No es lo mismo hablar que parlotear, como tampoco es lo mismo escuchar que oír.

2 Jul

Escena nº 1:

Son las tantas, tus neuronas hace tiempo que ficharon y se fueron a su casa, así que te sientas un rato en el sofá para ver la tele y luego cuando tu hijo se retire, poder ir tu también a dormir. Pero hay una personita que sigue activa por casa. Se sienta a tu lado y te cuenta y te cuenta y te habla sin parar.

Tú te sientes como esos muñecos de perro que hace unas décadas adornaban las bandejas traseras de los coches, normalmente puestos sobre un tapete de ganchillo hecho por la suegra. Esos muñecos que balanceaban la cabeza continuamente. Así estás tú ahora, como esos muñecos, oyendo el ruido ambiental-familiar pero sin prestar atención a nada. De tanto en tanto en tanto vas diciendo un “ah, sí” o un “vaya” o un “bueno… valeee”

Es posible que durante un rato esta táctica nos sirva, pero no nos engañemos, tarde o temprano nuestro nene nos hará una pregunta que ni tan siquiera hemos escuchado y espera una respuesta.

Allí estás tú recolocando tu sistema neuronal en fila e intentando hacer memoria de que es eso último a lo que has dicho “bueno… valeeee”… Pero ya es demasiado tarde, tu hijo te ha pillado y hemos de confesar avergonzados que realmente no estábamos escuchando, de hecho, ni tan siquiera creíamos que hablara, pensábamos para vergüenza nuestra que sólo parloteaba sin más.

 

Escena nº 2:

Otro día cualquiera. Estás tranquilamente en casa. Tu prole se ha tomado un respiro después de hacer los deberes en su cuarto y han dicho que luego recogen las cosas y preparan las mochilas para mañana. Se han dado una ducha rápida y van en pijama y zapatillas. La ropa sucia aún está en el baño y te han asegurado que luego la llevan al cesto de la ropa. Se han tumbado en el sofá para gozar del “merecido descanso del guerrero” junto con un plato con un sándwich de queso y jamón, del que han dejado toda la corteza del pan en el plato y el vaso de leche chocolateada, que naturalmente ese día ha dejado unos cercos en la mesa auxiliar. Evidentemente, piensan recoger los despojos del piscolabis cuando acabe el capítulo.

Estáis ese día así de tranquilos y pachorros porqué al día siguiente vienen unos amigos a comer con vosotros. Como tú estás en la cocina deshuesando un pollo para rellenarlo, esa tarde has hecho una excepción y les has dejado un rato tranquilitos cual fierecitas salvajes para así gozar tú también del “merecido descanso del deshuese del pollo de las madres”. Entonces, y sólo entonces, cuando estás pringada hasta los codos entre el deshuese y el relleno que metes a presión cual inyección culinaria, llaman por teléfono. Son los suegros.

Son los suegros y te dicen que en unos minutos los tienes en casa, que pasaban por allí cerca y han decidido hacer una visita sorpresa a los nietos que hacía unas semanas que no veían. En este caso, ELLA, la suegra es la típica suegra. Esa que es la más exigente de las más exigentes. Esa que se mira y remira con la limpieza y el orden en casa. Que a su lado el mayordomo del algodón es un crio de guardería. Cuando sabes que ELLA tiene que venir, te pasas tres semanas antes sacando brillo a todo y dejando los interruptores de la luz más brillantes que la vajilla de la Cenicienta y así y todo sólo consigues como mucho un cinco rascado.

El pánico, que ya de por sí al ver el número de teléfono en la pantallita del nuestro empieza a calentar motores, estalla cuando nos comunican que de hecho acaban de aparcar justo delante del portal de nuestra casa. También te dicen para rematar, que  no importa que abras la puerta de abajo porque alguien se la ha dejado abierta.

Entonces eres tú que desde la cocina lanza un grito desesperado y empiezas a gritar instrucciones a trote y moche como una histérica diciéndoles que todo lo que han sacado para merendar se tiene que recoger como un rayo y fregar los platos. Que además deben ir a su cuarto, hacer la mochila y  pegar cuatro tirones a la cama. También tienen que pasar por el baño a recoger la ropa y ya que estamos lavarse bien la cara que llevan bigotes de chocolate debajo de la nariz. Si además sobra tiempo ponerse la ropa de calle molona que tenían preparada para el día siguiente y todo eso mientras “los inoportunos inspectores de sanidad” seguramente se han encontrado con el ascensor en el piso de abajo preparadito y con un vecino que como les ha reconocido, les ha aguantado la puerta para que pasen.

Entonces es cuando te das cuenta que estás hablando con las paredes. La puerta de la sala está semiabierta y  tú prole está en otra habitación a lo suyo y como mucho no hacen más que unos afirmativos movimientos de cabeza, como los de los muñecos esos de perro de los coches de hace décadas, que reposaban en la bandeja de atrás sobre un tapete de ganchillo de esos hechos por la suegra. Mientras sus cabezas se balancean afirmativamente de forma mecánica y repetitiva, se están zampando la última aventurilla de Phineas y Ferb y ni tan siquiera han escuchado nada de lo que les has dicho.

Entonces suena el timbre de casa. A ti te da un síncope porque ni tan siquiera te has enjuagado las manos de los restos del relleno del pollo, de hecho aún estás con el teléfono pringado en la mano y a ver como te las arreglas para ordenarlo todo y abrir la puerta toda arregladita y con la mejor de las sonrisas. Eso sí, confías en que la suegra se mire bien a sus nietos, porque cuando salga por la puerta te vas a comer a los niños con patatas y mayonesa, faltaría más, si los muy caraduras no te han hecho ni caso.

 

Escena nº 3:

Es por la noche y tu madre está desparramada en el sofá. Acaba de desparramarse después de una larga tarde arreglando la casa, pero tú tienes que decirle algo importante. Lo has intentado toda la tarde, pero ella siempre tenía algo importante de por medio y no veías el momento adecuado. Ahora acaba de sentarse, así que ahora o nunca.

Te sientas a su lado y le cuentas que en el colegio os han pedido hacer unos trabajos conjuntos. Ella te responde “ah sí” y tú piensas que has captado su atención aunque ni siquiera te esté mirando.

Entonces le sigues exponiendo que como hay poco tiempo para realizarlo habíais pensado de ir ese fin de semana a casa de uno de los del grupo y lo habíais echado a suertes con los palillos. A ti te ha tocado el palillo corto. Entonces tu madre te responde “vaya”.

Estás empezando a flipar en colorines porque francamente, te esperabas una reacción no tan pasiva por su parte, así que intentas suavizarlo y le cuentas que podrías intentar endosárselo a menganito que es el siguiente en el palito más corto y que dispone de más sitio en casa, pero que para no pasar por tal bochorno preferirías hacerlo en la tuya y quería saber que opinabas tú.

Entonces para mayor sorpresa, su madre le dice un “bueno… valeeee”.

Te sientes el hijo más afortunado y comprendido del mundo, tú corazón no cabe dentro de tu pecho y estás a punto de estallar de gozo. Entonces es cuando alegre y efusivamente preguntas ¿bueno, a que hora les digo que pueden venir el viernes y cuantos colchones tenemos en casa para poder acampar en la sala por la noche?

En ese momento es cuando parece como que tu madre hubiera despertado de un sueño profundo y se queda un poco emmmm…. estoo….. Tú insistes, ¿venga cuándo? Y entonces es cuando te das cuenta que tu madre no te ha escuchado. Y ella se acaba de dar cuenta que su hijo esta vez no estaba parloteando sino que le estaba hablando de algo y por lo que parece algo bastante serio. Lo peor de todo es que acabas de acceder a ello.

 

Escena nº 4:

Esta mañana en el colegio hemos tenido gimnasia y por la tarde una extraescolar de natación. Cuando hemos llegado a casa hemos hecho los deberes, pero lo que realmente queríamos era darnos una buena ducha y merendar. Mientras el segundo se duchaba, el otro preparaba la merienda y llevaba las cosas a la sala. Después de todo el ajetreo del día un ratito de sofá con los dibujos es un descanso merecido. Los niños saben que hay que recoger las cosas, pero es que es muy tarde y si nos enredamos no veremos los dibujos. Hoy mamá está de buenas y ha accedido a que lo recojamos después. Sabe todo lo que nos esforzamos y cada día lo hacemos, así que sabe que si una tarde lo hacemos después no se va a convertir en una costumbre y dentro de media hora lo recogemos todo. Total, las visitas vienen mañana y la casa estará en orden antes de cenar.

La madre está en la cocina enfrascada con la comida de mañana, vienen unos amigos a pasar la tarde con nosotros y mamá está preparando su famoso pollo relleno que tanto gusta al hijo de estos.

Los niños están en el sofá atentos a sus dibujos. En eso oyen como el teléfono suena y mamá responde. Ellos están en otra habitación y al cabo de un momento oyen voces desde la cocina que dicen no sé qué de lavar platos y algo de una habitación y recoger el baño. Los niños piensan que es la amiga de mamá que suele llamarla a estas horas y se cuentan sus cosas y ella toda histérica le debe estar contando todo lo que falta aún para arreglar. Los niños piensan que dentro de un rato se pondrán con ello y como si la cosa no fuera con ellos pero inconscientemente lo van oyendo mueven sus cabezas afirmativamente. Síiii, piensan, dentro de un rato toca todo eso.

Entonces entra la madre hecha una fiera en la sala. Lleva el teléfono pringado de relleno de pollo en una mano y con la otra amenaza con las siete plagas de Egipto. Mientras, al unísono, el timbre de la casa suena y la madre enmudece y empalidece todo en uno. Sale de la habitación hiperventilando y con una de esas miradas que dicen “más tarde me ocuparé de vosotros dos, ya hablaremos”. Mientras, los niños se quedan alucinados y acojonados al mismo tiempo sin entender nada de lo que ha pasado ni que es lo que han hecho mal.

 

Como podéis ver, el arte de la conversación no es tan sencillo como pueda parecer a simple vista. No sé muy bien si al final el primer niño llevaría a sus compañeros a dormir a casa o si los niños del segundo ejemplo podrían haber recogido todas las cosas antes de que subieran los abuelos. Lo que sí es seguro es que ninguna de estas comunicaciones se hizo respetando los momentos. No se captó adecuadamente la atención del otro. Mientras tú creías hablar, el otro creía que parloteabas. Mientras tú creías que eras escuchado el otro sólo te oía. No os voy a dar normas sobre cómo hablar con vuestros hijos, vuestras parejas, vuestros padres, vuestros amigos o vuestros jefes. Sólo os voy a dejar hoy con esta reflexión.

Conseguir comunicarse bien es todo un arte y como tal requiere de práctica y tiempo. Cuando algo es realmente importante no hemos de preocuparnos de si le dedicamos mucho tiempo o no. El haber conseguido una buena comunicación y la solución de un problema es todo un logro y un gran premio. Nunca debemos estar muy pendientes del reloj al hablar de ciertas cosas con nuestros hijos y debemos prestarles la atención que se merecen. De esta forma ellos también aprenderán a hacer lo mismo cuando hablen con nosotros. Hemos de escuchar y luego hablar. Hemos de respetar los turnos, eso nos incluye también a los adultos. Hemos de buscar soluciones y no limitarnos a imponer sólo nuestra opinión. Algunas veces nuestros peques pueden tener aportaciones interesantes que no se nos habían ocurrido. Escuchándoles podemos aprender también de ellos y ellos aprenderán a ser valorados o bien a escuchar luego los motivos por los cuales esa propuesta no es la adecuada.

A través de una buena comunicación se puede llegar a un buen aprendizaje, pero sí sólo nos limitamos a oír y parlotear difícilmente podremos llegar nunca a ninguna meta.

Por su bien, por nuestro bien, aprendamos a escuchar y hablar.

Este es un mensaje de los servicios educativos de “de azul a verde”.

Gracias por vuestra atención y hasta la próxima.

 

PD: Estaré encantada de escuchar vuestros comentarios, como siempre. Ciao.

zwhp90

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4 comentarios to “No es lo mismo hablar que parlotear, como tampoco es lo mismo escuchar que oír.”

  1. MisMellis 3 de julio de 2013 a 10:39 am #

    una de las cosas que más me empieza a costar es escuchar a los dos peques cuando ambos acuden a mi contándome cualquier cosa subrealista que les ha pasado, intento que lo hagan de uno a uno y les presto la mayor atención que puedo mientras intento traducir lo que van diciendo.
    Será deformación profesional pero se escuchar aunque también hablo mucho.
    Algo que me chocó mucho cuando conocí a mi marido era su poca capacidad comunicativa, en su casa no se habla, hay medios que interfieren en la comunicación como por ejemplo la tele puesta, los padres nunca le preguntan a los hijos por sus cosas y los hijos no cuentan nada, durante años he sido yo la que ha intentado sacar conversación e informar de las cosas que le suceden a su hijo.
    Con mi marido me ha costado Dios y ayuda comunicarme, que exteriorice sus cosas, por ejemplo tiene la manía de no mirar a la cara cuando te habla o te pones a hablarle y lo haces a su oreja porque anda a lo suyo.
    Así es bastante desquiciante establecer un diálogo.
    Y ya no te digo de esas personas a las que les hablas de algo importante y solo demuestran que están deseando que termines para hablarte de lo suyo.
    En fin sobre comunicarse podríamos hablar largo y tendido… no sabemos escuchar eso está claro.

    • Laura 3 de julio de 2013 a 7:19 pm #

      Jajajaja, eso es muy pero que muy habitual. A mí me pasa cuando los dos me vienen con algo. Cuando uno viene a contarte algo es como si el otro sintiera una incontrolable necesidad de comunicar sus cosas en ese momento y ya me tienes en plana comunicación a dos bandas mientras una lava los platos y recoje la ropa. Lo que tienes que hacer es eso, intentar establecer unos turnos de opinión, jajaja. Eso o vas a desarrollar una extraña habilidad maternal de llevar más o menos dos conversaciones al mismo tiempo. Normalmente es relativamente fácil ir diciendo que primero uno y luego otro dependiendo del primero que te ha atacado por sorpresa.
      El peque si pregunta algo a alguien y le responde otro siempre te dice, tú no mamá lo he preguntado a papá. Así que se gira hacia papá y vuelve a insistir con lo mismo.
      Ahora mismo intento escribir esta respuesta con Terremoto detrás de mí interrogandome de lo que estoy haciendo y Tsunami recitando sus palabras aprendidas hoy en el cole de inglés. Ese es nuestro futuro de las mamás de más de un cachorrito.
      Sobre tus suegros y tu marido a mi me pasa algo parecido pero diferente. No se muy bien porque la familia de mi pareja también son de esos en los que el uso de palabras por día es muy escaso. No dicen nada si no es necesario decirlo. Se miran a los ojos y tal. Me llamó mucho la atención lo poco que llamaban por telefono y cuando lo hacían era para pedir si todo iba bien, a lo que mi pareja decía que sí y ya colgaban. Total si no había novedades…. Cuando yo llamaba a su madre para saber como iban las cosas o contarle cuatro cotorreos aún hoy en día después de va para nueve años juntos en diciembre, me pregunta cuando responde si ha pasado algo y siempre tengo que decirle que no que simplemente es para contarle cuatro cotorreos de los nenes y saber como les va. Así que como ves concisos de palabras hay por todas partes.
      Tengo una amiga que cuando salía con mi pareja en Barcelona me pedía si hablaba y yo le respondía que al menos conmigo sí. Llevabamos unos cuantos años vivindo juntos y me seguia pidiendo si aún hablaba. Jajajaja. Evidentemente, hablar habla, conmigo, con la gente y con los niños, pero en comparación con muchos, no usa un exceso de palabras.
      Los que dices que esperan o te apresuran para que acabes y luego les importa un pepino lo que les has dicho porque sólo quieren contarte lo suyo y nada más, también los hay y son los peores. Me sabe mal tener que decirlo pero desde que mi padre se echó novia es de este tipo y ya no se parece para nada al padre que yo tenía. Así que como ves una persona normal se puede convertir por contacto con otras en este tipo de sujeto.
      Un beso grande para todos, que no nos queda nada para enseñar a nuestros bichitos a comunicarse.

  2. Marta 13 de enero de 2015 a 10:32 am #

    Muy buenas situaciones en las que nos podemos ver reflejadas. Y es que la comunicación es vital en las familias para todo. Que vamos con prisa, que queremos todo ya, pero no sólo estamos nosotras, sino también los niños, y estos ven y repiten lo que hacemos y decimos.
    Me ha encantado tu post, genial para ilustrar el de tutoría de padres. Mil gracias!

    • Laura 13 de enero de 2015 a 11:47 am #

      Jajaja. De nada Marta, por esto te he puesto el enlace, me parecía que podría gustarte.

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