Historia de una pecera, o cuando la acuariofilia entra a saco en tu casa

8 Feb

En alguna entrada he comentado que tengo un acuario en casa y alguna vez alguien me pidió como fue que lo monté y pedía foto. En ese momento tenía la pobre pecera presa de una invasión de caracolillo y dije que lo haría más adelante, luego se me pasó. Hoy me he acordado de ello, así que calentad palomitas, tomad asiento que aquí va una batallita familiar muy marinera.

A mí siempre me ha gustado el mar. De pequeña solía bucear con careta y me pasaba horas y horas mirando los peces. Mi experiencia con los acuarios, no obstante, se limitaba a haber visto alguna vez un acuario en casa de alguien, o bien los que pudiera haber en el delfinarium o el acuario de cuando yo era pequeña. Bueno, también incluyo los que en ocasiones hay en algún restaurante… los decorativos, no los que te ponen la langosta para que te la cocinen, claro está. Pues bien, como veis yo en eso de los acuarios no tenía ni repajolera idea, pero que ni un poquito de repajolera. Eran unos objetos, en ese momento y desde mi punto de vista, más bien decorativos. En ocasiones había pensado en tener uno en casa. Por suerte alguna vez había elucubrado pensando donde pondría uno si un día me diera la ventolera de ello, pero de aquí no pasaba y tampoco había leído nada de cómo cuidarlos ni nada. Una amiga mía tenía uno enoooooorrrrmmmmeeeee en su casa. Vamos, baste decir que su acuario era más grande que mi bañera actual que es grande. Era una pecera de peces de agua salada y era una preciosidad sentarse al sofá y ver ese espectáculo en la habitación. Los peces que tenía eran puramente mediterráneos, ya que los habían pescado ellos mismos y mi amiga siempre decía que lo más… ejem… pesado del acuario era cuando llevaban garrafas y garrafas de agua de mar, sobre todo cuando lo llenaron la primera vez. No se porque, eso de las garrafas y garrafas me tendía que haber dado que pensar.

Corría allá por abril de 2004. Terremoto tenía apenas cinco añitos cumplidos hacía poco, como sus cinco deditos o los cinco lobitos. Hacía un año largo que yo ya me había separado. Ya conocía al papá de Tsunami, pero él aún vivía en Cataluña y nos veíamos cuando podíamos. Si pensáis que con todo esto os he puesto en situación para contaros mi historia estáis equivocados. Me he dejado un dato. El más importante. El más bestia. Y el más demoledor de todos. El 28 de noviembre de 2003 habían estrenado en las carteleras de cine españolas una peli de dibujos que narraba la experiencia de un pequeño pez payaso y su padre estresado. Sí queridos lectores, tan sólo unos meses antes de los hechos que os voy a narrar, Disney-Pixar había estrenado en este país la peli de Buscando a Nemo y toda madre y todo padre sabe que no somos nadie para luchar contra Nemo. Aún hoy en día los peces payaso se siguen llamando Nemo y evidentemente,  su padre Melvin, como buen padre que es, perdió su identidad y para todos los niños es el padre de Nemo. Esta visto que en el mundo del mar hay ciertas cosas que siguen las mismas reglas que en el mundo real.

¿Qué ocurrió en abril de 2004 para que nuestra vida doméstica cambiara? Pues que fuimos a una comunión. Pero no una comunión cualquiera de compromiso, no. A la comunión de un familiar, que esos sí que podían ir cualquier día a tú casa y verla por dentro.  Segundo, era la primera Comunión, bautizo o boda a la que estábamos invitados e iríamos con el peque. Además, era una de esas Comuniones que casi parecen una boda, entre tropecientos mil familiares por ambos lados y tropecientos mil amigos y compromisos de los padres y que habían invitado a todos los niños de la clase aquello casi parecía una pasarela de moda para todas las edades y con falta de dirección.  Terremoto estaba en una etapa muy inquieta. Era un sábado por la mañana. Recuerdo que llevaba ese día unos pantaloncitos de pinzas deportivos y una camisa azul oscuro con un gran dibujo de Mickey Mouse estampado. Aguantamos la iglesia, y aguantamos la comida. Ese día yo iba acompañada de mis padres. Al final de la comida había una pequeña fiesta infantil, pero mi pequeño estaba ya hasta el moño de todos esos convencionalismos sociales. Pensad que para un niño con problemas del espectro autista la socialización y la comunicación son dos de sus puntos flojos y un día con tan pocas rutinas no ayudaba mucho. Como siempre hemos pensado que el niño era lo primero y el que dirán me importa un bledo, pues fuimos a los papás del nene de la comunión y le anunciamos que seríamos, muy a nuestro pesar, los primeros invitados en irnos. Terremoto estaba ya bastante nervioso y no era cuestión de montar un numerito en un día tan especial para ellos. La mamá toda contenta (cuando una es de la familia y sabe como es tu hijo no se ofende porque te vayas justo antes de los payasos y demás) nos dijo que primero tenía un regalo sorpresa para Terremoto. Uso dos palabras mágicas de esas que hacen que un niño con ganas de salir corriendo ponga el freno de mano y ralentice motores. Un regalo sorpresa, guauuu. Yo creía que iría detrás de la mesa o algo por el estilo y sacaría cualquier cosita para los peques tipo recuerdo de la comunión de fulanito o bolsa de chuchas de la comunión de menganito… pero no. Para mi sorpresa y la de todos nos fuimos por unas escaleras que daban hacia la zona de los baños y del almacén del restaurante. Pensé al principio que el baño del restaurante era un lugar muy peculiar para guardar los recuerdos, sobre todo porque en la habitación de arriba había bastante espacio. Cuando pasamos delante de las puertas del baño y seguimos caminando por un pasillo aquello me sorprendió más. Llegamos ante una de las puertas que ponía almacén y entramos dentro. Allí nos tenéis todos: la mamá, Terremoto, yo y mis padres cubriéndonos la retaguardia. La mamá se dirigió hacia un gran montón de cajas que formaban algo así como una pared de cajas sobre unos pales y que curiosamente estaban bastante mojadas y de hecho habían mojado el suelo. Subimos sobre los pales la mamá, mi peque y yo. Ella se agachó y abrió una caja. Yo me agaché y me puse a la altura de Terremoto y…

… y de repente ¡cha-chan! Sacó de las cajas algo parecido a una fiambrera transparente con tapa amarilla, agujeritos y asa. Dentro de esta fiambrera portátil había flotando impunemente una pequeña carpita dorada, de esas tipo sardinita que digo yo. Cuando Terremoto vio la carpa-sardinera lanzó un grito efusivo, entusiasta y ensordecedor de ¡¡¡¡NEMOOOOOO!!!! Y yo me quedé sorda. Ojiplática. Y me caí literalmente al suelo de culo.

Creo que no lo había dicho, pero la comida de la comunión la hicieron en un pueblo que debe estar a unos cuarenta kilómetros de la capital. Ya nos tenéis, yo conduciendo de vuelta y procurando no pegármela con todo el jaleo que se había montado dentro del coche. Al lado mi madre, que es la peor copiloto que una pueda desear porque siempre se metía en como conducían los demás y es de esas que pitaría a todo quisque. Su misión era custodiar un paquetito con unas cuantas bolitas de comida para peces, para que este llegara vivo al lunes. Su intención era que el pececillo no llegara al lunes, ya que no paraba de repetir que ella en mi lugar al llegar a casa lo tiraría por el water y tiraría de la cadena. Mi padre detrás con Terremoto intentando que el pez llegara con algo de agua a casa. Terremoto todo contento en su asiento girando la pecera en todas direcciones para ver a su Nemo y que nadie intentara quitarle la pecerita, sobre todo después de los comentarios de la abuela,  que la extinción de los dinosaurios sería una frugal anécdota en la historia de la humanidad comparado con lo que se nos podía venir dentro del coche. No recomiendo a nadie ir en coche con un niño hiperactivo, un pez encarcelado, un abuelo mediador y una abuela histérica-psico-homicida. Sinceramente, el problema no fue llegar a casa sanos y salvos y con algo de agua en la fiambrera. El problema fue que hacía yo luego con el inquilino de la fiambrera.

Sábado por la tarde: Por suerte mi padre me acompañó hasta casa. Mientras Terremoto seguí inspeccionando su Nemo, pero esta vez en una superficie menos movida que  un coche, yo estaba buscando desesperada por la cocina algo donde poner el pobre pez y que fuera visible. Recordaba que en algún rincón de los muebles de abajo había una jarra de sangría que me habían regalado hacía años y como yo no tomo sangría pues allí estaba la pobre ocupando sitio. La mamá de la comunión ya me había advertido que nada de agua del grifo que tiene cloro, que tenía que ser agua destilada y la única destilada que había por casa era la de la plancha, que era poca, y encima en su versión con perfume a rosas y eso me daba que no era la adecuada. Salí despavorida pitando para el super toda enjoyada de la comunión con zapatos de tacón y camisa floreada con cuello de volantes, para agenciarme una botella de agua que fuera baja en minerales ya que la de casa no cumplía ese requisito y no era cuestión de matar al pez esa misma noche (y yo que narices sabía entonces que la de casa iba que chuta). Llené la jarra con el agua mineral baja en minerales y pez para dentro. Conseguí que esa noche el dorado Nemo durmiera en la repisa de la cocina y bien hacia la pared donde Terremoto no llegaba al asa de la jarra, y no sobre la mesita de noche del peque como era su deseo. No recuerdo bien que cuento chino me inventé para convencerle, pero al final accedió y se fue a dormir no sin antes haber mareado un poco al inquilino de la sangría y haberle dado las buenas noches. El pez también consiguió sobrevivir al domingo. Yo también.

Domingo durante todo el día: Terremoto no soltaba el asa de la jarra mientras estuvimos en casa. El pez fue presentado formalmente a todas las estancias, muebles, electrodomésticos y juguetes de nuestra morada, y eso que era pequeña. Había quedado con mi padre para que el domingo por la tarde estuviera paseando al pez en su jarra con Terremoto mientras yo intentaría despejar ese sitio con el que en ocasiones elucubraba sobre poner en él una pecera un año de estos. Eso implicó una maratón de quitar mini aparatito de música. Trasladarlo a mi dormitorio. Quitar de mi dormitorio los libros y llevarlos al trastero. Por suerte disponía de un espacio en el trastero.

Lunes por la tarde: Cuando salí del curro, mi padre volvió a venirse un ratito a casa. Me presenté en la tienda de acuariofilia que hay cerca de casa, porque sí, TUVE LA SUERTE DE TENER UNA TIENDA CERCA, ¡Aleluya! y le expliqué la odisea al dueño. Él me contó que para montar un acuario primero se tiene que tener una semana para graduar el ph y la acidez del agua, que se creen microorganismos y no se que más y luego se pueden poner los peces. Yo le comenté que el ph y la acidez nos lo saltábamos, los microorganismos ya vendrían con el tiempo y la semana quedaba comprimida en el tiempo en que tardaba en lavar y poner la gravilla, unas plantitas de plástico para que aquello no estuviera tan soso y volviera a por las garrafas de agua de acuario.  Esa tarde, para asombro propio y para el dueño de la tienda de los peces, mi casa anocheció con una pecera de 20 litros, con filtro y luz incluida. Yo había asumido brevemente y de esa forma, todos los conocimientos sobre filtros, carbón, peces, limpieza y alimentación de una sola tacada así a lo bestia. El pobre acuario se había saltado todos los tiempo, ph y demás gilipolleces que se precisaran para su utilización. Total, sólo era cuestión de agua, adornos y peces ¿no?. Pero, pero, pero, siempre tiene que haber un pero, Terremoto se había hecho una visita a la tienda de los peces… bueno, a mi padre se le había ocurrido la brillante idea de sacarlo a pasear hasta la tienda para ver lo que hacía mamá cuando yo estaba en ella haciendo unos viajes con el carrito de la compra, la gravilla y las garrafas y… pues eso que el acuario de casa tenía más plantas de las compradas inicialmente, un cofre del tesoro, Nemo (que era el único que ya estaba en casa) y los seis primos de Nemo que se tuvieron que venir por narices con nosotros porque el pobre estaba muy solo. Nos libramos que el de la tienda no tuviera nada parecido al Monte Escupitajulus (véase volcán) que tienen los peces del dentista en la peli, ese tal P. Sherman calle Wallaby 42, Sidney.

Tengo que reconocer que quedándote mirando una pecera con la luz encendida por la noche es algo muy relajante, más que mirar la tele. Sobre todo cuando una está agotada pero orgullosa de ser la mejor madre del mundo mundial para su Terremoto.

También tengo que reconocer que yo he sido muy novata y tuve que poner a tratamiento médico un pez que tenía estrés. Le tuve que pedir a mi padre que le diera ese fin de semana las medicinas ya que yo había ido a ver a mi chico a Barcelona. Recuerdo que una de las primera cosas que le dije fue “como es posible que unos peces que se pasan el día tranquilos y viendo la tele puedan estar estresados y tenga que medicarlos y yo que no paro en todo el día sólo me tomo un paracetamol y da gracias. Si no es posible. ¿De que se estresan, de vernos histéricos en casa? Más tarde supe que en un acuario tan pequeño no se tenían que tener tantos peces, ya que se estresan al no tener espacio vital. Les entiendo. También tuvimos un pez que tenía embolias, es que me han tocado unos peces más raros. Cuando tenía la embolia perdía el control de la vejiga natatoria y te lo encontrabas nadando panza arriba o intentando desesperadamente ir al fondo mientras flotaba. Eso, tengo que reconocerlo, no era nada relajante. Me dijeron que no sufría y no había medicación para ello. En sus últimos años, porque este duró mucho más que otros, tuvo muchas embolias seguidas, hasta que una de las veces que flotaba panza arriba nos percatamos que no era por la embolia. He tenido peces acosadores, porque hay algunos que se creen muy chulos y van de matones metiéndose con los pequeñajos. De hecho y ahora que Terremoto no nos oye os diré que el primer Nemo, el de la comunión, fue uno de ellos y era tan y tan pesado que el señor de la tienda de los peces me lo cambió por otro parecido más tranquilo. Me dijo que cuando un pez hacía esto era porque los demás eran unos pezqueñines pringadillos e iba a por ellos que si se le ponía con peces más grandotes no lo hacían, y como a mí ya no me cabían más peces en el chiquitajo acuario pues me lo cambió. También me enteré un día que hay que limpiar el filtro… supongo que esa tarde debió decírmelo, yo lo viví un día que llegué a casa y el acuario estaba con todos los cristales verdes y los peces casi muertos. También descubría que no se les tiene que alimentar demasiado porque hacen desechos y ellos cagan mucho y que los acuarios se tienen que aspirar, renovar el agua y limpiar los cristales, algo así como estirar de la cadena del water una vez al mes. Mi último problema fue hace poco al ponerle plantas naturales que en las raíces de alguna debió haber algún huevo de caracolillo, porque yo no lo compré. Una tarde vi uno y me hizo gracia, al cabo de unos días eran tres. A la semana siguiente eran cientos y no exagero. Nos tuvimos que pasar unas cuantas semanas quitando por la noche todos los que veníamos, vigilando los filtros porque se ponían en ellos y los tapaban y dándoles un producto para eliminarlos.

Como veis los acuarios son muy monos pero tienen su miga, y eso que aún no he tenido ningún pez que me hiciera abuela. Por cierto, si alguien me pregunta por los papis de la comunión, os diré que una vez me los encontré y me pidieron como estaba el acuario, ya que otro familiar les había dicho que tenía uno muy chulo en casa. Recuerdo que les comenté que un pez era un animal y que no podían ir por la vida regalando animales a los niños sin el permiso de sus padres. Se echaron a reír y me comentaron “seguro que todos los niños se acuerdan de la comunión de X y todos los padres de ese día”. Ante este comentario me puse muy seria, me lo pensé un momento y añadí. “Bueno, ya que tenéis esa opinión. Vete haciendo a la idea que X tiene un hermanito pequeño y aún no ha hecho la comunión. Estoy pensando que ya se que le regalaré. Preparaos porque acabo de decidir que será una San Bernardo preñada. Seguro que así X e Y siempre se acordarán de Terremoto y vosotros os acordareis de mí siempre”

 

PD1: Supongo que Y hace años que ha hecho la comunión. Por alguna extraña razón que no atisbo a dilucidar ni mis padres ni Terremoto ni yo hemos sido invitados a tal acontecimiento familiar. En algún sitio de este planeta hay una San Bernardo preñada que espera la comunión retrasada de un niño para tener un nuevo hogar.

PD2: Los peces son mascotas no juguetes. Su uso y regalo tiene que ser meditado, consentido y anticipado.

PD3: Este es nuestro tercer acuario, pero tengo que reconocer que esto engancha y poco a poco les vas buscando una casita más grande y confortable. Os dejo con nuestros peces, glu-glu.

pecera

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4 comentarios to “Historia de una pecera, o cuando la acuariofilia entra a saco en tu casa”

  1. ¡Mama qué sabe! 9 de febrero de 2013 a 9:27 am #

    Me emociono, imagino todo lo que cuentas y lo que puede suponer para tus hijos, y para tu mayor…
    Laura, aunque no lo sepas, siempre regalas más que tu tiempo cuando compartes con nosotras tus palabras.
    Nosotros tambien tenemos un acuario, la mitad que el tuyo o menos… Me pierdo a veces entre las idas y venidas de los peces, y precisamente en ellos me encuentro.
    Mil besos!

  2. Laura 9 de febrero de 2013 a 3:08 pm #

    Nosotros el primero que tuviemos era de 20 litros, luego pusimos uno de 30 y el de ahora es de 100. Vamos que han pasado de vivir en un pisito a vivir en una hacienda con tropecientas hectareas de agua.Así que como ves los demás eran mucho menos que menos de la mitad, jeje, por lo que dices el vuestro debe ser algo así como el mio de antes. Entonces no podía poner nada más grande porque no había sitio material en toda la casa para ello. Salvo que lo pusiera encima de la mesa de la cocina y la dejara sin usar para nada más, pero allí estaba muy a desmano y no se hubiera podido ver.
    Al que le gusta más el acuario es a Tsunami. Al papa de Tsunami también le gusta mucho, es el encargado de darles de comer, junto con algún apoyo infantil variado según el momento.
    Adivina que me toca a mi. Ir a comprar la comida de los peces cuando se acaba y limpiar la pecera. Como he dicho, el mundo de los peces y los humanos es más parecido de lo que parece.

  3. MisMellis 10 de febrero de 2013 a 9:24 pm #

    Nosotros empezamos comprando uno pequeño (50 litros) y pusimos solo peces de agua templada y dulce… como esto engancha y nos leímos todo lo habido y por haber sobre el tema y creíamos que aquello era fascinante en un momento de locura dejé que mi chico comprara uno de 200 litros. Hemos vivido todo tipo de experiencias con él, todo tipo de peces, algunos hasta han criado y todo… como soy de las que me empapo de un tema antes de meterme íbamos atajando problemas antes de que surgieran y no caí en muchas dudas de principiante.
    El último capricho de mi chico es pasar el acuario a agua salada, ya hemos empezado a informarnos de ocmo salinizarla y de precios y demás de todo el aparataje para poder meter peces de agua salada…
    Mis hijos se han criado frente al acuario, viendo ir y venir peces mientras tomaban el biberón y les encanta…

    • Laura 10 de febrero de 2013 a 9:51 pm #

      El acuario que tenía mi amiga creo que era de 500 ó 600 litros, era algo impresionante. Lo llenaron con agua de mar, vamos que se iban con las garrafas a la playa y volvían con el coche repleto y a ir subiendolas. Es lo que tiene vivir en una isla. Yo sigo sin haber leido mucho de peceras y así me va. Cuando tengo una duda o un problema me voy a la tienda donde lo compre o a otra que está cerca del curro y les acribillo a dudas y preguntas. De momento vamos sobreviviendo o reponiendo las bajas. Es que en el fondo es un vicio.

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