Los falsos mendigos, aprovechándose de la buena voluntad de los demás.

8 Abr

De todos es sabido que la literatura castellana es prolífera en la bien llamada novela picaresca. Comenzó a fraguar allá por el siglo XVI y siguió por el XVII. Pero sinceramente, dudo mucho que esta casta de Lazarillos y Buscones desaparecieran con su decadencia literaria. Más bien pienso que son una especie de ave Fénix mal programada, que renace de sus cenizas cada vez que la sociedad experimenta un periodo chungo, o no necesariamente, y que muchas veces en lugar de reencarnarse en una nueva obra literaria se reencarnan en personajes de carne y hueso que pululan por las calles de nuestra ciudad.

Puede que con este post muchos me censuréis o opinéis que soy políticamente incorrecta, lo siento, porque me es igual. Hoy en día en el que todo el mundo está indignado, yo estoy indignada también con los que denomino falsos mendigos. Cuando era pequeña mi madre me enseñó que hay personas que desgraciadamente tienen menos que nosotros y que si podemos tendríamos que ayudarles un poco en relación a nuestra medida. Recuerdo que había un abuelete que había quedado sólo y sin familia y solía sentarse en el suelo de una vía de gran tránsito en el centro de Palma. Durante muchos años cada vez que pasábamos por allí le dábamos algunas monedas. El hombre, ya bastante entrado en años, siempre con la misma ropa pero pulcramente remendada, te daba las gracias efusivamente durante un buen rato. Un día dejamos de verlo, supongo que su vida llegó a su final. Nunca supe cómo fue.

Normalmente cuando alguien me pide dinero por la calle, yo no soy de las que da dinero. Primero les pido si en lugar de dinero quieren comida. Muchos me dicen que sí. Entonces busco un sitio cerca tipo bar o súper y entro y compro algo de comer y beber y se lo doy. Se que de esta forma me sale “más caro”, por decirlo de alguna manera, pero no me gusta que mi dinero se pudiera luego invertir en comprar droga o alcohol. Si lo único que quieren es dinero, pues lo siento porque no doy. Alguna vez me han pedido para comprar leche para el biberón y he hecho lo mismo que con la comida. Cuando alguien se ha visto abocado a una situación de necesidad, realmente se le ve que se encuentra en esta encrucijada y que intentan salir de ella como sea.

Hace unos años, no se muy bien si coincidió con los primeros años de esta ya tan larga y arraigada crisis actual, que por esta ciudad donde vivo empezaron a aparecer los que luego calificaría de falsos mendigos.

Hace ya bastantes años que en el trabajo tenemos el sistema de aire roto, el repararlo es un pastón y no hay presupuesto. Así que nos toca congelarnos al lado de una mísera estufita en invierno, y achicharrarnos con la ventilación natural de todas las ventanas abiertas en verano. Hace ya algunos veranos, antes de que Tsunami fuera un proyecto, aparecieron los primeros indicios de esta nueva casta de la que trataremos hoy.

Cada mañana, a las 9 en punto, empezábamos a oír una voz masculina que repetía todo el tiempo e incansablemente un mismo estribillo hasta que el reloj daba exactamente las 13’30, momento en que su horario laboral llegaba a su fin. La frasecita en cuestión era pronunciaba de forma convulsiva, muy nerviosa y muy rápidamente casi enlazando una palabra con la otra y en voz bien alta y decía: “porfavorporfavorporfavor señoraporfavor cincuenta céntimos porfavorporfavorporfavor” era algo insistente y repetitivo que te ponía de los nervios. Si esta primera estrofa no surgía su efecto, rápidamente empezaba de nuevo y la recitaba tantas veces como fuera necesario cada vez más alto y rápido, hasta que al cabo de un momento de acoso y derivo oías al fin “gracias, gracia”. Os puede parecer divertido contado así, pero no lo era. Tal vez para los viandantes no resultar demasiado agobiantes. Para nosotros que teníamos que tener todo el día las ventanas abiertas y cada día durante su horario laboral no paraba ni un momento, era algo agotador. Tuve que llevar una caja de paracetamol y tomarme más de uno… y dos… y tres y también compartirlos con mis compañeras. Porque además estaba justo en frente de nuestras ventanas, en una esquina sombreada muy pero que muy concurrida y no se perdía a ningún transeúnte de los que pasaban por ese lugar. Creo que yo no fui la única afectada, porque alguna vez oímos unas cuantas discusiones de algunos vecinos que artos del método tan exagerado y agresivo, habían bajado a pedirle si podía ir a otro sitio o al menos no gritar tanto. Desapareció después de bastante tiempo y creo que fue por diversas quejas vecinales. La última vez que lo localicé fue en una calle comercial algo más arriba de donde estoy y te seguía asaltando desesperadamente cuando pasabas a su lado y menos lo esperabas.

El hombre, como os he dicho estaba situado en una esquina y desde las ventanas se le oía bien, pero no lo venía bien, así que una vez fui a ver quien era el que nosotros y todos mis clientes conocían como “el porfavorporfavorporfavorseñora” Resultó ser un hombre alto, musculosos, de raza negra posiblemente emigrante africano. Iba vestido con zapatos y cazadora de piel, vestía pantalones de marca y jersey grueso, gafas de sol y gorra. Curiosamente la gorra era lo único un poco normalito tirando a baratero que llevaba puesto. Portaba una cadena gruesa en una muñeca y en la otra un reloj nada baratero. En sus manos, mientras esperaba a que se le acercara una ”nueva víctima” pasaba con el dedo las páginas de un móvil última generación con conexión Internet. Cuando veía que alguien se acercaba atacaba. Pensé que no tenía mucha pinta de pobre y que realmente iba más bien vestido, nutrido y cuidado que yo y desde luego, tenía un móvil mucho más virguero que el mío, incluso que el de mi pareja que ese si que es más bueno. Pasé por allí otros días y lo volví a ver con otra ropa, la iba variando, esta vez con zapatillas de marca, pero igual de cuidado e impoluto y el móvil y la gorra que no faltaran.

Lo estuve hablando con mis compañeras y algunos clientes y  me comentaron que eran un grupito de cinco. Cada mañana venían y se reunían delante del edificio donde trabajo, se iban a un bar cercano (los bares de al lado de mi trabajo no son precisamente baratos ni tipo de barrio, más bien tipo carillos y para turistas) y allí se zampaban su buen café con leche y ensaimadas. Luego se iban cada uno a su puesto de trabajo a las 9 para empezar su jornada laboral y acababan a las 13’30 o’clock hora en que se iban supongo que para ir a comer no se donde. Luego me fijé y efectivamente, los he visto alguna vez haciendo esto y ya tengo localizados otros dos, uno al lado de la entrada de un colegio y otro al lado de la entrada-salida de un parking público, vamos que me tienen los lugares bien estudiados. El atuendo de todos no es igual, pero sigo diciendo que van mejor vestidos que yo, eso sin dudarlo y esos dos al menos, también tienen un móvil chachi pilongui último grito con el que pasan el rato dándole a la pantalla mientras esperan que se acerque el siguiente peatón. Una vez comentamos que si cada vez que decía gracias, alguien le había dado los cincuenta céntimos, realmente se hacían una buena nómina, libre de impuestos, sin tener que declarar y encima con cierta libertad horaria si se terciaba.

En otra calle cerca del trabajo, se instaló también por esa época un grupo de rumanas. Normalmente estas se suelen situar en los supermercados. En dos de los supers de mi antiguo barrio las he visto por la mañana que las lleva un hombre con tres o cuatro mujeres, dependiendo de las que ya haya dejado, justo antes de que abra el súper. En ocasiones he visto como el mediodía les reparten la bolsa con la comida y luego por la tarde noche las recogen. En estos dos supers que tengo controlados los coches con los que “hacen el reparto” han sido un Audi de gama alta y un Mercedes también de gama alta. El conductor no tenía para nada pinta de pasarlo mal en la vida. Eso sí, las mujeres van vestidas de una forma más humilde que al menos no choca tanto como sus colegas de los cincuenta céntimos. Al principio, antes de tenerlas tan fichadas, me pararon un día y me pidieron dinero. Era una chica embarazada y le dije que si era para comer le compraría algo. Me fui a un kebab que había al lado y me pidió si también le podía comprar algo para su compañera, así que les di dos kebabs y dos bebidas. Al día siguiente cuando iba a casa pasé al lado. Me paró la misma chica y me preguntó si es que ese día no le pensaba pagar la comida a ella y a su amiga o que pasaba. Me quedé flipando en colorines, porque que yo sepa yo no tengo puesto un letrerito de servicios sociales ni de comedor ambulante, ni de reparto de la Cruz Roja, ni de multimillonaria altruista. Le respondí que no les podía pagar la comida cada día y las dos empezaron a insultarme y a empujarme como si yo les hubiera hecho algo o dicho algo vergonzoso. Evidentemente, fue cuando pasé de ellas y luego me fui fijando en lo que os he contado antes.

Al lado de donde vivo hay también un supermercado que es el que me pilla más cerca y donde voy a comprar cuando me he dejado algo. No siempre pero sí algunas veces, el año pasado, había un hombre negro africano, también alto y muy muy, muy gordo que hacía allí su jornada laboral sentado en un pilón y acechando a todos los que salían de allí con su compra. Recuerdo que un día había ido con Terremoto y cuando salimos con nuestras bolsas el hombre nos realizó la maniobra de acoso y derribo. Este debía de mantener más carne y nos pedía directamente el euro enterito. Yo le dije que no y que nos dejara tranquilos. Como los otros de cerca del trabajo, cuando veían que el primer intento no funcionaba, realizaban un contraataque aún más insistente. Mi sorpresa fue máxima cuando al estar a punto de responderle de nuevo que nos dejara tranquilos, Terremoto le suelta. “Ya está bien, deja tranquila a mi mamá, que la pobre se levanta cada día tempranísimo para podernos llevar al colegio y se tiene que ir corriendo a trabajar y luego se tiene que encargar de toda la casa y casi no tiene ni tiempo para ella ni para respirar y le cuesta mucho ganarse el dinero. Búscate un trabajo como mi madre y deja de estar aquí haciendo el vago mientras esperas a que los demás te regalen su dinero y te tengan que solventar la vida que te tendría que dar vergüenza aprovecharte de la pobre”

Tengo que decir, que así como yo me quedé flipada con su discurso, el hombre también, por suerte. Yo me temía que se lo tomara mal y la tuviéramos liada como me pasó con las rumanas. Le pregunté a Terremoto porque había hecho eso si yo siempre le estoy contando que ahora hay una crisis y que hay gente que lo está pasando muy mal y no tienen ni para comer y muchos buscan comida por los contenedores o tienen que ir a los servicios sociales a que les den algo con que alimentarse o pagar facturas de sus casas. Terremoto muy serio me mira y me dice “por favor mamá, ¿realmente tú crees que ese señor con la pinta que tenía pasaba algo de hambre o busca algo por un contenedor? Si el hombre ese lo que es es un vago que le es más fácil aprovecharse del trabajo de los demás que no intentar buscarse él un trabajo. Ese no es un mendigo, es un falso mendigo”

Yo muchas veces me quedo muy sorprendida con mis hijos, incluso habiéndolos criado yo en muchas ocasiones me sorprenden. Así fue como en casa acuñamos el término de falsos mendigos para todos esos Lazarillos y Buscones de la vida moderna que consideran más cómodo hacer un horario de trabajo a consta de pedirle a los demás que les den dinero que no ganando menos pero al menos haciendo un trabajo por el que realmente alguien te pague de verdad.

Antes de que alguien piense que suelo ir por la vida albergando sentimientos racistas, os diré que otro caso con el que también me suelo encontrar cada verano es una alemana ya de sus cincuenta largos y de piel muy bronceada. Se pasa la vida en el bar de enfrente del súper y cada vez que sale alguien se va detrás para cogerle el carrito y quedarse ella con la moneda. La primera vez que nos pidió la moneda nos dijo en ingles que la quería para beers… lo único que nos faltaba era tener que pagarle las cervezas a la alemana esta. Como es una pesada pero muy pesada también hemos tenido yo y otros clientes del súper, algunos altercados para que nos deje tranquilos a nosotros y a los carritos.

Espero no haber ofendido a nadie, porque sé que por desgracia hay muchos que lo han perdido todo y tienen que recurrir a sitios de ayuda que en su vida hubieran pensado que tendrían que recurrir. Sé que hay muchos padres que han tenido que dejar a sus familias para ir a buscar una oportunidad en otros países y poder dar un posible futuro mejor a sus hijos y sé incluso que hoy, muchas personas, que llegando a la más profunda desesperación han optado por acabar con su vida porque ya no veían ninguna salida. Me parece indignante que se haya llegado a esta situación, pero también me parece indignante que siempre surja ese avispado o avispada que quiere aprovecharse de la buena voluntad de los demás y espera a que los otros les regalen el dinero mientras ellos cumplen con su cómoda y poco estresante jornada laboral.

50 centimos

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