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Mi experiencia con la droga

8 Oct

Que nadie se asuste porfa, sigo fiel a no fumar, no beber y no ir con mujeres, salvo con mis amigas cuando coincidimos todas y nos vemos. Lo que os voy a contar hoy ocurrió hace veintiun años, entonces yo tenía 26 y había conseguido una plaza de interina para un organismo oficial. Se me asignó un sitio en un centro de (como ponía el rótulo) acción social. En ese despacho se suponía que sólo estaban los técnicos y yo que hacía de auxiliar administrativo, y al principio fue así. Un día recibímos una llamada de “la central”: nos informaban que habría una reestructuración, que nos debíamos trasladar en cuestión de menos de un mes y que en nuestras oficinas ubicarían también un centro de desintoxicación para drogadictos y alcohólicos. Al cabo de dos días se nos presentó al personal que se encargaría de dicho servicio, una psiquiatra, una psicóloga y una asistente social en nuestro caso. Tengo muy buenos recuerdos de las tres, incluso entablé cierta amistad con la primera.

Yo como he dicho, en aquel entonces sólo tenía 26 años, nunca había trabajado con nadie con estos síntomas, yo que había sido una niña buena de colegio de monjas, que ni tan siquiera fumaba ni bebía y que era más bien tímida y modosita, me encontraba en 24 horas teniendo que hacerles la recepción, abrir ficha, llevar la agenda… los técnicos podían tener formación, pero yo sólo había opositado para realizar informes y trabajos administrativos, no eso.

Así que sin quererlo ni beberlo y sin formación alguna empezaron a llegarme los primeros pacientes. Aún me acuerdo de muchos, había un chico que era un down, su madre no recuerdo si era viuda, separada o qué, pero le había consentido todo, y el hombre, porque ya estaba el chico en la veintena bien entrada, se había tirado a los porros y a la coca. Tenía un carácter déspota y violento, la madre estaba acobardada, hacía todo lo que él le gritaba e intentaba de la mejor o peor manera justificárselo todo. Estaba todo el tiempo fumando como un poseso encendiendo uno con la colilla del otro y tirándote el humo a la cara en plan provocativo, apestaba a cigarrillos y recuerdo que me daba cierto asco su presencia. Por suerte para mi no fue de los que más venían al centro.

Había otro que llamó un día a la puerta, cuando yo estaba sola. Le abrí, fui a mi sitio y me puso sobre la mesa unos papeles. Este era un joven, de aspecto muy sucio y descuidado. Tenía el pelo moreno, largo y greñoso, la ropa era evidentemente puesta hacía varios días y dudo que se la hubiera quitado. Tenía las dos muñecas vendadas con vendas también de hacía varios días, algo desanudadas, con restos costrosos granates secos entre ellas. Le pedí que era eso y me respondió que era el informe de que acababa de salir la semana anterior de la cárcel y el informa médico conforme era Cero positivo. Me rogó que lo cogiéramos, que quería dejar todo eso, que había intentado cortarse las venas en la cárcel con el canto de una cuchara vieja, pero los carceleros lo habían encontrado y se lo habían impedido. Ese fue mi encuentro con el paciente número trece. Venía con su abuela, una abueleta majísima que te contaba batallitas, durante la guerra civil cuando sonaban las sirenas de los bombarderos ni se molestaba en acudir a los refugios ya que estaba sola en Barcelona, “si me tienen que matar me es igual en la calle que en la cama, así que yo sigo en la cama”, me decía. Esa valiente niña había tenido una hija, no sé muy bien que ocurrió entre ellas pero la madre la sacó de casa. La hija se había puesto a ejercer la prostitución y había tenido un hijo, el paciente número trece. Tampoco supe nunca porque había estado exactamente esa vez en la cárcel. Con el tiempo y contra cualquier pronóstico, ese chico consiguió salir de ello, incluso conoció a una chica normal que se enamoró de él y se casaron. Fue la última noticia que tuve de ellos después de dejar el centro.

Otro de los pacientes era un hombre ya en la treintena, se había iniciado en la droga al liarse con una azafata que era adicta. Había caído hasta lo más hondo que se puede caer, en ocasiones me contó algunas cosas que rizaban el pelo de la nuca. Consiguió ponerse en el programa de metadona y no le iba mal, hasta que conoció a otra yonqui y se enamoraron. Quiso ponerla en el programa pero no lo consiguió, así que para que ella tuviera una oportunidad compartía su metadona con ella. Como la dosis no le bastaba la sustituía con droga, y volvió a caer. Empezó a venir siendo muy violento con la psicóloga y su aspecto dejó mucho que desear. Un día me dijo “estamos viviendo en un cuchitril, en unos locales comerciales abandonados, llenos de trastos, cartones y humedad, hay incluso ratas por allí y tienes que entrar por un agujero de la pared. Ella se prostituye y trae la droga porque yo estoy tan colgado que apenas sirvo para nada. Nos pasamos el día follando y drogándonos pero soy muy feliz” Poco después de eso yo dejé ese centro. Un día la psiquiatra me llamó y me contó que la chica lo había encontrado en el cuchitril muerto de una sobredosis, se había asustado tanto que había huido y unos días después alertados por el olor lo habían descubierto.  Y así acabó, follando, chutándose y muriendo, nunca sabremos si feliz o no pero cuando lo encontraron estaba en posición fetal y con la aguja aún en el brazo, como muchos otros.

Había básicamente dos grupos de drogadictos, los que por las condiciones sociales de donde venían, familias desestructuradas, padres con infinidad de antecedentes, era difícil que los hijos no lo conocieran. Pero había otro grupo completamente distinto. Eran sobre todo chicos jóvenes, en edad de instituto, solían ser monísimos, no sé porqué, y tenían todos unas novias preciosas. Eran de familia media, media alta, de padres que se habían hecho a ellos mismos, que con su esfuerzo habían salido del sembrado para montar algún tipo de negocio próspero a base de muchas horas, trabajo y sudor y que habían intentado que sus hijos tuvieran un camino muchísimo mejor que el de ellos.  Esos chicos que se los habían dado todo, que se les había facilitado quizás demasiado las cosas, que se aburrían y buscaban diversión y experiencias. Te contaban todos que lo habían probado en los sitios de marcha, que total por probarlo no pasaba nada, que eso engancha a los demás pero a mí no, que yo controlo y sé lo que me hago, que por tomarlo una vez no pasa nada, que por tomarlo algunas veces tampoco pasa nada que yo me controlo… al final nadie controló nada y ellos fueron los controlados. Las novias los acompañaban y no querían que sus padres se enteraran. Al principio se respetaba eso pero había un momento en que los padres tenían que enterarse. Yo les llamaba, les decía que era del consultorio de una doctora que llevaba a su hijo y que quería una cita con ellos. Era difícil no mencionar de que iba el consultorio. Los padres llegaban desorientados, los hijos ya solían estar en el despacho. Entraban extrañados como si eso fuera una broma de mal gusto o que se hubieran equivocado de padres. La puerta del despacho se cerraba. Luego el silencio. Al cabo de unos minutos un grito ahogado o un llanto de mujer, en ocasiones el grito desgarrador de un hombre. A veces, esporádicamente, tuvimos que socorrer a alguna madre que cuando se había enterado de todo lo que se metía su angelito se había desplomado en el suelo. Luego la consulta parecía eterna, solía ser más silenciosa que violenta. Los padres salían, semblante aún más serio y más perdidos que cuando entraban. Ellas eran un río de lágrimas. Ellos o bien estaban desmoronados pensando donde habían fallado o bien no lo aceptaban, su semblante era de hierro y sus puños apretados en ambos lados del cuerpo de fuerte acero. Al final todos llegarían a aceptarlo, al final todos apoyaron en todo a su hijo, como habían hecho siempre. Al final las novias acababan cansándose de ser el soporte y no ver colaboración o avances y al final todas ellas acabaron dejándolos, aunque no seré yo quien se lo reproche, muchas hicieron todo lo que pudieron y más. Al menos reconozcámosles a ellas el mérito de haberles convencido para que acudieran al centro en busca de ayuda. Pero cuando luchas contra esos polvos blancos, esas pastillas o esa pastita, las derrotas son muchas y las victorias muy pocas, casi anecdóticas. La droga es una mala compañía, por mucho que nosotros seamos capaces y eso sólo les pase a los demás.

Recuerdo que en una ocasión le confesé a la psicóloga que después de ver todo eso me daba miedo ser madre. Ella me contestó que estaba convencida que los dos primeros años de la vida de un niño eran fundamentales, las amistades de juventud hacen el resto. Yo he tenido dos hijos, y ya han pasado ambos sus dos primeros años de vida. No sé si lo habré hecho bien o mal, pero me he acordado muchas veces de estas palabras. Ahora sólo me queda esperar que las amistades nos sean propicias y que en el futuro tengan la personalidad suficiente para darle un portazo en sus narices a la Señora Muerte y decirle bye bye no te necesito para divertirme ciao y busca a alguien con falta de personalidad que yo paso de tí.

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