El bastardo recalcitrante ha quedado huérfano de verdad. Bye bye Tom Sharpe.

6 Jun

Era allá por la segunda mitad de la década de los ochenta. Estaba en mis primeros años de carrera. Había decidido estudiar Historia en la UIB (Universidad de las Islas Baleares). Allí había conocido a un grupo de chicas con las que aún conservo una gran amistad, salvo una que se nos descolgó del grupo y no hemos vuelto a saber nada de ella. Nos llevamos muy bien desde el principio y de tanto en tanto hacíamos cositas juntas, ir al cine, salir de cena, hacer alguna excursión por la montaña en invierno y en verano, evidentemente, viviendo donde vivimos, no podía faltar algunos días de playa.

No se muy bien que verano fue exactamente, pero sí que recuerdo la escena perfectamente. Estábamos en una calita de rocas, en el municipio de Calvia, concretamente en la zona conocida como El Toro. Habíamos llegado temprano y como entonces todas éramos jóvenes, lozanas, solteras y sin compromiso, habíamos sido unas niñas buenas y aplicadas y no nos había quedado nada para septiembre, nos tomábamos todo el día de playa sin prisas. El padre de X era payes, vivían en una gran casa de campo con animales, tractor y caballo. X siempre traía comida para veinte regimientos, todas nosotras y para ella. Era nuestra intendente particular. Muchas veces en verano se nos plantaba en la excursión con un pedazo de sandía metida en una bolsa o una rejilla y un pedazo de cuerda. Cuando llegábamos al sitio deseado tirábamos la sandía al mar sujetándola con la cuerda. Así a la hora de comer teníamos fruta fresca y deliciosa, porque si bien las sandias no las cultivaba su padre, este tenía el carné del Merca-Palma y se encargaba de ir bien temprano y elegir, como buen payes curtido por el sol que era, la mejor sandía para su niña y sus amigas. A. era de lo más dicharachero, siempre tenía cosas que contar, cotillear o comentar tanto de los conocidos como de los personajes de la farándula que veía con su madre por la tele. Si alguien había hecho algo digno de cotillear y si era posible ponerlos verdes, esa sería su aportación a la charla. También le encantaba tomar el sol como una lagartija, era capaz de pasarse horas y horas al sol y siempre traía bronceadores de los tipos más inverosímiles y con las fragancias más estrambóticas y variopintas que nadie pudiera imaginar. Su madre era portorriqueña. Uno de esos veranos, sus padres fueron de viaje a Puerto Rico, a su vuelta se trajeron bikinis, botes de mantequilla de cacahuete que aquí por esa época sólo habíamos oído hablar de ella y otras cosas desconocidas en esta isla. Pero lo más alucinante que se vino con ellos fue una colección de bronceadores varios con unas texturas, unos colores y unos olores que daban ganas de untarlos en el bocadillo y tomarlos de postre. C. era un poco más callada y como a mí nos gustaba oír las historietas que se contaban y de tanto en tanto hacer nuestra aportación. C. siempre nos hablaba de cuando era pequeña y de lo mucho que le gustaban los niños y como quería dedicarse a la enseñanza, en el fondo tenía esa candidez y dulzura infantil que no abandona a ciertas personas nunca. Finalmente estaba L, es decir, yo. A mí siempre me ha gustado más escuchar que hablar y también me ha gustado más nadar que cotillear. Me encantaban las nadadas en el mar calentito justo cuando llegábamos. Al medio día tomábamos los bocadillos y la sandía, o parte de ella, porque siempre sobraba algo para luego o en ocasiones invitábamos a los que estuvieran cerca. Luego por la tarde aprovechando que el sol pegaba menos fuerte era cuando nos tumbábamos a tomar el sol. Algunas veces seguíamos charlando, pero otras nos dedicábamos sencillamente a disfrutar del ruido de las olas al romper en las rocas, del sol calentando nuestra piel y de la siempre presente brisa marina que hace que todo este conjunto resulte más armónico y agradable. Muchas veces yo sacaba entonces mi libro y me ponía a leer en silencio hasta que alguien decidía que era un buen momento para abrir una nueva conversación y lo cerraba.

Normalmente solía ocurrir eso, menos ese día en El Toro. Ese día de repente me empecé a destornillar de risa solita, no podía parar y se me estaban saliendo los lagrimones sin parar. Ese día me había llevado un libro que había comprado mi madre en el Círculo de Lectores y que según ella era muy divertido y seguro que me gustaría. Mi menda siempre ha sido… al menos hasta que me casé, así que rectifico… mi menda era una devoradora de libros y en verano ya ni os cuento, zamparme veinte o treinta según su tamaño no era algo descabellado en aquella época. Así que hacía unos días que había empezado el libro de un tal Tom Sharpe que se titulaba El bastardo recalcitrante. Un libro cuya sinopsis, os copio a continuación porque una tiene buena memoria pero no tan a lo bestia “Lockhart Flawse, hijo ilegítimo cuya madre murió al darle a luz sin confesar jamás quién era el padre -y que tal vez sea el producto de un incestuoso encuentro a oscuras entre padre e hija-, vive con su abuelo -y quizá padre-, vejete intensamente verde y torturado por impulsos sexuales incontenibles. Lockhart no existe legalmente, pues no está inscrito en ninguna parte, y su abuelo ni siquiera le llama por su nombre, sino que le denomina «el bastardo». El niño crece inocente de cuerpo y alma en las montañas de Escocia, amparado por un extraño mayordomo, pastor y único sirviente de la mansión. Pasan los años, y el abuelo decide hacer un crucero con un doble objetivo: conseguir una mujer (la última ama de llaves y compañera de cama le ha abandonado) y, si es posible, deshacerse del bastardo. El viaje resultará un éxito, pues el abuelo conseguirá casar a Lockhart con la bella Jessica Sandicott y él mismo (a los noventa años bien cumpli­dos) se casará con la ambiciosa y despiadada madre de la joven. Y a partir de estas bodas emergerá la verdadera naturaleza de Lockhart, que a la manera de sus remotos antecesores, sin sentido alguno de la moral y absolutamente falto de escrúpulos, emprenderá una cruenta y desternillante batalla contra todo y contra todos -incluidos los inspec­tores de Hacienda- los que quieren despojarle de lo que él cree que legítima -o ilegítimamente- le pertenece.” Dicho así puede no sonar tan divertido como es. Os adelanto un poco más. Su mujercita tiene una finca que está alquilada a varios vecinos, el bastardo pretende desalojarlos y para ello urdirá un plan de lo más insólito y algo diabólico. Cada vecino tiene sus vicios inconfesables y otros más confesables, como era el caso del coronel, un militar retirado que gustaba de la compañía diaria de señoritas descocadas, ligeras de ropa y de mala reputación, pero a su vez era una obseso con su salud, no fuera a pillar alguna deshonrosa y maligna enfermedad contagiosa.

Ese fue mi primer pero no último libro de Sharpe, ese autor conocido por todos por sus libros de Wilt. Pues mira por donde, resulta que mi madre y yo nos debimos leer todos los libros menos los del famoso Wilt y sus tribulaciones de maestro. No sé si algunos de vosotros conocen a tan genial escritor, pero gracias a él descubrí un humor negro, muy negro y muy inglés, nada sutil, despiadado a veces y bastante filosófico muchas. Sharpe fue un férreo crítico del apartheid y en varios de sus libros se recure a este tema. Recuerdo la idea de bajar la libido por las negras que la policía de Sudáfrica tuvo conectando a sus policías a unos cables con descargas de alto voltaje al ponerles fotos de hembras en pelotas al más puro estilo de La naranja mecánica y como acabó todo el cuerpo de policía de ser unos pecadores libidinosos que jadeaban ante una hembra en cueros a convertirse en una panda de maricones que sólo se excitaban ante el cuerpo de sus iguales e iban todos descocados unos con otros… esas cosas sólo se le podían ocurrir a Sharpe.

Esta mañana mi pareja me ha llamado por teléfono y me ha dicho que en la radio acababan de dar la noticia que Tom Sharpe había muerto en su casa de la Costa Brava, en Girona. Tengo que confesar que hace años que le había perdido la pista y ni sabía que estuviera viviendo en España, y menos tan cerca en Cataluña. Me ha hecho gracia cuando me ha comentado que por lo visto se vino a pasar una temporada allí y como según él le trataron mejor que en Inglaterra pues se quedó allí que había mejores médicos y le mimaban más. Me he pasado parte del día pensando en el bueno de Tom Sharpe y ha sido imposible no recordar esa escena de verano durante una excursión una tarde en la zona de El Toro…

 

… Era imposible que parara de reír, me estaba ahogando de tanto reírme, los abdominales me dolían y las lágrimas me salían a borbotones. Mis amigas se me quedaron mirando como si de golpe me hubiera vuelto majara. No era la primera vez ni a última que me llevaba un libro a una excursión, pero nunca les había montado un numerito como ese. Puede que X se hubiera planteado si la sandía llevaba alguna sustancia estupefaciente inyectada en ella y a mí me había tocado ese trozo. Pero no. La sandía estaba en perfecto estado y todas las demás estaban asombradas pero lúcidas. C, que era muy inocente, debió pensar si un cangrejo traviesón me estaba haciendo cosquillas, pero no, un cangrejo aunque travieso no provoca esas risas, no, provoca gritos. A, que solía ser la más suspicaz y avispada de todas tuvo bien claro que el extraño comportamiento de su compañera era debido a aquel nuevo fajo de páginas impresas que comúnmente se le llama libro y que se estaba retorciendo entre mis manos. Cautelarmente, por si eso producía contagio, A levantó el libro, miró la tapa y leyó “El bastardo recalcitrante”, de Tom Sharpe. No había leído nada de ese señor, así que aprovechando que yo estaba indefensa y no ofrecía resistencia, me cogió el libro de las manos y empezó a leer un párrafo cualquiera. No tardó mucho en abrir exageradamente los ojos, arquear las cejas y poner cara de pasmada. Pero esa cara duró muy poco, en unos segundos éramos dos las que nos destornillábamos y nuestras dos amigas se miraban más sorprendidas aún si cabe de lo que estaban antes.

Al cabo de unos minutos conseguimos controlarnos, respirar hondo y secarnos los lagrimones. Recobramos la compostura y yo recobré el libro. Me senté firmemente sobre la toalla, aclaré la voz, respiré hondo y me puse a leer todo lo seria que mi autocontrol me permitió:

“Lo que había dentro del preservativo que el coronel Finch-Potter se colocó en el pene al día siguiente, a las ocho y media de la tarde, tampoco había desaparecido. Al sacarlo de la cajita, tuvo la ligera impresión de que era más resbaladizo que de costumbre, pero los efectos del detergente para hornos no se hicieron notar hasta que se lo hubo terminado de poner y tiró de la anilla de látex hasta arriba para conseguir una máxima protección contra la sífilis. El miedo a contraer aquella enfermedad contagiosa se desvaneció al instante y, en lugar de tratar de ponérselo, trataba en vano de quitarse aquella condenada cosa antes de que el daño fuera irreparable. No lo consiguió. No era sólo que el preservativo se le escurriera entre los dedos sino que, además, el detergente para hornos cumplía la palabra del fabricante: era capaz de arrancar en el acto la grasa incrustada en las paredes de un horno. Con un grito de agonía, el coronel Finch-Potter desistió de sus intentos manuales por librarse de aquel condón y, pasando a la acción antes de que aquella especie de lepra galopante se cobrara una nueva víctima, fue corriendo al cuarto de baño en busca de un par de tijeras. A su espalda, la Mujer Pecaminosa lo observaba con recelo creciente, y cuando el coronel encontró las tijeras de uñas tras vaciar en el suelo el contenido del botiquín sin dejar de gritar como un poseso, decidió intervenir.

–¡No, no, no lo hagas! – exclamó, pensando equivocadamente que los remordimientos habían acabado por vencer al coronel y que estaba a punto de castrarse-. ¡No lo hagas! ¡Piensa en mí!

La Mujer Pecaminosa le arrebató las tijeras, y si el coronel hubiera estado en condiciones de hablar, le habría explicado que lo hacía precisamente por ella. Girando sobre sí como un derviche desquiciado, el coronel tiraba del preservativo y de su contenido con tal saña que parecía querer destriparse. Los únicos vecinos que le quedaban cerca, los Pettigrew, estaban ya tan acostumbrados a la serenata nocturna, que no dieron ninguna importancia a sus gritos de auxilio. El hecho de que se oyeran también los chillidos de la Mujer Pecaminosa tampoco les sorprendió en absoluto: después de haber presenciado el repugnante espectáculo de degeneración de los Ráceme estaban curados de espantos. Sin embargo, los policías apostados al cabo de la calle no lo estaban. Cuando frenaron estrepitosamente delante del número 10 para acudir al escenario del último crimen, el bull-terrier les estaba esperando.”

Tuve que abortar la lectura cuando las otras tres chicas ya no podían aguantar más y era difícil seguir sin contagiarse. Ese verano me llevé el libro a otras excursiones en la playa. Te has traído al bastardo me preguntaban. Los domingueros que estuvieran cerca no debían entender de qué bastardo estaba hablando porque no había por allí cerca ninguna criaturilla con pinta de ser un bastardo. Hacíamos nuestro ritual de playa, llegar, tomar posesión de nuestro sitio, sandía al agua, nadar, charlar, otra nadadita, comer, recuperar la sandia, descansar un rato, y luego…. luego ayudábamos a tener una buena digestión activando nuestros abdominales y teniendo un subidón de serotonina riendo como unas descosidas mientras yo, aguantando el tipo todo el tiempo que podía hasta que ya no aguantaba más y me unía al coro de risas. Mientras, un poco más allá, un grupo de domingueros se debía preguntar que rayos habían esnifado ese grupo de díscolas adolescentes bañistas.

Thank you Tom, and good risas in the sky o cómo se escriba. Espero que los angelitos se partan de risa contigo cuando publiques allí tu próximo libro.

Tom+Sharpe

Anuncios

4 comentarios to “El bastardo recalcitrante ha quedado huérfano de verdad. Bye bye Tom Sharpe.”

  1. Mo 7 de junio de 2013 a 11:39 am #

    Creo que en la biblioteca de casa de mi padre hay algún ejemplar de Sharpe que era de mi madre…Este finde lo busco 🙂
    Besos!

    • Laura 7 de junio de 2013 a 9:39 pm #

      Pues aquí estamos, en el blog, fomentando la lectura, jeje. Aunque sus libros tengan ya unos cuantos años, seguro que te lo pasarás bien con la lectura. Ya nos contarás cual era el que tenía tu madre y que te ha parecido. Espero que sonrias bien… si puedes sólo sonreir.

  2. Netzi 9 de junio de 2013 a 4:46 pm #

    Hola Laura guapísima!! Pues no conocía a Sharpe, lo mismo me animo que me has sacado unas sonrisas a mi también!! Y me has puesto unas ganas de playa y sandía fresca que pa´qué!! jejeje

    Un besazo enorme a los 4 guapa!!

    • Laura 9 de junio de 2013 a 8:20 pm #

      Pues nena, voy a ponerte del todo los dientes largos, porque acabamos de llegar de nuestro primer día de playa en el que hemos estado nadando. El agua fresquísima creo que si tirabamos hoy una sandía hubieramos sacado granizado. Pues sí, hoy hubiera estado bien llevarse un librito del bueno del Sharpe, espero que si lo lees algún día te lo pases bien, pero creo que para tí siempre iran unidas sus obras a un día de playa con sandía jejeje.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Cocina sana con Ernest Subirana

Blog de cocina donde encontraréis recetas y recomendaciones para una vida saludable

Circus day

De azul a verde

El rincón de Mixka

Bimadre, pero eterna primeriza, trabajadora, estudiante de educación infantil. Formándome como asesora de lactancia. ¿Me acompañas?

Diario de Algo Especial

Día a día de las Genovevas

CUESTIÓN DE MADRES

El blog de las madres, para las madres. ¡La maternidad compartida!

Mi vida desde hoy

De azul a verde

Chetelocucinoafare!

Pappa per tutti

A sangre y hierro

"Hasta en una declaración de guerra deben observarse las reglas de urbanidad." Otto von Bismarck

Mi cocina para ti

De azul a verde

Decoesfera

De azul a verde

DecoraDecora

De azul a verde

x4duros.com

De azul a verde

webos fritos

Las recetas que siempre salen. Con las mejores fotografías.

Mis OvoMellizos

De azul a verde

Maternidad halal

De azul a verde

Mi mamá me mima

De azul a verde

Educando a cuatro

De azul a verde

Una terapeuta temprana

De azul a verde

B aprende en casa

De azul a verde

trestrillistigres +2

De azul a verde

Para mi peque con amor

De azul a verde

A %d blogueros les gusta esto: