De operaciones, madres y pastillas de Orfidal

2 Nov

El verano en que me separé del padre de Terremoto me diagnosticaron un tumor de colon. Fueron unos días bastante jodidos, porque primero tardaron en darme el diagnóstico, ya que me faltaba presentar un papel del seguro y nadie me lo había dicho. La tarde en que fui a buscarlo pasé por la consulta del medico, pues las pruebas se habían hecho en la misma clínica. Yo aún no sabía lo que tenia. Le enseñe los resultados a la enfermera, mi medico estaba de vacaciones porque era finales de agosto. La enfermera se  miro el resultado de la colonoscopia, se le fue un poco la sonrisa de su cara y me preguntó si tenía mucha prisa y si no me importaba esperar un rato, que prefería que otro de los médicos se mirara el informe. No hay que ser muy espabilado para pensar que cuando te están diciendo eso es que lo que estaba escrito no pintaba precisamente bien, si no se hubiera limitado a darme cita para cuando volviera el médico. Así que esperé a que el otro doctor tuviera un hueco y me cogiera. El doctor se miro los papeles y me dijo que tenía un tipo de pólipo que es tumoral, que hasta que no se extrajera y analizara no se sabría si era benigno o maligno, pero que así como estaba él preferiría que lo viera mi médico cuanto antes. Este doctor salió conmigo de su consulta, se fue a la enfermera y le dijo que le era igual como se lo montara, pero que quería que el primer día que viniera el médico me colara la primera de todas. Eso señores, tampoco suena muy bien, así que cuando llegué me fui disparada hacia el teléfono para hablar con mi amiga, la doctora de Barcelona y leerle la parrafada.

La cita con el médico fue a la semana siguiente y esa semana se me hizo muyyyy larga. El médico más o menos me confirmó lo que me imaginaba. Me recomendó de operar cuanto antes mejor y me sugirió a la semana siguiente en la que había un hueco en quirófano. De esa forma,  durante esa semana me podían hacer todas las pruebas y los preparatorios. Esa segunda semana, aunque me pasara todo el día entre ir a la clínica y luego a casa, también se me hizo muyyyyyy  larga.

Tengo que decir que admiro a las personas que hayan pasado o estén pasando por algún tipo de tumor o cáncer, porque es realmente estresante. Confieso que tenía miedo. Mucho. Pero tenía miedo no por lo que me pasara a mí, sino porque si me ocurría algo Terremoto se quedaría sin su mamá y eso no podía ser. Terremoto era demasiado pequeño, sólo tenía cuatro añitos y me necesitaba mucho. Tenía más miedo por mi hijo que por mí, es curioso.  Os avanzaré para que no paséis pena, que la operación fue todo un éxito. De hecho no fue necesario ni quimio, vamos que tuve una potra de campeonato. Cuando recibí la biopsia, el tumor era maligno. El médico me dijo que había vuelto a nacer, ya que le faltaba muy poco para llegar del pólipo al colon y de allí metástasis a cualquier parte. Sé que lo mío fue una chorrada en comparación con lo que han de pasar muchos pacientes y sus familiares. Toda mi admiración para ellos y desearía que a todos les pudiera ir bien, de todo corazón.

Pero lo que os quería contar hoy fue lo que me ocurrió justo después de haber salido de quirófano. Concretamente cuando me llevaron a la habitación. Yo aunque haya sido hija única nunca he sido una persona muy mimada. Más bien nada. La mimada en casa era mi madre, no yo. Así que yo tenía pensado estar sola el tiempo que estuviera en clínica y mi ex se encargaría de Terremoto y que mis padres le dieran una manita con el peque si lo necesitaba. Lo único que me preocupaba era el nene, yo me sé cuidar y si necesitaba algo ya estaban las enfermeras. Así lo había comunicado en casa. Mi sorpresa vino cuando esa noche mi madre me comunica que ella se pensaba quedar en la habitación conmigo. Yo le dije que estaba bien, la operación no había sido nada aparatosa y dentro de lo que cabe estaba muy bien. Pero mi madre insistió en que quería quedarse y no había forma de bajarla del burro, finalmente, ante su insistencia, claudiqué y dije que bueno.

El que se quede alguien contigo no es malo y en ocasiones se agradece, pero yo me conocía a mi madre y me temía que muy necesario no era sobre todo con lo bien que me encontraba pese a la intervención.

Yo ya empecé a sospechar que me había apresurado a aceptar su oferta cuando envió a mi padre al coche a por las bolsas y el hombre se presentó con unas cuantas bolsas de esas grandes de tienda de ropa, llenas de cosas. Empezó a montar todo aquello como si fuera una habitación de hotel, vamos que yo que he viajado bastante no suelo llevar tanto attrezzo en mis desplazamientos y menos a una clínica. Me inundó el baño con sus potingues, los de noche, los de día, los complementos de las cremas, las de manos y los labios porque con el aire una se reseca mucho. Espejos y peine,  cepillo de dientes y pasta y enjuague bucal. Los medicamentos de la noche, los de la mañana, unas pastillas para el cuello por eso de que allí el aire es más seco y se reseca el cuello. El libro que estaba leyendo, una revista que venía con el periódico del día que se había comprado en el quiosquito de la planta baja cuando yo estaba en quirófano. Ropa, teóricamente para esa noche y la mañana siguiente… no sé que entendía ella por ropa para una noche. Vamos, todo un espectáculo. Fue divertido ver aquél desborde de complementos, sobre todo cuando yo me había presentado allí con una mochilita y poco más.

Lo mejor de todo fue que después de medio haber desembalado media casa de esas bolsas me dice. ¡Cielos! Me he olvidado de una cosa importantísima, voy a tener que llamar a tu padre para que me lo traiga.

Yo no podía entender que cosa importantísima se había olvidado, porque en su casa no tenían ni canario ni periquito. La cosa importantísima resultaron ser las pastillas para dormir. Sí señores, no los medicamentos de la noche que esos los llevaba, no, los somníferos.

-Pero bueno mamá, si tienes los medicamentos y te quedas para guardarme por si me pasa algo, ¿para que quieres somníferos? Si luego te necesito no te enterarás, además no harás venir de nuevo a papá para las pastillas de dormir.

-Que no nena, que yo tengo insomnio crónico, que no me hacen efecto, que sólo me sirven para tranquilizarme que con lo que te han hecho estoy muy nerviosa y así al menos me calmaré.

Yo, como os he dicho, me conocía a mi madre, y lo de insomnio crónico no sé cuando es que lo haya tenido. Era de las que tocaba una butaca o una cama y se quedaba roque. Además, no creo que se hiciera la dormida, porque mis padres, los dos, eran de esos que roncaban y mucho. En dos tonos, diferentes, y sincronizados de tal forma que primero era uno y luego el otro y más de una noche cuando yo era soltera era yo la que no podía dormir aún con la puerta de mi cuarto cerrada.

-Pero mamá, por una noche que no los tomes no pasará nada.

-Que no, que no, que voy a llamar ahora a tú padre.

A mí no me apetecía que llamara a mi padre, porque el pobre debía acabar de llegar a casa y no era cuestión de marearlo tanto con ir y venir y menos para eso. Le sugerí que hablara con las enfermeras, que mira por donde estaban justo, justo, enfrente de la puerta de la habitación. Mi madre cuando quería era muy persuasiva y muy cabezota. Así que supongo que por agotamiento administrativo consiguió que las enfermeras de guardia le dieran no uno de sus somníferos, sino dos, ya que a ella uno no le hacía nada y dos pues tampoco. Cuando la vi entrar toda contenta con sus dos pastillitas se me quedaron los ojos como platos.

Todo intento de convencerla de que esas pastillitas no eran lo adecuado fue tirar agua sobre mojado. Así que esa noche antes de apagar la luz mi madre se tomó sus dos pastillitas, que según ella no hacían nada y nunca la dormían.

Menos mal que nunca la dormían, porque creo que yo aún no había conseguido encontrar una pose adecuada para intentar dormirme y ella ya iba por su segunda sinfonía para ronquido nocturno y orquesta en do mayor.

Si esas dos semanas habían sido muyyyy largas, no os podéis ni imaginar lo larga que fue esa noche. Lo del tatatatata como si fuera una gallina con ella no funcionaba, ni claclacla tampoco, ni el eeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeehhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡.

Si no puedes con ellos, adáptate a ellos. Así que encendí la luz y me puse a leer el libro que me había traído de casa. Bienvenido sea un libro sobre todo cuando quien te vigila se ha tomado dos bolitas y está roncando. Todo fue más o menos bien hasta que tuve que ir al baño y aunque la operación no había sido muy complicada y no estaba muy mal, una acababa de salir de quirófano y una manita para bajar de la cama se agradecía. Entonces fue cuando empecé a llamarla:

Mamá….

Mamaaaá…

mamíiiiiii….

mamaaaaaaaaaaaaaa….

¡¡¡¡¡¡¡MAMAAAAAAAAAAAAAAAAAAA…..!!!!!!

Nada, que no hubo forma, que cuando una estaba con la sinfonía del do mayor era do mayor o nada. Pasé entonces a la siguiente táctica, plan B.

El plan B consistió en tirarle todos los paquetes de clínex que tenía sobre la mesita a golpe de “Jeróooonimooooooo”. No le tiré el libro porque les tengo mucho cariño y el pobre libro no tenía la culpa de las bolitas. El plan B fracasó estrepitosamente, así que pasé al plan C.

El plan C consistió en llamar a las enfermeras para que me ayudaran a bajar de la cama. Este, como era de esperar, funcionó, porque las enfermeras de noche no se habían tomado bolitas para dormir. Tengo que decir que cuando entraron y se encontraron con el panorama de mi madre dormida a pata suelta con la  sinfónica y su cama rodeada con tres paquetes de clínex pues como que fue algo así de “si ya se lo dijimos que no eran necesarios y que con una bastaba”

Resultado de esa primera noche:

Mi madre se despertó superbién porque había dormido como un lirón

Yo tenía unas ojeras que parecía el Fernando Morán cuando era ministro y encima tenía dolor de cabeza por no haber dormido nada

Cerca de su cama estaban mis clínex

Yo me había leído como medio libro de un tirón y tenía los ojos rojos y un sueño que ni os cuento

Ella sólo pensaba en llamar a mi padre para que cuando viniera a verme le llevara las pastillas de dormir que tanta falta le hacían. Que esa noche con los nervios, las que le habían dado no le habían servido de nada y no había podido pegar ojo en toda la noche. Me pregunto que porras debió soñar.

Cuando le conté lo ocurrido no se lo creía. Lo de los clínex le sorprendió, es cierto, ella no recordaba haber dejado clínex alrededor de su cama. Cuando las enfermeras que habían estado de noche se lo contaron antes de irse pues como que las miró como si le estuvieran diciendo que en Marte la última moda en zapatos era con plataformas rosas y estrellitas verdes.

Yo lo siento, pero una hija tiene que hacer lo que tiene que hacer, y una madre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Y como allí la única hija y madre y además paciente era mi menda lerenda, pues cuando vino mi padre le conté el sarao nocturno que me había tocado. Invité “discretamente” a mi madre que volviera a empaquetar sus pertenencias y se volviera a mudar a su casa y esa noche, of course, dormí sola, con el mando de las enfermeras cerquito, pero sola. Y señores, que a gustito se duerme cuando a una la han operado y no tienes ninguna madre cerca que se haya tomado unas pastillitas de Orfidal.

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2 comentarios to “De operaciones, madres y pastillas de Orfidal”

  1. Amalia 2 de noviembre de 2012 a 11:35 pm #

    Me alegro mucho de que todo saliera bien y lo cogieras tan a tiempo. Qué cosas. Te debe parecer mentira…
    Y lo siento pero me he reído imaginándome la situación con tu madre durmiendo a pierna suelta y tú tirándole cosas recién operada. Y encima luego dice que no ha podido dormir. Anda que anda 🙂
    A mi madre la atropelló un coche cuando yo tenía también 4 años, comoTerremoto en aquel entonces y estuvo en coma y cuando fui a verla me dijeron que estaba durmiendo. Y recuerdo que le llevé un dibujo de un loro. Y un día en la guardería un niño me dijo que mi madre se iba a morir y ahí me di cuenta de todo, a pesar de lo pequeña que era. Pero despertó y estuvo un año entero con muletas pero ahí está ahora estupenda, “celebrando” cada año aquel día de diciembre en que volvió a nacer 🙂
    Pasa un buen fin de semana, guapa.

    • Laura 2 de noviembre de 2012 a 11:44 pm #

      Hola Amalia, pues sí, tuve una potra impresionante y sí, cuando lo pienso yo también me rio, aunque en su momento no me hizo mucha gracia.
      Lo que cuentas es terrible, como lo debieron pasar en casa viendo todo ello y tú tan pequeña. Seguro que tu padre y los demás lo pasaron fata. Los niños son muy crueles, de eso doy fe. Me alegra que al final pudiera salir todo bien, aunque fuera con muletas un año, bienvenidas sean esas muletas si se pueden llevar. 🙂 y seguro que tú madre debe tener el dibujo del loro. Pero que requeteseguro.

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