De mis bodas

5 Feb

Antes de empezar abriré un pequeño paréntesis, tranquila Mari, no, de momento no me he casado de extranjis con tu hijo sin decíroslos, cerramos paréntesis y seguimos.

Hace unos días Mamimellis nos contó en un post como la habían invitado a una boda de una prima a la cual prácticamente ni ha visto en su vida y lo que opinaba ella de las bodas. Me hizo gracia porque hace unas semanas que nos anunciaron que para finales de agosto tenemos boda en Burgos y lo más seguro es que estemos invitados. En nuestro caso al menos la novia es algo más conocida. También es una prima de mi pareja, aunque en este caso se han visto y hablado más que un par de veces en su vida. Pero por otro lado tengo que confesar que lo de ir de boda a finales de Agosto que es cuando peor lo tengo y que tendré que llevarme a la familia en pleno y que Terremoto odia las bodas y tendremos que pagar cuatro pasajes, más el hotel, más el coche, más los trajes (que la boda del  hermano de esta chica no fue precisamente una boda sencillita) y luego el regalo y nuevamente el traslado y el sol y el calor y que en Burgos en agosto hace más calorcillo que en Mallorca (que ya hace)… pues sinceramente, me da una pereza impresionante, aparte que no sé cómo lo voy a tener en la cuestión días libres y niños libres.  Ya veremos. Así que entiendo perfectamente a Mamimellis.

No obstante, los comentarios que hacía Mamimelli sobre las meras representaciones y teatrillos en las que se convierten a veces las bodas o como le gustaban a ella, me recordaron un poco a mis bodas. Porque señores, yo he tenido en cierta manera dos bodas, aunque sólo vale una de ellas.

La primera, la oficial, fue por la iglesia con mi ex. Entonces yo tenía veintiocho años y gozaba de una esbelta figura. El salir de casa sin pasar por la vicaría era algo impensable e innegociable para mi madre. Por mi parte no había ningún problema ético en ello. Por parte de mi pareja era otra historia,  lo de la iglesia le sobraba y a su madre también, pero su padre prefería el modo tradicional eclesiástico. Así que buscamos una iglesia que nos gustó. Era muy bonita, estaba en un lugar tranquilo, fácil de llegar y con una gran zona de parking al lado. Tenía un altar precioso que me enamoró sólo verlo,  lleno de mosaicos dorados preciosos. Tengo que confesar que los mosaicos bizantinos me chiflan, así que en ese aspecto la iglesia era magnífica.  El cura nos empezó a hablar de no sé qué de un cursillo matrimonial que se suponía tendríamos que hacer durante no sé cuántas semanas. Entonces por pura casualidad mi ex se fijó en una inscripción en latín que había en la parte alta y rodeaba toda la nave central. Aún no me explico porque le dio por traducirlo en voz alta, supongo que para no oír al cura (ya os he dicho que él era bastante anti-iglesia y anti-curas) de hecho ha sido la única vez que le he oído traducir algo del latín…, de hecho, ni sabía que supiera latín… y mucho menos traducir algo. El cura cuando oyó eso se cómo emocionó y yo me sorprendí. Así que le cura decidió por las buenas que si alguien era capaz de entender algo en latín y sobre todo si ese texto estaba en su iglesia, debíamos ser unos buenos cristianos. Por lo tanto no necesitábamos ese, hasta hace apenas unos segundos, necesario e imprescindible cursillo prematrimonial. No recuerdo que debía decir esa frase, pero estaba visto que era la sinopsis perfectamente conjuntada de la esencia de unos cursos matrimoniales comprimidos en una sentencia. Así que una vez solventado el asunto iglesia, centramos nuestros esfuerzos en encontrar un buen restaurante, organizar todos los invitados (que no es moco de pavo), buscar vestidos, fotógrafo y montar el viaje de novios.

Si creíamos que el tema iglesia estaba solventado era que en eso de las bodas éramos novatos. La organización de la iglesia tuvo anexionado unos cuantos problemillas. No fueron muy complicados, pero sí curiosos. Por ejemplo, le propuse al cura si podíamos escribir nosotros las peticiones de la boda y se mosqueó un poco y me dijo que siempre que no pusiera que eso era así hasta que nos divorciáramos… Yo no sé qué había visto ese señor para decir eso… pero bueno… Le propuse también si un amigo de mi padre que sabía tocar el órgano podía hacerlo y me dijo que él lo tenía todo controlado y nadie tocaba el órgano. La sorpresa fue el día de la boda que en el mismo altar tenía empotrado un mando con el cual controlaba el aparato de música de la sacristía que ya tenía preseleccionadas las músicas e himnos de cada momento… eso sorprendió a todos. Pero el problema más curioso y casi apocalíptico, fue debido a la “decoración” del altar.

Resulta que nosotros nos casábamos dieciocho días antes de que empezara Pascua. Unos cuantos días antes de la boda fui por la iglesia y me encontré todo el altar lleno de damascos morados. En el altar había un crucifijo exento con un Cristo precioso y detrás de él había montado todo un teatro en plan lúgubre que no era precisamente discreto. A mi madre casi le da un sincope cuando vio aquello. Eso de que su hija se casara con el altar morado le daba mal yu-yu. Además para montar el teatrillo de detrás del crucifijo había quitado las cortinas de la puerta de entrada. Nos quedamos las dos patidifusas y le pedí a a que venía eso, y lo más importante para evitar que mi madre estallara cual Vesubio, si eso lo habría quitado el día de la boda. Me dijo que todo ese escenario era porque faltaba poco para Pascua y que no pensaba quitar nada y mucho menos el crucifijo, que a ver si teníamos algo en contra del crucifijo. Le contesté que evidentemente, contra el crucifijo no teníamos nada, pero que sí lo tenía contra todo ese tinglado morado de fondo en plan pantalla de cinemascope enlutada. Mi madre llegó descolocada a casa y entre espantos y sollozos se lo contó todo a mi padre. Mi padre tenía un amigo (que era el único de sus amigos que había invitado a la boda porque nos conocíamos desde hacía mucho tiempo y le tenía a él y a su mujer un cariño muy especial), este señor era el sacristán de la iglesia de San Miguel de Palma. Nos contó que eso se ponía pero quince días antes, no veinte antes. Así que tuve que ir otra vez a la iglesia con este señor para que me ayudara a “negociara” con el cura el asunto en cuestión. El párroco ante la evidencia y los argumentos expuestos por alguien que se conocía muy bien todo el tema, aceptó quitar toda la pantalla de cine de luto y devolver las cortinas granates a su sitio para el día de la boda. Después podía volver a montar lo que quisiera.

El día antes de la boda me pasé por allí para comprobar como estaba todo y evitar que a mi madre le diera un aneurisma cuando entrara en la iglesia. Todo estaba normal, como la vimos la primera vez que la visitamos.  La florista la estaba decorando y debajo del “polémico” Crucifijo había puesto un pomo de flores blancas y amarillas, como el resto de flores que decoraron todo el altar. Al párroco o bien le debió gustar ese gesto,  o bien  no debió  haberse tomado muy mal lo de los damascos, porque, me sorprendió pidiéndome que entrara con él a la vicaría. Abrió los armarios y me dijo que podía elegir la casulla con la que oficiaría la misa, la que yo quisiera. Elegí una verde y dorada. No tengo muy claro si es que había aceptado bien las críticas o es que no deseaba ir a cambiarse de casulla a toda leche  cuando yo estuviera haciendo el paseíllo del brazo de mi padre. No me imagino a mí misma pidiéndole al cura que se pusiera firmes para pasar revista antes de que entráramos dentro, pero bueno. Lo que no tengo tan claro es si él sí se lo había imaginado.

Que os voy a contar, que una boda puede llegar a ser  es un lio impresionante, eso no es ninguna novedad. Yo tenía clarísimo como quería el traje. Color marfil o crema,  sin lentejuelas, escote barca, manga larga, ceñido a la cintura y con forma de punta delante y una falda con mucho vuelo pero poca cola. Que queréis, eran muchos años de estar mirando los mostradores de las tiendas. También tenía claro que no iba a gastarme todos mis ahorros en un vestido que sólo llevaría unas horas. Así que me había establecido un precio máximo que no pensaba sobrepasar. Cada vez que entraba en una tienda les decía lo que quería y las pobres dependientas me sacaban lo más parecido. Si alguna no lo tenía se me quejaba en plan “hay chica es que si lo tienes tan claro no me dejas elegir lo que a mí me gusta” … pero bueno, pardiez. ¿Quién creía esta que se iba a casar, ella o yo?

Al final encontré un vestido que no era exactamente como me había imaginado pero que me gustó mucho y dicho sea de paso me quedaba como un guante. Desde pequeña me ha gustado siempre mirar los mostradores de las tiendas de novia. Aún hoy en día me gusta. No sé, tengo una debilidad por los trajes largos y glamorosos, aunque luego vaya por la vida con zapatillas de estar por casa y batín bien calentito. Una condición que había puesto es que no quería un vestido blanco, lo quería color marfil, y así fue. Pero a la larga eso fue un problema. El fotógrafo no compartía conmigo la opinión de que la novia pudiera ir de otro color que no fuera el blanco virginal, puro e inmaculado. Como a él le gustaban los trajes blancos, no sé qué demonios hizo con la regulación de la luz. Así que en nuestro reportaje de bodas, yo tengo un traje blanco nuclear; mi pelo sale prácticamente negro; el altar de la iglesia y sus mosaicos dorados casi no se ven; de mi pareja solo se ve la cabeza, las manos y la parte del cuello y puños de la camisa blanca, el resto de su traje quedaba absorbido por la luz negra que imperaba a nuestro alrededor. Era algo así como el hombre invisible pero al revés. Cuando las vi casi me tienen que sujetar porque a puntito estuve de emular al mismísimo Conde Drácula saltando sobre el mostrador cual vampira despiadada en dirección al retratista, después de estar un par de centénios sin un chupito de sangre que llevarse a los colmillos. El fotógrafo fue un fracaso y eso que había hecho a una amiga nuestra un reportaje precioso… por cierto… después de nuestra boda nos confesó de uno de sus mejores reportajes había sido el de nuestra amiga S. y que creía que nunca sería capaz de superarlo.  Grrrrrr…. ¡¡¡Con patatas!!!, me lo como con patatas. En fin que gracias a las fotos de los amigos tengo alguna fotica del altar enterito y de nosotros dos tal y como éramos y con J.A. con el vestido entero. También gracias a los amigos tengo alguna foto de grupos, porque cuando se lo pedí, se negó a hacerlas aludiendo a que eso salía en el video. Mientras, estaba a la poltrona en la mesa  apurando con deleite una copa de licor en una mano y disfrutando de un puro habano de los que le había dado mi prima en la otra, fumándoselo con un arte y una tranquilidad digna de la Sara Montiel y su fumando espero. Así que señores, si queréis tener fotos de grupo, no le deis un puro al fotógrafo hasta que haya acabado el reportaje, que luego tendréis que ir por la vida parando la imagen del video en la pantalla de la tele y flashearla con la esperanza de que no se note el pixelado ni los brillos y reflejos y salga algo decente que regalar a las tías casadas y a las tías solteras y a las tías viudas de la familia, porque luego todas las tías quieren una foto con los novios, aunque no se hayan hecho ninguna foto con los novios.

Mi boda fue relativamente hogareña, ochenta invitados incluidos los cuatro fotógrafos, porque no dieron ni golpe pero se presentaron cuatro, dos para el video y dos para las fotos  y se quedaron a comer como cualquiera. Como mi familia era muy pequeña y la de mi pareja venían todos de la península y sólo vinieron unos pocos, pues nuestros padres invitaron o mejor dicho, nos obligaron a invitar a todo quisqui que tuviera algún lazo familiar con cualquiera de los dos. Aún recuerdo el día en el que fuimos a invitar a la prima solterona de mi madre, una mujer alocada y excéntrica pero muy divertida, que se había pasado la vida rechazando pretendientes diciendo que este no me gusta y este tampoco y al final cuando todos los mozos del pueblo habían casado le empezó a dar la tabarra a mi madre para que le buscara algún amigo de mi padre que le rondara por sus amores. La prima era una mujer muy maja, pero entiendo que se quedara para vestir santos, porque es una de las personas más habladoras que he conocido en toda mi vida, y he conocido unas cuantas. Cuando teníamos que ir a verla a su casa, mi ex me preguntó que de que se podía hablar con ella y de que no. Recuerdo que le dije, “no te preocupes, basta que le digas hola, al cabo de una hora le des el sobre y una hora después le digas adiós, el resto lo pondrá ella sola”. Mi ex se burló de mí y me tachó de exagerada, pero cuando salimos de su casa tuvo que darme la razón. Como si yo fuera por la vida inventándome trolas.

Una mañana mientras estaba en el trabajo mi ex me llamó. Me preguntó que le confirmara el menú y a medida que se lo decía él lo iba repitiendo. Oí al otro lado de la línea unos cuchicheos y un poco después me comunicó que dos chicas de su trabajo le habían dicho que querían ir a la boda si el menú les gustaba. Como les había gustado se habían auto invitado así por las buenas y por su cara bonita, ellas y sus parejas. Lo alucinante del caso es que precisamente esas chicas y nosotros no teníamos ningún tipo de relación. Es más, no es que precisamente no tuviéramos ningún tipo de relación, sino que no nos tragábamos demasiado. Así que de esta forma tan poco ortodoxa y porque una tiene buen gusto a la hora de elegir menús, se nos apuntaron cuatro extras más que acabaron de redondear el cupo final. Supongo que o bien estaban muy desesperadas por estrenar algún modelito o bien les encantaba ir de bodas o bien tenían morriña de lloriqueos o posiblemente, lo más seguro, querían cotillear de primera mano para luego largarlo todo cuando estuviéramos de viaje… quien sabe.  Hay gente que elude bodas y otros que está desesperados por ir, cosas de la vida.

Así que el día de la boda estaban todos allí y como en toda boda siempre hay alguien que tiene que dar la nota. En este caso fue por ambas partes. Por la mía fue una amiga que es un encanto pero que al menos en esa época tenía un concepto del combinado de prendas algo dudoso. Hay que decir que con el tiempo ha mejorado y hoy en día combina con muy buen criterio su fondo de armario. Pero entonces, ese criterio estaba en fase embrionaria, así que se presentó con las uñas pintadas de naranja, un vestido negro de lentejuelas muy corto, medias doradas pero doradas doradas, manoletinas  también muy doradas, chaquetilla de cuero negro en plan motera con hebillas plateadas y flores de primera comunión prendidas en el pelo con horquillas negras cuando su pelo era rubio. Sabemos a ciencia cierta que eran florecitas de traje de comunión porque ella misma nos contó que había ido a comprarlas la semana anterior porque eso de que un recogido a secas no la acababa de convencer.  La otra fue una tía de mi ex que es maestra y se presentó con un sombrerito rojo muy parecido a una muñeca de porcelana vestida de colegiala inglesa que tengo en casa, y que todos los que no sabían su nombre se referían a ella como la señora del sombrerito rojo. Finalmente la guinda la puso un primo de mi ex que no sé muy bien porque iba con traje y calcetines de deporte de esos con tres rayas arriba en rojo y azul, un justo igualitos igualitos que los que lleva Bob Esponja.  Todo transcurrió sin demasiados incidentes, al menos no excesivamente destacables, lo cual fue de agradecer.

La otra boda no necesitó tantos preparativos, es más ni siquiera sabíamos unos minutos antes de que tendríamos una boda. Fue algo que salió sin más. Mi pareja, el papá de Tsunami , y yo llevábamos ya bastante tiempo saliendo. Nos veíamos a ratos cuando yo podía acercarme un fin de semana rápido a Barcelona y luego estábamos no sabíamos cuánto tiempo a volver a vernos. Ya teníamos bastante claro que deseábamos vivir algún día juntos, o al menos era algo que teníamos bastante en cuenta. Mi pareja estaba acabando la carrera y haciendo el proyecto de final de carrera, por eso aún no habíamos formalizado geográficamente hablando nuestra relación. Fue un fin de semana. No recuerdo ni qué día ni qué mes. Tampoco recuerdo exactamente de qué año. Es curioso pero si alguien me pidiera una fecha no podría darla, sólo recuerdo el momento. Era uno de esos fines de semana que había ido a Barcelona. Eran nuestros momentos de festejo, simplemente nos pasábamos todo el tiempo y disfrutábamos del momento. Barcelona es una ciudad preciosa para pasear tranquilamente sin más.

Ese día habíamos ido por la zona del puerto y estábamos en el Maremagnum.  Habíamos estado mirando las olas y nos habíamos sentado hablando y haciendo planes o salvando al mundo, quien sabe de qué hablábamos en ese momento. Era un día soleado pero debía ser otoño o invierno porque llevábamos cazadora. Recuerdo que me la quité porque hacía calor. Me encantaba sentir como el sol me envolvía, y el aire del mar era salado y profundo y allí a lo lejos estaba mi isla y las gaviotas volaban y graznaban. El pantalán estaba repleto de turistas y otros menos turistas que habían salido de la zona del acuario y de los cines. Íbamos paseando tranquilos dispuestos a buscar un sitio donde comer. Entonces unos veleros grandes entraban en la zona de amarre. Delante de nosotros había un puente que se levantó para que los barcos entraran. Entonces un montón de turistas se fueron parando y acabamos formando un buen grupo mientras esperábamos que el puente se levantara y los veleros entraran. Recuerdo que nos pusimos en un rincón, un pelín apartados de todos, si es que uno se podía apartar un poco.

Entonces fue cuando ocurrió. No sé muy bien cómo fue, pero allí estábamos juntos, mirando el mar y el cielo y las aves y viendo como entraban los veleros y nos miramos a los ojos. Entonces pasamos de todos los turistas que nos rodeaban y sólo estábamos nosotros y el sol como cúpula. Entonces no sé muy bien cómo fue, allí bajo el sol, nos prometimos amor para el resto de nuestras vidas. Las gaviotas fueron nuestros testigos y el mecer del oleaje nuestra marcha nupcial. En aquel momento mi pareja fue mi hombre y yo fui su mujer y nos besamos. Sabíamos que el futuro no iba a ser fácil, sabíamos que posiblemente tendríamos muchas dificultades, pero eso no nos paraba. Finalmente, la magia del momento desapareció cuando los veleros hubieron entrado y el puente se bajó y todos los turistas se empezaban a mover en masa hacia delante. Allí acabo nuestra ceremonia. Nuestra boda particular que no fue legalizada, ni firmada, ni fotografiada, pero que para nosotros dos valía incluso más que cualquier otra, porque había sido sincera, sin prepararla ni montarla, había surgido porque sí, de la nada, de nuestro interior. Desde ese día, aunque no lo esté, me he sentido casada con R.

Resulta curioso después de haberos contado esto que cuando R. se vino al fin a vivir con Terremoto y conmigo, una de las cosas que le dije fue “puedes casarte con quien quieras, menos conmigo, eso está prohibido” ya me había bastado en su momento con la primera boda, la legal. Ahora  llevamos nueve años viviendo en perfecto concubinato y hemos tenido un hijo juntos, Tsunami. De momento ninguno de los dos se ha planteado formalizar papeles. No sé, quien sabe, igual dentro de unos cuantos años nos da una néura y sorprendemos a todos, aunque difícilmente creo que cualquier ceremonia pueda superar aquella boda improvisada que tuvimos en el puerto de Barcelona cuando unos barcos entraban en el pantalán, el sol brillaba y la brisa marina nos cantaba.

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5 comentarios to “De mis bodas”

  1. Emilia Mejia 5 de febrero de 2014 a 9:54 pm #

    Hola!! tu blog está genial, me encantaria afiliarlo en mis sitios webs y por mi parte te pediría un enlace hacia mi web y asi beneficiamos ambos blogs con mas visitas.

    me respondes a emitacat@gmail.com

    besoss!! ^_^
    Emilia

  2. Mismellis 5 de febrero de 2014 a 10:55 pm #

    Laura hija siempre me sorprendes…. jajajaja…. me has dejado flipada, no se si me ha sorprnedido más lo de tu ex traduciendo el latín y que el cura os librara del cursillo o las compañeras frikis de tu ex apuntándose a la boda jajajaj…
    En serio que me has quitado las ganas de casarme (si esque me quedaba alguna) jajaja.
    La verdad es que las bodas son un teatro para todos menos para los novios, pero sin duda me quedo con tu segunda boda, porque aveces solo hace falta mirarse a los ojos en medio de la nada para prometerse amor eterno.
    NO necesito vestidos (aunque me chifla mirar vestidos de novia en los escaparates), no necesito la catedral para casarme, ni un señor cura, ni fotógrafos, ni familiares dando el coñazo.
    Me ha encantado como lo has contado… totalmente subrealista.
    Un besazo

    • Laura 5 de febrero de 2014 a 11:32 pm #

      Es que en el fondo, las bodas son subrealistas. Un día de estos escribiré algún otro post contando algunas bodas de conocidos que aún fueron muchísimo más subrealistas que la mia. Entonces seguro que no te casas aunque papimellis te lo pida llorando y de rodillas… bueno, si lo hace así, puede, pero te aconsejo algo tipo improvisado y en petite comité. Un beso, que vivan los novios y que se besen, que se besen, que se besen por in secula seculorum, amen.

  3. ana 11 de febrero de 2014 a 4:04 pm #

    Ayer en una charla, la conferenciante conto que en algunos cursillos prematrimoniales se planteaba a la pareja como se verian en diez, veinte o muchos años y aparecian disparidades, antes no habladas, tales como “cuidare de mis padres hasta el final”, “dejaras el trabajo para cuidar a los hijos” y algunas parejas se deshacian, ahorrandose los desencuentros y el divorcio posterior, porque la boda, lo que es el dia de la boda se prepara hasta el exceso, pero la convivencia nada, ni se le cuenta al otro que quieres de el/ella cuando vaya pasando la vida. Curioso.

    • Laura 11 de febrero de 2014 a 10:37 pm #

      El cursillo de la iglesia me da que no iba precisamente de eso. Ese tipo de cursillo o charla de la que hablas me parece más interesante. Si las parejas realmente hablasen más y fueran más sinceras se ahorrarian unos cuantos divorcios, y te lo dice una que está divorciada del primero. También creo que la “experiencia” de haber pasado antes por un matrimonio me ha dado una base más sólida a la hora de afrontar una nueva relación. Esta vez iba a ella bien consciente de donde me metia, que significaba vivir juntos y planteamos ciertos temas que posiblemente de otra forma no se hubieran planteado.
      Las bodas viene a ser en cierta forma algo así como la maternidad. Uno se ilusiona con la ceremonia o se prepara mucho para el parto, pero luego la convivencia y la maternidad no son siempre lo que creemos, normalmente es más dificil, aunque todos siempre nos lo han vendido más color de rosa.

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