Cuestión de dedos: la mecanografía, esa gran olvidada.

12 Mar

Como diría el refranero español, hoy vamos a poner una pica en Flandes y es que os vamos a hablar de una materia que actualmente está muy olvidada y que precisamente por los derroteros por los que avanza nuestra sociedad tendría que ser de candente actualidad. Bueno, tal vez me he pasado un poco con eso de candente, pero que tendría que tenerse más en cuenta de lo que se tiene, eso sin dudarlo. Estamos hablando nada más y nada menos que de nuestra ancestral, mohosa y polvorienta mecanografía, esa gran olvidada.

A lo largo de mi carrera académico/profesional una ha tenido que hacer toda una serie de estudios que o bien fueron interesantísimos o bien unos auténticos tostones. También estos estudios se pueden medir según el grado de utilidad posterior, algunos fueron ultra provechosos y otros lo justo para tener el titulín que te daba puntos para lo que fuera. No siempre el grado de disfrute durante su estudio y el provecho que luego he sacado de ellos han ido de la mano. La mecanografía fue uno de ellos.

En casa de mis padres había una máquina de escribir, una de esas mastodónticas de hierro fundido y esmaltadas en negro mate, una máquina de esas que sale en las redacciones de los periódicos o en las oficinas de los detectives privados de las pelis de blanco y negro de los años treinta. Era una Hispano Olivetti M-40, una preciosidad de máquina. Mi padre se la compró hacía lustros a un señor que tenía una academia de mecanografía. Mi padre cuando llegó de Francia a Mallorca con quince años tuvo que aprender el idioma y sacarse los estudios en horario nocturno, por el día ayudaba en los ultramarinos que tenían mis abuelos. Mi padre siempre fue de esos que creía que con estudios se podía llegar a algo y que mejor tenerlos y emplearlos cuando fuera tu momento que no quedarte sin momento porque no los tenías. Así que mi padre cuando hubo acabado el bachillerato se empezó a sacar cursos de contabilidad, taquigrafía, inglés y mecanografía entre otros. Años después ese esfuerzo se vería compensado, pero entonces aún no lo tenía claro y él mismo se pagaba esos estudios con el dinero que podía ahorrar, que no era mucho. Supongo que el comprarse esa máquina entonces le supuso un esfuerzo titánico. Aprovechó cuando el señor que le enseñó renovaba máquinas. Este señor le había cogido cariño y le seleccionó la mejor del lote y se la dejó, no recuerdo por que precio me dijo. Así que una de las aficiones de mi niñez fue aporrear esa máquina e ir jugando a que era una intrépida reportera, secretaria, novelista, aventurera, profesora o cualquier cosa en el que el uso de la máquina tuviera algo que ver. ¿Qué niño hubiera podido resistirse a ello?

Un día mi padre me sacó su antiguo manual de mecanografía. Debía pensar que aprovechando la fetichista atracción que la máquina ejercía sobre mis deditos era una buena forma de conseguir que aprendiera a manejarla. Pero aquí se equivocó. No se le puede dar a una niña de diez años un manual amarillento y polvoriento del año catapúm chimpúm diciéndole  “ahora léete esto y ponlo en práctica”. Porque sinceramente, la chispa que tenía el ser era una intrépida reportera, secretaria, novelista, aventurera, profesora o cualquier cosa en el que el uso de la máquina tuviera algo que ver, perdía de golpe todo su encanto. Así y todo, una era por esa época una niña buena que no quería defraudar a su papá, amén que en ocasiones se me sentaba al lado para ver los progresos que había hecho su niñita. Desde entonces mis visitas a la máquina tenían dos momentos, el coñazo del qwert poiuy y los divertidos de redacción y desenfreno sin límites. Con el tiempo,  fui desarrollando una cierta soltura que me permitió escribir con bastantes dedos, no todos, pero sí con más de dos dedos.

m3

Todo esto me fue de gran provecho cuando fui a la facultad, porque allí nos hicieron hacer diversos trabajos. En esa época, cuando yo era universitaria, los ordenadores personales no estaban al alcance de todos. Unos pocos/as privilegiados tuvieron alguno en los dos últimos años, pero en esa época los trabajos se hacían en máquina de escribir y luego si querías quedarte con una copia o bien ibas a la imprenta y lo fotocopiabas o bien hacías una copia en papel carbón cuando los tecleabas.

Cuando acabé la facultad estuve trabajando unas cuantas temporadas en archivos municipales, pero eso me cansaba. Era un trabajo poco estable que suponía un gran desplazamiento cada día y tampoco es que estuviera tan bien pagado. Cuando acabábamos las campañas de archivos teníamos que hacer un inventario y ese inventario, evidentemente, aunque la administración ya tuviera ordenadores, era hecho en máquina de escribir. Vamos, que me pegué unas palizas de máquina impresionantes, además de las palizas de coche. Por ese motivo, cuando ya llevaba hechas dos campañas de archivos y tres archivos ordenados a mis espaldas, decidí que quería buscar otro trabajo. Aprovechando un cursillo del INEM tuve que hacer unas prácticas, a mí me tocó en el departamento de personal del Ayuntamiento de Palma. Allí conocí a un señor que preparaba para los exámenes de auxiliar administrativo. Me pareció un cambio interesante. No es que de auxiliar se pudiera sacar mucho jugo a mis cinco años de carrera, pero como decía mi padre es una forma de tener algo fijo y luego ya te dedicarás a ir buscando algo mejor. De esta forma, sin comerlo ni beberlo, entré en el mundo del sistema funcionarial y de las oposiciones. Empecé como auxiliar administrativa chusquera interina y con el tiempo y tras siete oposiciones he acabado de técnico de biblioteca, así que también tengo un master en preparar oposiciones y espero no tener que hacer nunca un post-grado, para mí se han acabado a ser posible para siempre.

Las primeras oposiciones a las que me presenté y que al final me suspendieron en el último examen fueron las de auxiliar del Ayuntamiento de Palma. En ellas una de las pruebas más temidas era precisamente la primera de todas. Señoras y señores, el Ayuntamiento de Palma tenía (desconozco si aún la tiene) una prueba de mecanografía en la que te exigían un mínimo de 250 pulsaciones por minuto.  Esta era la primera prueba y eran excluyentes, así que uno ya podía ir bien preparado en derecho administrativo, informática, catalán o taquigrafía (esta última no era obligatoria pero daba puntos) que si no pasabas la máquina ya no te examinabas de las demás. Como os he dicho, yo no lo hacía del todo mal, empleaba ambas manos y bastantes dedos de cada mano, tenía mi velocidad y muchos años de experiencia, pero reconozcámoslo, no daba la talla para afrontar un examen de ese calibre. Así que mi padre me llevó a la academia donde él había estudiado de joven, que ya no regentaba ese señor sino su hija y su nieta.

La hija era una señora espigada con la espalda muy tiesa como si se hubiera tragado un palo, pelo blanco inmaculado de peluquería y laca, gafas de metal dorado y unos joyámenes de bisutería con collares, pulseras, pendientes y anillotes de cualquier forma y estilo menos discretos. La hija era más normalita, no tenía ni el glamour ni la vetustez de la madre, sinceramente, no la recuerdo, pero es que uno tenía que ser muy especial para destacar al lado de esa mater.

La academia bien podría haber sido la misma que en tiempos de mi padre, salvo porque las máquinas eran más modernitas y tenían una pantalla en cada cubículo. Estaba situada en pleno casco antiguo, en una bocacalle estrechita y sombría de una de las avenidas principales. Concretamente en un entresuelo poco señalado y con una escaleras también estrechas y oscuras. Los sábados por la mañana, madrugaba bien prontito porque a las ocho tenía mi clase. Daba dos seguidas porque el resto de días no podía ir. La academia era una gran sala que si no fuera por los fluorescentes del techo hubiera sido también lúgubre y oscura como el resto de decorado que la rodeaba. Había un montón de filas con unos cubículos numerados como si fuera para telefonistas de pelis de blanco y negro. El mueble era de madera maciza en color roble viejo oscurecido, pulido y brillante por el paso de los años, daba gusto acariciarlo, tenía ese tacto especial que sólo se consigue tras muchos años de roce. En un lateral, separando la zona de máquinas de la zona de” las señoras”, había una enorme estantería también vetusta y con solera, con columnas entorsilladas. En ella un modelo de cada una de las máquinas que habían pasado durante años por esa dependencia, junto con los antiguos manuales y otros objetos decorativos dignos del más preciado de los anticuarios. A mí esa estantería me tenía enamorada, era una auténtica pasada y me gustaba mirarla cuando pasaba a su lado. Luego nos sentamos y descubrí, pese a mi arrogancia inicial que creía que yo debía saber mucho, que no sabía tanto como creía. Más bien tenía que olvidar lo aprendido y volver a empezar desde un principio. Así que durante semanas los ejercicios de qwert poiuy volvieron a serme demasiado habituales. Estos ejercicios aparecían en la pantalla que teníamos delante, así evitábamos mirar el teclado y más tarde aprendí a transcribir directamente un texto mirando única y exclusivamente el texto. Cuando los ejercicios de qwert poiuy acabaron, empezamos con las frases con signos de interrogación, de exclamación, frases con cifras, con decimales, con tabulaciones… luego llegaron los textos. Soporíferos como ellos solos, aburridos para cualquier chica de veinticinco años un sábado por la mañana. Recuerdo especialmente uno que les encantaba ponerte, se trataba de “un tratado” sobre el coral. Empezaba describiendo al coral, dándonos un montón de datos sobre su crecimiento, su reproducción, la formación de las islas coralinas y las barreras de coral. ¡Cielos! Jamás creí que el coral pudiera llegar a ser tan tremendamente aburrido y que llegaría a traumatizarme de esa forma. Desde entonces no he visto de la misma forma al coral y cuando años más tarde pude ver un documental sobre él, los del National Geographic no dijeron nada nuevo que no supieran las dos dueñas estiradas de la academia de mecanografía. Eso sí, diremos a favor del National Geographic que su coral era más llamativo, más vistoso, con más colorines y menos estresante para mis neuronas y mis deditos.

De esta forma fue como esta que os escribe alcanzó la soltura de más de 250 pulsaciones por minuto. Me presenté al examen con mi Olivetti M-40 de dieciséis kilos y medio (la pesé en la báscula) había tenido que construirme un artilugio para transportarla y subir escaleras con ella, porque sinceramente, la máquina de mi padre era de todo menos liviana y portátil. Que decir que los examinadores fliparon en colorines cuando la vieron, aunque algo menos que el señor al que la había llevado antes para que le hiciera la puesta a punto y que me recomendó la hija de la señora estirada. El pobre hombre casi le da algo cuando me vio entrar con ella. Hacía años que no veía una de esas y se emocionó mucho. Es un honor volver a tener una, casi pagaría para ponértela a punto. Pero no fue así, y quien tuvo que pagar fui yo, pero tengo que decir que hizo un trabajo excelente, nunca había ido tan fina y tan rápida.

El examen de mecanografía del Ayuntamiento no es comparable a ningún examen de máquina de la academia. Allí nos pusieron en unas mesas larguísimas, no individuales. Era algo así como las mesas de los convites de boda cuando la sala se dispone en forma de “U”. Nos dieron un papel del revés y a la que te decían “un, dos, tres”, girabas la hoja y te ponías a teclear como alma que lleva el diablo. Antes del examen el silencio es atronador. Después del “tres” el ruido es atronador. Algo que te despista mucho y te deja desorientada. De golpe con el teclear de las nueve o diez máquinas que cabían en cada fila las mesas empezaron a temblar y las máquinas a moverse, con lo que había un momento en que tenías que pararte para volver a colocar la máquina y seguir porque había girado casi noventa grados. Mi Olivetti con sus dieciséis kilos y pico fue de las que menos se tuvieron que recolocar, pero las auténticas portátiles de maletín o las que habían sido alquiladas a propósito para la prueba fueron objeto de múltiples recolocaciones, con el problema que eso acarrea a las ya difíciles 250 pulsaciones. Un auténtico infierno. Al final no aprobé esas opciones. Aprobé otras en otro sitio, también de auxiliar, y el saber escribir a máquina me ha servido mucho en mi vida laboral, pero mucho, mucho, mucho.

Si hoy en día alguien me preguntara cual ha sido el curso que más te ha aburrido no tendría muy claro si se lleva el primer premio los de latín o la mecanografía. Si alguien me pregunta cual ha sido el que más provecho he sacado, sin duda y sin pensarlo diría que de largo el de mecanografía.

Hace unos días una de las clientas de la biblioteca me confesó que cuando oye que me pongo a teclear a toda le doy una envidia enorme. Ella está haciendo la tesis y es de esas personas (como muchas, no nos engañemos), que tan sólo teclea con dos dedos y claro, se da algo de prisa, pero comparándose conmigo, pues como que es frustrante. Me hizo gracia porque nunca nadie me lo había comentado, pero unos días después otra clienta me hizo exactamente el mismo comentario. Entonces pensé (porque como para mí lo de escribir con cinco dedos, sin mirar la pantalla y a toda ostia es lo más normal del mundo) que era curioso que precisamente en la era de la informática que estamos viviendo, en la que se usa más el teclado que el bolígrafo y en el que uno se pasa gran parte de su vida aporreando el ordenador (además del móvil que para eso sí que se hacen servir dos dedos, aunque no los mismos que con el teclado) Pues eso, que resultaba curioso que la gente no aprendiera algo de mecanografía para poder sacar más provecho y tener que dedicar mucho menos tiempo para escribir una simple hoja o como en este caso tres hojas y un cuarto. Está visto que con eso de ir lanzada cuando una escribe me salen unas entradas larguísimas… será cuestión de volver a teclear con dos dedos para ver si algún día consigo que me salga una entrada más modosita, que está visto que no hay forma.

blank sheet in a typewriter

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10 comentarios to “Cuestión de dedos: la mecanografía, esa gran olvidada.”

  1. Tonia 14 de marzo de 2014 a 1:56 pm #

    Me encantan tus entradas larguiiísimas!! jaja, yo escribo con dos o tres dedos y a veces me he planteado aprender, le he preguntado a un familiar que me fascina como escribe de rápido y me ha dicho: pon los dedos sobre el teclado y presiona siempre la tecla con el dedo que esté más cerca! Ahora veo que tiene su técnica, voy a buscar algún curso on line.

    Un saludillo 🙂

    • Laura 14 de marzo de 2014 a 8:33 pm #

      Jajajaja, que alegría que te encanten las entradas larguiiiiiísimas, porque has encontrado tu blog, jajajajaja. Es que no hay forma de que me salga algo corto.
      Bueno, eso de presionar la tecla con el dedo más cercano es cierto, pero se tiene que saber que dedo y que teclas son las que corresponden a cada dedo y esa tontería tiene su técnica, sosa pero técnica. Cuando la consigues vas volando. Con la máquina de escribir es más dificil por varias cosas:
      1º si te equivocas no hay tecla de borrar.
      2º para teclear tienes que “aporrear” la tecla con más fuerza
      3º Hay ciertas opciones en que para teclearlas tienes que tener pulsadas dos teclas y no son tan suaves de hacer como con el teclado del ordenador
      4º cuando acabas la frase tienes que hacer correr el carro manualmente.
      En los examenes te daban un tiempo, ahora no lo recuerdo, creo que cinco minutos o diez. En ese tiempo tú tecleabas el texto. Luego con unas plantillas que tienen cuentan la cantidad de teclas que has pulsado, incluyendo evidentemente los espacios, pero si un signo implica pulsar dos teclas creo que sólo se contaba una vez. Luego si lo habías escrito bien ese era el número que se calculaba por regla de tres cuantas pulsasiones habías tenido en un minuto. Pero si cometías erradas o faltas de ortografía (incluidos acentos) se te descontaba una pulsación. Al final con todas las válidas el cálculo tenía que dar 250 pulsaciones por minuto como mínimo
      Evidentemente, cuando uno hace eso con una máquina de escribir, cuando tienes delante el teclado de un ordenador las superas de largo.
      Además con el ordenador casi no levantas los dedos, los desplazas por encima como si hicieras patinaje sobre hielo. No tienes los niveles de la máquina, jajajaja.
      Espero no haberte desanimado y te recomiendo el curso on line. Seguro que al final no te arrepentirás cuando hayas acabado y te deslices sobre el teclado con soltura y rapidez.
      Hasta pronto.

  2. MisMellis 18 de marzo de 2014 a 11:03 am #

    Yo aprendí mecanografía en una pequeña academía del barrio donde me crié… fuí con doce o trece años y alcancé una soltura en esto del tecleo sorprendente…. mi madre luego me compró una maquina de escribir de esas eléctricas para hacer mis trabajos del instituto y poco después empecé a usar el ordenador de Papimelli (porque yo no tenía) a día de hoy agradezco que mi madre me llevara a aprender porque durante mucho tiempo para mi trabajo fué importante…

    • Laura 18 de marzo de 2014 a 12:09 pm #

      Yo reconozco quendo me interesé por esa oposiciones que lo de la máquina me cayó como un tiro. Pero luego comprendí lo útil que realmente era y si tengo que ser sincera, creo que además del Ayuntamiento, yo pondría esa prueba como obligatoria para cualquier oposición, sobre todo las de auxiliar administrativo o las de administrativo, que son los que más papeles teclean en la administración. Es que ir a tramitar algo y encontrarte a un funcionario dandole al teclado con dos deditos, es lamentable, sobre todo al conocer la diferencia.
      Creo que así como van las cosas y la importancia que tiene la informática, no estaría de más que en los colegios se pusiera o al menos se pudiera ofrecer como opcional o extraescolar.

  3. maria 18 de marzo de 2014 a 1:28 pm #

    ¡Qué recuerdos! Yo vivía en un pueblo pequeñito, pero pequeñito de verdad, y cuando tenía once años una academia propuso al colegio venir una tarde a la semana a dar clase de mecanografía. Mis padres, obviamente, dijeron sí para mi hermano y para mí porque el saber no ocupa lugar.
    Aprendí con una máquina bastante antigua, no recuerdo cual era, pero sí el dolor del meñique cuando pulsaba la a y la ñ… y el sistema era parecido al tuyo (nos tapaban las teclas con pegatinas para que no mirásemos). Cuando pasamos a los textos… llegó mi horror, horas y horas copiando fragmentos del Quijote. Imagínate, más de veinte años después todavía lo odio.
    Eso sí, soy de tu opinión, han pasado veinte años, pero mi soltura en un teclado es incomparable a cualquiera que no haya ido a mecanografía, por mucho que escriba, no miro teclado, sólo texto, y para mí el teclado del ordenador “está tirado”… Agradezco a mi padre que pagase esas clases…
    Maria

    • Laura 18 de marzo de 2014 a 5:14 pm #

      Hola Maria. Había olvidado lo del dolor de meñiques, uyyy… que tiempos aquellos y como los dejabamos a los pobrecitos. Es cierto que ahora con el ordenador uno no acaba con los dedos artrósicos de tanto aporrear las teclas. Es curioso porque hace años por no decir lustros que sólo uso ordenador y cuando me embalo aún les meto un cebollón a las teclas que no se como es que nunca me he cargado ningún teclado.
      En mi caso por suerte no me pusieron a copiar el Quijote. ¡Dioses! ya son ganas de hacerte coger mania a un librito muy bueno. Eso es peor que la tortura malaya. En mi caso como ves la principal víctima fue el coral. Había otros textos, creo recordar vagamente uno de volcanes… ainssss….
      Cuando preparaba las oposiciones había una chica que tenía un montón de pulsaciones, pero muchas, muchas, muchas, era un rayo. Una vez le preguntamos como lo había conseguido. Nos respondió que para ensayar en casa cogia libros en alemán y otro idioma que no conociera y los pillaba de texto. A la hora de corregir era más lento, pero como lograra copiarlo bien haciendolo en una lengua que desconoces, pues luego cuando le daban un texto con palabras que dominaba entonces iba a toda milk.
      Gracias por haberte pasado por este paseo por la nostalgia. Mis meñiques les envian saludos a los tuyos.

  4. Mo 24 de marzo de 2014 a 6:40 pm #

    A mí mi abuela intentó convencerme para aprender mecanografía hace unos cuantos -muchos- años. Pero era con máquina de escribir, y yo siempre me despellejaba el meñique entre las cuatro teclas del extremo. Desistí. Pero reconozco que es utilísimo. Yo no voy muy lenta (uso varios dedos), pero sé que con mecanografía sería la leche. Lo malo es que estoy tan viciada de hacerlo mal que me cuesta horrores cambiarlo…
    Besotes!

    • Laura 25 de marzo de 2014 a 9:31 am #

      Eso es lo que me ocurría a mí cuando fuí a la academia, había mirado lo de los manuales y algunas cosas las hacía bien, pero como dices, con las máquinas de escribir los pobres meñiques acababan espachurrados y si no recuerdo mal esos dedos en concreto no los solia usar. Allí me enseñaron como colocar bien las manos para que eso no ocurriera y creemé, se nota mucho la diferencia entre como escribes ante y como escribes después. También se nota mucho la diferencia entre hacerlo a tu forma a que te enseñen exactamente de que forma hay que colocar la mano y los dedos. Aunque también advierto que cuesta un poco quitarte lo que ya sabías y coger lo nuevo, fue un auténtico rollazo (pongo rollazo para no usar otra palabra por si leen menores, pero sustituyela por lo que primero te venga a la mente). Lo mejor del rollazo es que si consigues superarlo los resultados son muy buenos.
      Tengo entendido que también se puede aprender ahora mecanografía con el teclado del ordenador, quizás así sea más cómodo y los meñiques no fallezcan en el intento.
      Lo que más me dolió del todo cuando aprendí mecanografía y cuando preparé esas oposiciones, fue que para conseguir más pulsaciones tuve que cortarme mucho las uñas. Las he llevado largas desde los doce años y para mí llevar uñas cortas es perder completamente el tacto en los dedos y no ser capaz de coger una moneda que está sobre la mesa. Tampoco me las corté a ras de dedo, pero sí que tuve que bajar mucho su largo y alguna sucumbió por el camino, aunque luego volvieron a crecer.
      Un beso encanto.

  5. María C 28 de marzo de 2014 a 10:59 pm #

    Siempre tengo la duda de que es más rápido, si aprender mecanografía o continuar escribiendo como lo hago (con todos los dedos pero en cualquier orden), ya que me cuesta despegarme de mi antigua costumbre! Igual creo por una cuestión lógica que una vez que aprenda mecanografía tendría que ir aun más rápido

    • Laura 29 de marzo de 2014 a 7:25 pm #

      Te diré que cuando aprendes mecanografía vas más rápido, lo único es que cuesta quitar la costumbre de teclear donde uno le da la gana. Pero por lo que se refiere a rapidez y eficacia es muchísimo mejor que cada dedo vaya donde toca, aunque esto parezca una tontería. Que conste que no tengo ni tienda ni acciones de academias de mecanografía, que parece que les estuviera haciendo publicidad aposta.
      Encantada de tenerte por el blog y espero haberte ayudado si tenías alguna duda.

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