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Pere Garau, ese especial mercado de los payeses del sábado

21 Feb

La Ciudad donde vivo ha cambiado mucho desde que yo era niña. Recuerdo que las plantas bajas eran lo normal. Había tiendas de ultramarinos y verduras en todos los barrios, unas cuantas. Nosotros íbamos a una llamada S’inquera (la inquera, natural de Inca) era una señora que cuidaba a su nieta, la mamá de la nena, su hija,  había muerto en el parto y la pequeña y el yerno vivían con ellos en el piso que estaba justo encima de la tienda situada justo al lado de la fábrica de sedas. Allí podías coger las patatas y ponerlas tú en la báscula y luego te metían la compra en la cesta de la compra, una de esas grandotas de tela como las que se han puesto ahora de moda pero más reforzadas, nada de bolsas de plástico, eso casi ni existía. También había varias carnicerías, la que solíamos frecuentar se llamaba Ca’n Pansa (casa de pasa, en alusión al apodo familiar) Mi madre me llevaba por la mañana y yo lo pasaba algo mal porque la carnicera era zurda y me parecía imposible que no se hiciera ningún corte, por no decir algo peor. Creo que eso tiene algo que ver con el miedo que les tengo a los cuchillos y a los objetos cortantes en general. En el barrio también había tiendas donde podías encontrar desde tornillos a jabón de pasta para fregar, detergentes, junto con azufre, sulfatos, lejías, fertilizante, estropajos y un sinfín de productos alguno de los cuales ahora no es frecuente ver, eran los colmados. Había uno en la calle de al lado de casa, enorme y con el suelo encementado, sin baldosas. Las mercerías también proliferaban, había muchísimas y encontrar un lugar donde te vendieran medias, calcetines, hilos, papel cebolla para los patrones, tizas de ropa, cremalleras y botones de todo tipo no era nada difícil. El mundo transcurría a otro ritmo, los coches no eran tan comunes, muchas calles aún no estaban asfaltadas, podías aparcar siempre delante de tu casa, eso cuando tenías coche, y si alguien lo hacía mirabas con extrañeza de quien sería ese vehículo intruso que osaba estar delante de tu puerta.

No sé si era mejor o peor vida, fue la que viví. Lo recuerdo más tranquilo, más lento, en blanco y negro como en las fotos. Fue una infancia en la cual las fincas tenían alturas moderadas y la luz del sol entraba por el balcón y llegaba hasta el recibidor durante horas y horas y veías las motas de polvo que flotaban a su trasluz, inertes y misteriosas, con dulzura. Eran tiempos en los que mis primos y yo nos entreteníamos dibujando o leyendo tebeos y cuando abrían el semáforo de la esquina nos parábamos y asomábamos al balcón de mi abuelo para contar todos los coches azules o blancos o rojos que pasaban por delante. Llevábamos la estadística de toda la tarde sin habernos descontado ninguno. Luego comunicábamos al resto de la familia cuantos habían pasado de cada color ese día. Era una época en la que no existían los supermercados, al menos por mi barrio, y el primero que hubo allí lo pusieron dentro de la plaza del entonces Pedro Garau, duró unos años. Era alucinante entrar dentro y ver cosas tan variadas y en tal cantidad todas expuestas en sus estanterías y pasillos, los ojos de los niños no paraban de moverse de un lado a otro  y creo que a muchos mayores también les pasaba lo mismo.  Cuando este cerró, empezaron a aparecer tímidamente los primeros supermercados de barrio y a ir desapareciendo poco a poco los otros comercios a medida que esos supers se iban consolidando, proliferando y aumentando de tamaño. Tengo por alguna parte una foto de mis primos y yo delante de este mercado, cuando abrieron ese primer super del barrio. En esa foto se ve detrás de nosotros la puerta del super y a su lado una máquina expendedora de refrescos de cola, situados uno al lado del otro hay dos niños y una niña. Uno, el más alto, esta con los brazos cruzados sobre el pecho. Lleva gafas de concha negras, se muerde los labios con cara de empollón y mira discretamente al cielo. Mientras el chico de al lado, algo más regordete,  intenta pisar el pie al vecino. Yo llevo el uniforme del cole, estoy en el lado derecho y  tengo los pies torcidos hacia fuera y apoyada en el canto exterior mientras junto las manos delante con los brazos bien estirados hacia abajo y  dedico a la cámara una de mis encantadoras sonrisas de niña con la cabeza ligeramente ladeada siempre a la derecha y mis dos coletas como banderas de un barco a los lados.

Pedro Garau, o Pere Garau como se le llama actualmente, es uno de los varios mercados que tiene la ciudad.  Fue inaugurado en 1943, consta de un gran edificio rectangular en medio de dos zonas abiertas, como plazas. La superficie cubierta es de unos 937 metros cuadrados según he consultado y para que os hagáis una idea de su importancia os diré que el 1994 había registrados 27 paradas de pescadería, 24 de verduras y frutas, 17 carnicerías, 8 ultramarinos, 7 hornos, 4 bares, 3 puestos de salazones, uno de frutos secos, otro de legumbres cocidas, uno de venta de conservas, un herbolario, y también una floristería, papelería, mercería y perfumería. Actualmente en el interior debe haber más o menos el mismo número de puestos y servicios, algunos puede haber cambiado como un nuevo zapatero remendón, pero poco más. El mercado interior es diario, de lunes a sábado y sólo por la mañana. En este los productos a la venta son del MercaPalma. El mercado exterior que es el que me gusta más, porque muchos puestos son de los mismos payeses que llevan sus productos cogidos el día anterior, algunos combinan los propios con otros del mencionado MercaPalma. El exterior  se hace en días alternos, los martes, jueves y sábado, que es mi día. En este y según los datos de 1994 había 198 paradas de verduras y frutas y 95 de ropa y derivados. También hay dos o tres de semillas y plantas para sembrar y uno de venta de animales vivos que ocupa uno de los laterales más estrechos y siempre está colapsado por el poco espacio y los chiquillos que miran los conejos, palomas, gallinas, canarios y demás animalitos. Como veis Pere Garau es todo un mundo.

Mi madre era de las que se resistía a comprar las verduras, las frutas, los huevos, la carne y el pescado en los supers, salvo alguna excepción puntual, e iba siempre a este mercado para abastecer nuestra casa de lo más fresco y bueno que encontraba. Yo de niña la he acompañado muchas veces y aprendía a distinguir esos detalles que diferencian una fruta de otra. Cuando era pequeña tuve unos cuantos gatitos, y las pescaderas del mercado me guardaban pescado que había sobrado y me lo vendían por unas monedillas simbólicas para que se lo diera a mis mininos. En el corral de casa se montaba un festín gatuno cuando me acercaba allí a la salida del cole y luego volvía con la compra envuelta en una gran hoja de papel.

Muchas veces de niña acompañé a mi madre allí, y luego de adolescente. Cuando me casé empezamos a ir las dos y luego ya iba yo por mi cuenta. He conocido unos cuantos puestos en los que lo llevaba una señora, luego vino a ayudarle su hijo y ahora son ellos, los hijos,  los que lo llevan. Algunos han crecido conmigo y nos conocemos de hace muchos, muchos, muchos años. Nos saludamos por el nombre y pedimos por nuestros padres o nuestros hijos. A  algunos los he visto con barriguita y luego me han enseñado las fotos del nieto o del hijo, he visto fotos de bodas, de nacimientos, he conocido historias de cómo se cultiva, como se hacen ciertos platos, de enfermedades, de las competiciones que hacen los niños, de viajes… he visto muchas historias la mayoría buenas y unas pocas más trágicas, y yo también he compartido las mías.

Siempre están allí, cuando hace sol bajo sus lonas y cuando llueve tienes que ir con cuidado con los golpes de viento que las levantan y hacen que el agua acumulada sobre ellas caiga de golpe dando algunos sustos y a veces algunos chapuzones. Los payeses intentan controlarlos tirando el agua cuando se acumula empujándola con los palos del puesto, pero siempre hay algunos sustos y el peligro del inesperado chapuzón.

Cuantas veces me han dicho “éstas no, mejor ésta”, cuantas veces me han guardado algo especial porque saben que yo suelo pasar de tarde y eso le gusta a los niños, cuantas veces les he encargado algo y se han acordado de mi petición.  Así que como veis, este es un sitio muy especial para mí, no sólo somos clientes y dependientes, somos amigos, conocidos de toda la vida, no somos gente, somos personas.

Los productos que se venden allí, frescos, frescos, locales, de temporada,  justifican de largo el hecho de mi desplazamiento semanal. El poder encontrar cosas que en otro sitio no están ni de lejos al mismo nivel es todo un lujo. Pero también sobre todo es seguir manteniendo esa tradición, esta amistad con los payeses que van a vender allí, con el de las naranjas, los de las verduras,  la de los huevos… sólo se sus nombres pero es como si fueran casi de casa, de la familia, de una familia muy especial que se llama mercado de Pere Garau.

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