El chupete, ese extraño objeto de deseo

15 Ene

El chupete me produce desconcierto, no sé muy bien que decir de él. Para mis hijos esa sensación es más racional. Yo de pequeña jamás llevé chupete. No fue porque mis padres fueran unos rácanos que no quisieran comprármelo, no. Ellos lo intentaron y me lo recordaron mucho tiempo. Chupete que me ponían, chupete que salía volando. Por ese motivo yo fui la causa de muchas noches en vela, de muchas tardes sin siesta y de muchas heridas con una aguda protesta que le acompañaba. Mi madre siempre me decía que como yo no quería chupete me costó mucho más dormir y que mi sueño era muy inquieto. Yo no creo que el chupete fuera la causa de que me costara conciliar el sueño ni de que este fuera ligero. Eso me sigue pasando hoy en día y dudo que si me pusiera un chupete estos aspectos mejoraran en algo.

Cuando nació Terremoto yo tenía unos cuantos chupetes. Digo unos cuantos porque no sé muy bien por qué motivo coincidió que yo trabajaba en un departamento de cara al público. Cuando a los clientes habituales les comenté que estaba embarazada unos cuantos vinieron luego con un presente sin importancia, un detallito para el futuro bebé. Un chupete. Bueno, unos cuantos porque todos me trajeron chupetes, incluso una chica me trajo un dúo de chico-chica azul y rosa evidentemente por eso de que aún no se sabía.

Así que allí estaba yo con mi colección de chupetes y ni un solo sonajero ni un solo mordedor, recién parida de cesárea. Me dijeron las enfermeras que el niño tenía muy buena succión y no tendría problemas para amamantarlo. ¡Ja!, ya os conté en su momento los problemas con la leche, pero eso es otro post. Así que si el peque sabe succionar, también sabrá chupar el chupete. Ingenua de mí. Todo el mundo siempre me ha dicho que el niño es clavadito a su padre. Pero estaba visto que en la cuestión chupetil el niño había salido a la madre. Así que tuve que comerme con patatas mi extensa colección de chupetes, incluso lo intenté con alguno otro de farmacia por si la textura y el tamaño pero nada. Terremoto no quería saber nada de esa cosa que se chupaba y no salía leche. Él podía ser todo lo pequeñajo que quisieras pero de tonto no tenía ni un pelo. Así que tuve que mamarme todos sus berrinches, golpes, falta de sueño, inquietud para dormir, porque en esto último también salió a la madre que lo parió. Tengo que decir a mi favor que al menos no se lo he echado en cara.

Cuando Terremoto iba a la guardería y ya tendría tres años, vio que había algunos niños que aún llevaban chupete. Entonces me lo empezó a pedir. Yo lo siento mucho, pero por mucho trauma que se le pueda causar por mi negación (que dudo que pueda haber algún trauma) mi menda se negó a introducir ese extraño objeto de deseo cuando a todos los niños se les estaba quitando. Mi mayor siempre tan suyo. Un día estando en casa de los abuelos encontró uno guardado en un cajón y se pasó toda la tarde más feliz que una perdiz paseándose con su chupete recién descubierto. Que contento que estaba, y lo que costó dejarlo en la casa de los abuelos. Y lo que me costó que los abuelos lo cambiaran de sitio, porque como el niño lo había llevado eso pasaba a ser una reliquia digna de ser conservada en la caja etiquetada como “Museo de Terremoto”.

Cuando nació Tsunami yo no tenía ningún chupete, de hecho después de la experiencia del mayor ya ni me había planteado comprarle uno. Mi suegra era más a favor del chupete, todos sus hijos lo habían llevado. Es famosa la carrera que se pegaron mi pareja y su padre para buscar una farmacia de guardia y comprar un chupete a su hermano cuando este nació. También fue famosa la historia de cómo mi pareja decidió un día por las buenas que ya era mayor para llevar chupete y lo tiró por el water y estiró la cadena y bye-bye chupete. Por suerte parece que no provocó ningún atasco.

Así que cuando nació Tsunami quien se había venido con un chupete preparado fueron los padres de mi pareja. Tsunami al principio era un poco de la opinión de Terremoto, “si eso no saca leche para que narices me lo das”. Pero la abuela fue más cabezota que el nene y se lo aguantaba en la boca hasta que al cabo de un rato Tsunami, resignado, tiró el pañal (véase la toalla versión neonatal) y se quedó calmadito chupa que te chupa como la bebita de los Simpson. Tengo que decir que el chupete nos ha ido de fábula, no hemos tenido ningún problema. Le ha servido para dormirse. Eso sí, sin chupete no se dormía. Por suerte no ha sido de esos niños fiel a un único chupete hasta la muerte porque otro nuevo y sin rotos no sabe igual. Tsunami ha tenido un mogollón, montones de chupetes. Dormía con unos cuantos por la cuna y siempre los buscaba. Normalmente se ponía uno en la boca y otros dos, uno en cada mano. Se pasaba toda la noche quitando uno y sustituyéndolo por otro y así sucesivamente. Cuando tuvo alguna caída o alguna rabieta se le enroscaba un chupete y silencio inmediato al canto. Le han servido para consolarse, para aburrirse, para jugar, para pasar el rato y sobre todo para hacer Tiro Olímpico de Chupete, una de sus máximas especialidades. Este deporte olímpico-infantil es, tras el estropeamiento y rotura de algunos de ellos, una de las causas por las que he tenido que comprar tantos.

Algunos los perdió por la calle. Tenía una habilidad especial para colarlos por las rejillas del alcantarillado con un solo escupitajo a presión de chupete. También desaparecían por casa misteriosamente y normalmente cuando estaba dormido y algunas veces antes de acostarlo, mi pareja y yo acabábamos tirados por el suelo buscando detrás de cualquier mueble o cortina o debajo de los cojines o por dentro de las cajas de juguetes o debajo del colchón de la cuna, donde había un chupete de guardia.

Para evitar estas búsquedas urgentes e intempestivas tomamos la costumbre de tener siempre guardados en una taza de desayuno tres chupetes de guardia para el descanso nocturno. Como siempre teníamos desparramados diversos chupetes por las diferentes estancias de la casa (solía tener una media de nueve chupetes operativos siempre en casa) pensé en su momento que estaría bien buscar un centro base para su localización. Fue así como no se muy bien como se me ocurrió la rocambolesca idea de emplear los envases de plástico que te vienen dentro de las bolsas de magdalenas del Mercadona. En cada hueco donde antes había habido una suculenta magdalena ahora había un chupete, o dos. Este envase lo situé cerca de la cafetera eléctrica en la cocina, pero Tsunami es más listo que un lince. Así que me volví a pasar de nuevo  todo el día buscando y lavando chupetes y poniéndolos en el envase de las magdalenas y Tsunami sólo se tenía que pasar cada cierto tiempo por la cocina cuando esta no estaba vigilada especialmente y salir pitando de la escena del crimen, con un chupete en la boca y sus bracitos cargados con su cargamento chupetil dispuesto a proporcionarle indescriptibles momentos de juego y placer. Fue por ello que justo en el hueco de la cafetera eléctrica, donde suelo tener la taza para el desayuno, empecé a esconder allí unos cuantos para los momentos de suma urgencia.

Tsunami fue pues el niño del chupete, el más feliz del mundo con ellos. Incluso en dos ocasiones, né se muy bien como, ha conseguido ponerse al mismo tiempo en la boca tres chupetes. Lo de dos era algo que de tanto en tanto practicaba.

Después de haber cumplido los tres años la abu nos dijo que ya le tocaba quitárselo o tirarlo por el water como su padre. Yo eso del water no me convencía, porque con lo gafe que soy con las reparaciones del piso seguro que a nosotros se nos hubiera atacado la tubería y a ver quien le cuela esa reparación al seguro: “Verán, es que teníamos que deschupetear al nene y montamos un funeral viquingo en toda regla ¡pero sin incendio!, claro”.

Nos costó mucho, pero conseguimos que poco a poco se lo quitara de día. Papá siempre llevaba uno en el bolsillo por si alguna urgencia pero intentábamos darle largas y sólo lo usaba para dormir. Ya nos temíamos que eso de quitar el de dormir iba a ser muy heavy. Cuando, en una reunión del cole que tuvimos en noviembre con todos los padres y la profe, esta nos comentó que los nenes sería aconsejable que se lo fueran quitando. Para facilitarnos la labor habían empezado a trabajar que ciertas cosas eran de bebé y otras de nenes y allí en la pared los peques habían montado un colage en plan póster de las cosas de los bebés donde aparecía el chupete, el biberón, los pañales y otras cositas por el estilo. También nos comentó que les habían contado que los que aún llevaban tenían que tener en cuenta que al haber cumplido ya los tres añitos, los Reyes Magos se llevan sus chupetes de bebés y así ya les pueden dejar regalos de nenes más mayores.

Uhhhhffff…. ¡Que alivio!, ¡Casi me levanto en medio de la reunión y le doy un beso a la profesora!. Empezamos a preguntarle sobre el tema a Tsunami y nos confirmó lo de los Reyes, así que le mantuvimos el chupete nocturno hasta que empezaron las vacaciones de Navidad. Luego, coincidiendo con unos días en los que teníamos días guardados de vacaciones y no teníamos que ir por la mañana al trabajo, le fuimos poco a poco quitando el nocturno y contándole que pronto los Reyes se los llevarían y tenía que ir acostumbrándose a dormir como un mayor.

La noche de Reyes fue su última noche con su chupetito, ya sólo uno, apretado en sus manitas como un preciado tesoro. Por la  mañana se emocionó tanto cuando vio los regalos debajo del árbol que vino corriendo a decírnoslos y dejó el último chupete de bebé que le quedaba abandonado sobre una mesa. Al cabo de unos minutos, ese chupete había desaparecido por arte de magia. Los Reyes le habían concedido el deseo de su última noche, y ahora cuando abrió su primer regalo de nene el chupete desapareció con un tenue destello de luz y estrellitas azules y se fue con sus compañeros a la casa de los Reyes de Oriente.

Tsunami aceptó bien la idea de que ya no tenía que llevar chupete, pero los primeros días lo intentaba, en ocasiones. Ahora ha visto que ya no hay y ya no lo pide y se siente muy mayor. Bueno, no lo pide salvo la otra noche que no tenía ganas de dormir y quería seguir de juerga en la sala. Papá lo llevó a la cama como cada noche a las nueve. Él como cada noche que no tiene sueño empieza a llamar a papá durante un rato a ver si cuela, pero no suele colar. Tras un buen rato de llamadas sin fruto, mi pareja y yo nos quedamos atónitos ante un contundente “¡A ver, que alguien me ponga un chupete en la boca para que pueda callarme de una vez!”. Nosotros nos miramos y nos descojonamos de risa con sus ocurrencias. No sé muy bien si algún chupete mágico apareció en su cuarto. Ni si los Reyes de Oriente ante su ocurrencia le concedieron una nueva última noche. Lo que si sé es que al cabo de un ratito nuestro Tsunami estaba tranquilo y feliz dormidito, como cada noche. Su chupete ha desaparecido de su vida y lo ha sustituido por el primer peluche que se le cae accidentalmente en la cama alguna noche. Generalmente Perry el ornitorrinco. Hay que ver que curiosas metamorfosis tienen algunos chupetes, esos extraños objetos de deseo.

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4 comentarios to “El chupete, ese extraño objeto de deseo”

  1. ¡Mama qué sabe! 16 de enero de 2013 a 2:58 am #

    Jajaja, me encanta el arte para escribir que tienes; me parece estar contigo tomando un cafe (a estas horas intempestivas) y quedarme tranquilita solo escuchándote, como si fuera el cuento ue una abuela lee a su nieta.
    Mayor tampoco quiso chupete! Y a la mini se lo ponía para ver cuando estaba incómoda para dormir y así hacer que expulsara los aires (el escupirlos también se le da genial). Y aprendió a quitárselo y ponérselo bien pronto!
    Abrazos de corazón!

    • Laura 16 de enero de 2013 a 10:22 pm #

      Chiquilla, tengo que confesaros una cosa. Tengo una frustración que me persigue, en el cole las profes de lengua siempre me suspendian las narraciones que escribíamos porque decían que eran raras, no les gustaba mi forma de redactar y no trataba temas interesantes. Recuerdo que un chica siempre recibía alagos y yo no lo acababa de entender, porque siempre escribía sobre el mismo tema: huerfanitos que hacían pillerias para conseguir un mendrugo de pan y subsistir hasta el día siguiente. Todo un dramón al más puro estilo de la picaresca del Lazarillo, pero con un 10 incorporado.
      Así que oir que lo que escribo te produce esta sensación es toda una go-za-da. Ya me gustaría que estuvieramos más cerca, seguro que un día hubieramos quedado para tomar un café, que los peques jugaran y haberme acordado un poco de mi profe de lengua, jajaja. Un beso para tí, para el anti-chupetes y para una futura tira-chupetes olímpica.

  2. unaterapeutatemprana 16 de enero de 2013 a 10:52 am #

    El eterno debate del chupete…Nosotras más allá de los 12-15 meses lo desaconsejamos totalmente porque la experiencia nos dice que, a la larga, sólo da problemas para alegría y gozo de dentistas y logopedas. Pero a veces es muyyyyy difícil quitárselo.
    Un besito.

    • Laura 16 de enero de 2013 a 10:27 pm #

      Lo de problemas con la dentición me daba un poco de miedo, no sabía que además tuvieran problemas logopédicos. Este último año no lo llevaba mucho de día, le gustaba mucho pasearlo pero se lo ponía poco. Sí que se lo ponía para dormirse, pero los dos primeros años… era difícil conseguir una foto decente del peque sin chupete.
      Espero que alguien se pueda beneficiar de la historia de los Reyes de Oriente y los chupetes. Hasta pronto guapa.

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