lugar en su formato desafiante. Así que la sra. Margarita y el sr. Hojaescritahojaleida consultaron con un hábil montaraz que antaño fue artesano carpintero y actualmente es chapuzar para todo el sr. Pino. El sr. Pino levantó parte del suelo de madera maciza de su hermoso hogar hobbit y debajo del suelo aparecieron unos gusanitos blancos que si bien no habían ayudado a abonar el precio de la vivienda, estaban viviendo en ella y que si estaban antes, no habían sido incluidos en el contrato de compra venta, porque eso seguro que no se le hubiera pasado a la sra. Margarita. Así que ahora nuestra querida pareja de hobbits ha vuelto a pedir poder hacer de ocupas en las posesiones familiares de la casita-smial de las afueras que tenía la familia paterna por parte de su padre y que los entroncaba con los Sotomonte de Abajo, muy cerca de Bree. Mientras están acondicionándola, van desmontando y empaquetando todas sus pertenencias, distribuyendo como buenamente pueden las cajas por las pocas habitaciones que no se ven afectadas por la supresión del suelo de madera para volver a construir sobre él otro suelo de madera postiza, eso sí más barata, que pilla menos bichos y más dentro de las posibilidades económicas que una familia de decentes hobbits honrados puede permitirse hoy en día. La sra. Margarita, haciendo honor a su juramento, ha conseguido que esta vez las tropecientas cajas de libros sean empaquetadas por su amantísimo marido el sr. Hojaescritahojaleida, quien después de la experiencia está empezando a valorar lo cómodo, fácil y práctico que hubiera sido colar un solo e-book entre los edredones de la tía Pimpinela y las recetas de cocina del tío Floripondio.

Nota del narrador: Supongo que este fin de semana todas las cajas tendrás que estar preparadas, la casa de Bree preparada para habitarla y espero que antes de que Tsunami y Terremoto empiecen el curso escolar esta aventura de mudanza sin mudanza haya acabado, todos hayamos sobrevivido (menos los gusanos blancos) y estemos aún mentalmente cuerdos. Supongo que habréis observado que llevamos unos días algo flojos en el blog, como veis el motivo no es el periodo vacacional, ni el sol, ni la montaña, ni el picnic playero, ya quisiéramos ya. De hecho ni tan siquiera estamos de vacaciones. Así que si estas semanas publicamos poco aquí, no es que no os queramos, ni que se nos hayan agotado los temas, que escritos tengo alguno pero lo que nos falta es tiempo y fuerzas para ponerlo. También pido disculpas a los blogs que suelo seguir, tengo el tiempo justo de poder leer y estar más o menos al día pero casi no puedo publicar comentarios. Espero que para dentro de relativamente poco nuestra situación familiar sea menos caótica y volvamos a disponer de nuestro humilde smial o agujero hobbit  de altos vuelos y sin tecnología punta, eso sí, esta vez sin parquet macizo, aunque supongo que el flotante también será calentito y lo queremos igual. Nos iremos escribiendo y feliz verano a todos los que lo podáis disfrutar sin tener que embalar y desembalar cajas.

Nota de la sr. Margarita: Todos los nombres que aparecen en este relato son ficticios. Para los legos en la materia, las mujeres hobbit suelen llevar siempre nombres de flores. Confieso que el resto de nombres es más clásico de una novela de Terry Prattchet que no de Tolkien. El único nombre no ficticio es el de la empresa de mudanzas, hago este comentario porque encontrar una buena empresa de mudanzas en Mallorca y bien referenciada puede ser de agradecer por algún lector, así que por una vez hago publicidad de alguien que nos sirvió bien, nos hizo reír y se portaron como unos auténticos caballeros.

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El bastardo recalcitrante ha quedado huérfano de verdad. Bye bye Tom Sharpe.

6 Jun

Era allá por la segunda mitad de la década de los ochenta. Estaba en mis primeros años de carrera. Había decidido estudiar Historia en la UIB (Universidad de las Islas Baleares). Allí había conocido a un grupo de chicas con las que aún conservo una gran amistad, salvo una que se nos descolgó del grupo y no hemos vuelto a saber nada de ella. Nos llevamos muy bien desde el principio y de tanto en tanto hacíamos cositas juntas, ir al cine, salir de cena, hacer alguna excursión por la montaña en invierno y en verano, evidentemente, viviendo donde vivimos, no podía faltar algunos días de playa.

No se muy bien que verano fue exactamente, pero sí que recuerdo la escena perfectamente. Estábamos en una calita de rocas, en el municipio de Calvia, concretamente en la zona conocida como El Toro. Habíamos llegado temprano y como entonces todas éramos jóvenes, lozanas, solteras y sin compromiso, habíamos sido unas niñas buenas y aplicadas y no nos había quedado nada para septiembre, nos tomábamos todo el día de playa sin prisas. El padre de X era payes, vivían en una gran casa de campo con animales, tractor y caballo. X siempre traía comida para veinte regimientos, todas nosotras y para ella. Era nuestra intendente particular. Muchas veces en verano se nos plantaba en la excursión con un pedazo de sandía metida en una bolsa o una rejilla y un pedazo de cuerda. Cuando llegábamos al sitio deseado tirábamos la sandía al mar sujetándola con la cuerda. Así a la hora de comer teníamos fruta fresca y deliciosa, porque si bien las sandias no las cultivaba su padre, este tenía el carné del Merca-Palma y se encargaba de ir bien temprano y elegir, como buen payes curtido por el sol que era, la mejor sandía para su niña y sus amigas. A. era de lo más dicharachero, siempre tenía cosas que contar, cotillear o comentar tanto de los conocidos como de los personajes de la farándula que veía con su madre por la tele. Si alguien había hecho algo digno de cotillear y si era posible ponerlos verdes, esa sería su aportación a la charla. También le encantaba tomar el sol como una lagartija, era capaz de pasarse horas y horas al sol y siempre traía bronceadores de los tipos más inverosímiles y con las fragancias más estrambóticas y variopintas que nadie pudiera imaginar. Su madre era portorriqueña. Uno de esos veranos, sus padres fueron de viaje a Puerto Rico, a su vuelta se trajeron bikinis, botes de mantequilla de cacahuete que aquí por esa época sólo habíamos oído hablar de ella y otras cosas desconocidas en esta isla. Pero lo más alucinante que se vino con ellos fue una colección de bronceadores varios con unas texturas, unos colores y unos olores que daban ganas de untarlos en el bocadillo y tomarlos de postre. C. era un poco más callada y como a mí nos gustaba oír las historietas que se contaban y de tanto en tanto hacer nuestra aportación. C. siempre nos hablaba de cuando era pequeña y de lo mucho que le gustaban los niños y como quería dedicarse a la enseñanza, en el fondo tenía esa candidez y dulzura infantil que no abandona a ciertas personas nunca. Finalmente estaba L, es decir, yo. A mí siempre me ha gustado más escuchar que hablar y también me ha gustado más nadar que cotillear. Me encantaban las nadadas en el mar calentito justo cuando llegábamos. Al medio día tomábamos los bocadillos y la sandía, o parte de ella, porque siempre sobraba algo para luego o en ocasiones invitábamos a los que estuvieran cerca. Luego por la tarde aprovechando que el sol pegaba menos fuerte era cuando nos tumbábamos a tomar el sol. Algunas veces seguíamos charlando, pero otras nos dedicábamos sencillamente a disfrutar del ruido de las olas al romper en las rocas, del sol calentando nuestra piel y de la siempre presente brisa marina que hace que todo este conjunto resulte más armónico y agradable. Muchas veces yo sacaba entonces mi libro y me ponía a leer en silencio hasta que alguien decidía que era un buen momento para abrir una nueva conversación y lo cerraba.

Normalmente solía ocurrir eso, menos ese día en El Toro. Ese día de repente me empecé a destornillar de risa solita, no podía parar y se me estaban saliendo los lagrimones sin parar. Ese día me había llevado un libro que había comprado mi madre en el Círculo de Lectores y que según ella era muy divertido y seguro que me gustaría. Mi menda siempre ha sido… al menos hasta que me casé, así que rectifico… mi menda era una devoradora de libros y en verano ya ni os cuento, zamparme veinte o treinta según su tamaño no era algo descabellado en aquella época. Así que hacía unos días que había empezado el libro de un tal Tom Sharpe que se titulaba El bastardo recalcitrante. Un libro cuya sinopsis, os copio a continuación porque una tiene buena memoria pero no tan a lo bestia “Lockhart Flawse, hijo ilegítimo cuya madre murió al darle a luz sin confesar jamás quién era el padre -y que tal vez sea el producto de un incestuoso encuentro a oscuras entre padre e hija-, vive con su abuelo -y quizá padre-, vejete intensamente verde y torturado por impulsos sexuales incontenibles. Lockhart no existe legalmente, pues no está inscrito en ninguna parte, y su abuelo ni siquiera le llama por su nombre, sino que le denomina «el bastardo». El niño crece inocente de cuerpo y alma en las montañas de Escocia, amparado por un extraño mayordomo, pastor y único sirviente de la mansión. Pasan los años, y el abuelo decide hacer un crucero con un doble objetivo: conseguir una mujer (la última ama de llaves y compañera de cama le ha abandonado) y, si es posible, deshacerse del bastardo. El viaje resultará un éxito, pues el abuelo conseguirá casar a Lockhart con la bella Jessica Sandicott y él mismo (a los noventa años bien cumpli­dos) se casará con la ambiciosa y despiadada madre de la joven. Y a partir de estas bodas emergerá la verdadera naturaleza de Lockhart, que a la manera de sus remotos antecesores, sin sentido alguno de la moral y absolutamente falto de escrúpulos, emprenderá una cruenta y desternillante batalla contra todo y contra todos -incluidos los inspec­tores de Hacienda- los que quieren despojarle de lo que él cree que legítima -o ilegítimamente- le pertenece.” Dicho así puede no sonar tan divertido como es. Os adelanto un poco más. Su mujercita tiene una finca que está alquilada a varios vecinos, el bastardo pretende desalojarlos y para ello urdirá un plan de lo más insólito y algo diabólico. Cada vecino tiene sus vicios inconfesables y otros más confesables, como era el caso del coronel, un militar retirado que gustaba de la compañía diaria de señoritas descocadas, ligeras de ropa y de mala reputación, pero a su vez era una obseso con su salud, no fuera a pillar alguna deshonrosa y maligna enfermedad contagiosa.

Ese fue mi primer pero no último libro de Sharpe, ese autor conocido por todos por sus libros de Wilt. Pues mira por donde, resulta que mi madre y yo nos debimos leer todos los libros menos los del famoso Wilt y sus tribulaciones de maestro. No sé si algunos de vosotros conocen a tan genial escritor, pero gracias a él descubrí un humor negro, muy negro y muy inglés, nada sutil, despiadado a veces y bastante filosófico muchas. Sharpe fue un férreo crítico del apartheid y en varios de sus libros se recure a este tema. Recuerdo la idea de bajar la libido por las negras que la policía de Sudáfrica tuvo conectando a sus policías a unos cables con descargas de alto voltaje al ponerles fotos de hembras en pelotas al más puro estilo de La naranja mecánica y como acabó todo el cuerpo de policía de ser unos pecadores libidinosos que jadeaban ante una hembra en cueros a convertirse en una panda de maricones que sólo se excitaban ante el cuerpo de sus iguales e iban todos descocados unos con otros… esas cosas sólo se le podían ocurrir a Sharpe.

Esta mañana mi pareja me ha llamado por teléfono y me ha dicho que en la radio acababan de dar la noticia que Tom Sharpe había muerto en su casa de la Costa Brava, en Girona. Tengo que confesar que hace años que le había perdido la pista y ni sabía que estuviera viviendo en España, y menos tan cerca en Cataluña. Me ha hecho gracia cuando me ha comentado que por lo visto se vino a pasar una temporada allí y como según él le trataron mejor que en Inglaterra pues se quedó allí que había mejores médicos y le mimaban más. Me he pasado parte del día pensando en el bueno de Tom Sharpe y ha sido imposible no recordar esa escena de verano durante una excursión una tarde en la zona de El Toro…

 

… Era imposible que parara de reír, me estaba ahogando de tanto reírme, los abdominales me dolían y las lágrimas me salían a borbotones. Mis amigas se me quedaron mirando como si de golpe me hubiera vuelto majara. No era la primera vez ni a última que me llevaba un libro a una excursión, pero nunca les había montado un numerito como ese. Puede que X se hubiera planteado si la sandía llevaba alguna sustancia estupefaciente inyectada en ella y a mí me había tocado ese trozo. Pero no. La sandía estaba en perfecto estado y todas las demás estaban asombradas pero lúcidas. C, que era muy inocente, debió pensar si un cangrejo traviesón me estaba haciendo cosquillas, pero no, un cangrejo aunque travieso no provoca esas risas, no, provoca gritos. A, que solía ser la más suspicaz y avispada de todas tuvo bien claro que el extraño comportamiento de su compañera era debido a aquel nuevo fajo de páginas impresas que comúnmente se le llama libro y que se estaba retorciendo entre mis manos. Cautelarmente, por si eso producía contagio, A levantó el libro, miró la tapa y leyó “El bastardo recalcitrante”, de Tom Sharpe. No había leído nada de ese señor, así que aprovechando que yo estaba indefensa y no ofrecía resistencia, me cogió el libro de las manos y empezó a leer un párrafo cualquiera. No tardó mucho en abrir exageradamente los ojos, arquear las cejas y poner cara de pasmada. Pero esa cara duró muy poco, en unos segundos éramos dos las que nos destornillábamos y nuestras dos amigas se miraban más sorprendidas aún si cabe de lo que estaban antes.

Al cabo de unos minutos conseguimos controlarnos, respirar hondo y secarnos los lagrimones. Recobramos la compostura y yo recobré el libro. Me senté firmemente sobre la toalla, aclaré la voz, respiré hondo y me puse a leer todo lo seria que mi autocontrol me permitió:

“Lo que había dentro del preservativo que el coronel Finch-Potter se colocó en el pene al día siguiente, a las ocho y media de la tarde, tampoco había desaparecido. Al sacarlo de la cajita, tuvo la ligera impresión de que era más resbaladizo que de costumbre, pero los efectos del detergente para hornos no se hicieron notar hasta que se lo hubo terminado de poner y tiró de la anilla de látex hasta arriba para conseguir una máxima protección contra la sífilis. El miedo a contraer aquella enfermedad contagiosa se desvaneció al instante y, en lugar de tratar de ponérselo, trataba en vano de quitarse aquella condenada cosa antes de que el daño fuera irreparable. No lo consiguió. No era sólo que el preservativo se le escurriera entre los dedos sino que, además, el detergente para hornos cumplía la palabra del fabricante: era capaz de arrancar en el acto la grasa incrustada en las paredes de un horno. Con un grito de agonía, el coronel Finch-Potter desistió de sus intentos manuales por librarse de aquel condón y, pasando a la acción antes de que aquella especie de lepra galopante se cobrara una nueva víctima, fue corriendo al cuarto de baño en busca de un par de tijeras. A su espalda, la Mujer Pecaminosa lo observaba con recelo creciente, y cuando el coronel encontró las tijeras de uñas tras vaciar en el suelo el contenido del botiquín sin dejar de gritar como un poseso, decidió intervenir.

–¡No, no, no lo hagas! – exclamó, pensando equivocadamente que los remordimientos habían acabado por vencer al coronel y que estaba a punto de castrarse-. ¡No lo hagas! ¡Piensa en mí!

La Mujer Pecaminosa le arrebató las tijeras, y si el coronel hubiera estado en condiciones de hablar, le habría explicado que lo hacía precisamente por ella. Girando sobre sí como un derviche desquiciado, el coronel tiraba del preservativo y de su contenido con tal saña que parecía querer destriparse. Los únicos vecinos que le quedaban cerca, los Pettigrew, estaban ya tan acostumbrados a la serenata nocturna, que no dieron ninguna importancia a sus gritos de auxilio. El hecho de que se oyeran también los chillidos de la Mujer Pecaminosa tampoco les sorprendió en absoluto: después de haber presenciado el repugnante espectáculo de degeneración de los Ráceme estaban curados de espantos. Sin embargo, los policías apostados al cabo de la calle no lo estaban. Cuando frenaron estrepitosamente delante del número 10 para acudir al escenario del último crimen, el bull-terrier les estaba esperando.”

Tuve que abortar la lectura cuando las otras tres chicas ya no podían aguantar más y era difícil seguir sin contagiarse. Ese verano me llevé el libro a otras excursiones en la playa. Te has traído al bastardo me preguntaban. Los domingueros que estuvieran cerca no debían entender de qué bastardo estaba hablando porque no había por allí cerca ninguna criaturilla con pinta de ser un bastardo. Hacíamos nuestro ritual de playa, llegar, tomar posesión de nuestro sitio, sandía al agua, nadar, charlar, otra nadadita, comer, recuperar la sandia, descansar un rato, y luego…. luego ayudábamos a tener una buena digestión activando nuestros abdominales y teniendo un subidón de serotonina riendo como unas descosidas mientras yo, aguantando el tipo todo el tiempo que podía hasta que ya no aguantaba más y me unía al coro de risas. Mientras, un poco más allá, un grupo de domingueros se debía preguntar que rayos habían esnifado ese grupo de díscolas adolescentes bañistas.

Thank you Tom, and good risas in the sky o cómo se escriba. Espero que los angelitos se partan de risa contigo cuando publiques allí tu próximo libro.

Tom+Sharpe

A veces quisiera ser una X-men

21 Oct

Hoy estoy un poco frikie, y que conste que no soy mucho de cómics, pero todo lo que es la lectura fantástica, además de la parte de historia, y muchas otras, atiborra las estanterías en esta casa. Entre mis libros, los que se trajo mi pareja cuando vino a vivir con nosotros y los que han ido entrando desde entonces, esto parece un pequeño paraíso frikinal, como dirían los chicos del Big Bang. Pues además de libros tenemos algo de pelis, muchas menos que libros, pero algunas hay. Antes de que tuviéramos a Tsunami, mi pareja y yo podíamos disfrutar  de unos fines de semanas de novios alternativos, que era el que mi ex tenía a Terremoto. Esto nos iba bien, ya sé que otros dirán que ellos no pueden disfrutar de este privilegio, pero lo cierto es que cuando mi chico se vino a casa y se encontró con la familia montada desde el primer día, y con Terremoto en uno de sus momentos aún de máximo esplendor rabietil…, además antes nuestra forma de salir era por internet, que así nos conocimos, después nos vimos en una convención, otra vez internet  y esporádicos viajes de fin de semana que hacía cuando podía a Barcelona y él se vino antes dos veces a Mallorca. Como veréis, el poder tener unos días de novios al mes, cuando uno ha empezado de esta forma no es tanto un lujo sino todo un placer.

Pero como siempre me voy desviando del tema. Estos fines de semana de novios hacíamos diversas cosas y una que podíamos hacer entonces era ir en ocasiones al cine. Ahora podemos, claro, pero a ver pelis Disney, Pixar o por el estilo, ya me entendéis. Ahora como no coincida con un día en que su madre se ha venido a ver al peque y esté algo más de dos días, ya que si viene sólo para un día o dos me sabe mal dejarla por la noche tirada… así que ahora nuestro nivel de pelis de mayores es considerablemente muy nulo

Pues bueno, cuando una aún iba con su chico al cine y podíamos ir a ver lo que nos daba la gana una de las pelis que vimos era la de la saga de los X-men.  No estoy recomendando la peli, pero para los que no sepáis de que va el asunto y resumiendo mucho pero mucho, mucho, viene a ser  una residencia-colegio para jóvenes mutantes con poderes chulísimos que crea el Doctor Xavier, de allí lo de X-men. Bueno si la conocéis mejor y si os interesa saber de que va seguro que hay muchas páginas con información mejor tratada que la que os pueda dar.

En ocasiones, más de las que os creéis, pienso que en ese momento me gustaría ser una mutante de los X-men, porque hay ocasiones en que el personal te lo pone de tal forma que una pequeña leccioncilla de superhéroe de cómic no estaría mal.

Hay días en los que tienes tantas cosas que hacer que te encantaría tener ocho brazos como la diosa hindú, ya sé que esta no es parte de los X-men, pero es la excepción.  Quien no ha deseado en ocasiones que le pudieran salir dos brazos extras o cuatro o seis  y tener ocho en total, así lo de limpiar, cocinar, preparar la lavadora, tender sería más llevadero. El hacer la compra en el super y poder atender a los dos lados del pasillo a la vez nos agilizaría las compras y reduciría considerablemente el tiempo. Las dos manos cuando uno tiene niños pequeños ya están muy ocupadas y un extra tampoco se echaría de menos, por ejemplo ahora mientras tecleo, podría atender al mismo tiempo al libro-puzle que me enseña Tsunami.

Poder gozar de velocidad supersónica también ha sido uno de mis deseos más deseados, sobre todo desde que soy madre. Yuuuuujuuuuu, se acabó lo de llegar con el tiempo justo a los coles de los nenes y luego al trabajo, pero bien pensado eso también se podría arreglar si una fuera como Arcángel, por la mañana me despeñaría por mi pequeño balcón con Terremoto bien cogido, lo soltaría cuando sobrevoláramos su cole y de allí iría rauda y veloz al currele ummmm que maravilla.

En otras ocasiones cuando la catástrofe se cierne sobre la habitación de al lado y los peques se están buscando las cosquillas uno con el otro por eso de la diferencia de edad y bla, bla, bla, pues seguro que si pudiera desintegrarme aquí y restructurarme en la otra habitación como el Rondador Nocturno, sería también una gran ayuda. Aunque seamos sinceros, si mamá pudiera hacer esto los tendría acojonados, tendrían pesadillas y perderían parte de su encanto infantil.

Aunque mis personajes preferidos son Tormenta y Magneto. Nunca os ha pasado que acabas de tender la colada y cuando está casi ya seca al vecino de al lado le pega por hacer una  barbacoa de boquerones y para que no le entré el olorcito en su casa lo pone justo al lado y bien pegadita a la pared donde tú tienes la ropa tendida al otro lado y además el viento viene hacia ti y todo el humo entra en tú casa y tú te quedas con la ropa oliendo a boquerones, la casa humeante, un cabreo de narices y encima sin poder catar un desgraciado boquerón  y cuando vas a pedirle que la próxima vez por favor te avise para poder recoger tú ropa y no haber perdido vilmente toda la mañana el tío te suelta que él hace los boquerones cuando le pasa por los mismísimo y que mi menda se joda. Pues eso me ha pasado en  verano hace unos años sí, pero en muchas ocasiones y tengo que decir que el numerito que se montaba el vecino cuando venía en plan hordas bárbaras con los amigotes del Inserso, hacía que cerráramos la casa a cal y canto y nos fuéramos a pasar el día fuera, cualquier sitio mejor que allí. Pues en momentos como esos una deseaba ser Tormenta, que además de que está muy buena y es la que tripula el cachivache volador que es una pasada y mola un montón, tiene el don de crear una tormenta en un plis-plas. Así que cuando te encontrabas con el vecino abusón pensaba que si pudiera convocar una tormenta y meterle un rayo a la barbacoa para que los boquerones se hicieran más rápido sería una gozada.

El otro personaje por el que suspiro habitualmente es Magneto, por dos motivos, porque lleva capita y a mí las capas me encantan, y segundo porque puede con su mente mover cualquier cosa que tenga metal en su composición. Este deseo irrefrenable de mover cosas me viene cada vez que una intenta aparcar cerca de casa. Muy cerca de donde vivo hay una academia de baile y está dentro de un trozo de calle pequeñito que es peatonal, así que no se puede aparcar allí al lado y lo que hacen los papis que se quedan embelesados viendo a través del cristal que da al pasillito como sus modernas y gráciles danzarinas descuajeringan el body a golpe de chachan cataplam plum, clam, champ, rataram, bugi, bugi, bugi coco pum, o una música que suena a algo semejante a esto. Pues esos padres en su ansia por ver a sus cachorritas tienen la mala costumbre de meter habitualmente el coche de cualquier manera y ocupan muchas veces el sitio de dos coches, en otras lo que hacen es pegarse tanto a tú coche que cuando te plantas delante de él piensas si tendrás que ir a bajar el abrelatas para hacer una entrada de emergencia en el toldo. En estos momentos es cuando una desearía ser Magneto para empezar a hacer volar coches y recolocarlos, moverlos un poco para atrás y el otro un poco para delante, así aún les sobra sitio para salir y  tú tienes un huequecito en el que aparcar tu buga.

Pero bien pensado, no se como se iban a tomar los vecinos eso de verme salir cada día por el balcón con un niño colgando, tener cuatro brazos para llevar las bolsas de la compra, provocar una tormenta cada vez que estrenan barbacoa nueva y hay boquerones y sobre todo eso de que cada día los coches acaben montando un ballet volador recolocándose. No se, no se, me da que sospecharían algo… ¡Pero señores! ¡Como disfrutaría en ocasiones siendo una X-men!

Hondas y esgrima antigua

21 Sep

Hace quince días en el Parc de la Mar hicieron unas actividades muy medievales. El Parc de la Mar es un gran parque que recorre gran parte de la fachada marítima de la muralla renacentista y de la Catedral. Ese domingo, aunque el Terremoto estaba con nosotros, prefirió ir con su padre ha probar un patinete que le habíamos comprado el día anterior y que está en casa de mi Ex porque nuestro piso es un cuarto sin ascensor y con muchas subidas y bajadas en las calles adyacentes.

Así que mi pareja, el Tsunami y yo nos dirigimos allí a ver la exhibición de esgrima medieval. Nos dimos la sorpresa de que también había una exhibición de tiro con honda, eso es muy mallorquín, al menos del tiempo de los honderos.

En la antigüedad los habitantes de Mallorca eran conocidos por su uso de la honda, le dieron más de una pedrada a los romanos, jeje, como Asterix, y también fueron después sus aliados.  Eran unos mercenarios muy codiciados por todos los ejércitos. Las mujeres iban vestidas con una especie de peplo, pero  los hombres iban como su madre les trajo al mundo y con unas sandalias y poco más. La leyenda dice que los honderos se entrenaban desde muy pequeñitos. Las madres colgaban la comida en unos recipientes de cerámica en los árboles y si lo tiraban comían, y si no lo tiraban, pasaban hambre y aprendían pronto a afinar puntería. No es que fuera exactamente como la poción mágica de Panoramix pero al menos el incentivo tenía algo que ver con los pucheros y las marmitas.  Cuando Roma fijó sus ojos en las Baleares (nombre derivado de las balas de piedra que tiraban con la honda) se las vieron y desearon. Cada vez que un barco se acercaba lo apedreaban, hasta que en el 123 a.C. Quinto Cecilio Metelo se le ocurrió poner en el lateral del barco pieles cosidas y así consiguieron llegar a tierra.

Por lo visto el pequeño tiene sangre hondera, porque se le dio bastante bien. Las hondas  pueden estar hechas de pita, de esparto y de cuero. Las mejores son las de esparto, y si bien se tira con piedras, la exhibición y los tiros de mi peque se hicieron con pelotas de tenis.  Si alguien quiere más información de este deporte, ver como se tira o saber como puedes hacerte una podéis entrar en la Federació Balear de Tir de Fona.

Después de nuestros pinitos honderiles nos acercamos a la parte superior de la muralla, cerca de un lugar conocido como Ses Voltes, allí con hermosa fachada sur de la Catedral de fondo, se encontraba el grupo de El Podenco Blanco. En realidad ya son unos digamos viejos conocidos del Tsunami y del Terremoto, porque nos los hemos encontrado en otros eventos, incluso una vez uno de ellos nombró caballero al Terremoto. Además de recreaciones históricas, este grupo da clases de diferentes tipos de esgrima. Papá y el peque no se perdieron un detalle y acabaron con “un arquero” hablando de tipos de armas, armaduras y técnicas de ataque durante la historia. Es que en el fondo somos unos frikis. Para acabar uno de los miembros del grupo estaba haciendo unas tallas sobre pizarra y había dado una pequeña clase a los peques. Los nenes seguían con su rudimentario trabajo bajo la mirada del “artesano” mientras que él seguía con su labrado circular con dragones.

A nosotros todo esto nos encanta y lo pasamos de fábula. Por desgracia en esta islita hay muy pocas actividades de este tipo y cuando ves por los blogs algún evento de este tipo se te van los ojitos detrás.

Después de esto “secuestramos” al peque que ya se estaba animando y pedía una espada, y nos fuimos a buscar al mayor y a comer algo.  El Terremoto estaba emocionado con su patinete y el Tsunami con la cuerda que tira pelotas y las espadas, así que fue un día completo aunque con actividades separadas.

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